LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

DEL FONDO DEL MAR A LA CIMA DE LA TAQUILLA

<Por Hernán Moyano*>

 

szifrónMe pidieron que escriba unas líneas sobre Relatos Salvajes y sobre su director, Damián Szifrón. En cualquier otro caso, me hubiera costado bastante sentarme y disponerme a llenar una página en blanco, pero en este caso, la motivación es otra. Desde que supe que Damián volvía a filmar, me invadió una alegría similar a la que me invade cada vez que sé que un gran maestro del cine estrena película. Es que para un fanático del cine, pero sobre todo para un realizador, no hay nada mejor que saber que allá afuera todavía hay grandes narradores. O por lo menos no debería haber nada mejor. Cada vez que salgo de una sala, luego de haber visto una película de esos grandes maestros, me invade una energía única que me empuja a escribir o a filmar. Me pasó con muchas películas a lo largo de mi vida. Esos mismos narradores fueron los que me empujaron a la escuela de cine, pero también me fueron educando durante mi infancia sin tener noción que lo hacían.  “Sábados de súper acción”, “Cine Fantástico” y tantos otros ciclos, fueron las primeras escuelas de cine para mi y para otros tantos realizadores contemporáneos. Damián Szifrón también asistió a esa escuela gratuita que funcionaba en la televisión abierta, los fines de semana en Argentina. Los Spielberg, los Scorsese, los De Palma fueron los primeros docentes de nuestra formación autodidacta. Damián sin dudas se nutrió como nadie de estas fuentes. Tiempo después, iniciaría su formación académica y le daría un marco teórico a las herramientas que ya había incorporado. El resto es historia. Todavía me recuerdo sentado en el auditorium de Mar del Plata, viendo El fondo del mar en el Festival de cine. Uno se da cuenta enseguida cuando un director sabe narrar. No hacen falta golpes de efectos o bandas sonoras grandilocuentes para sorprender. No hay nada más potente que un buen narrador. Los títulos de crédito iniciales alcanzaban para meterte en clima y para que entres en el código de la película. No había dudas que el talento de Damián era enorme. Recuerdo seguir con muchísima atención todo el recorrido del personaje de Hendler y también la sorpresa bestial en la escena en la que en el departamento de Dolores Fonzi, mira un documental sobre pulpos, mientras descubre la mano del amante de su novia, saliendo por debajo de la cama para tomar un zapato que quedo fuera de lugar. Ese momento de total surrealismo era el claro ejemplo de lo que un buen director tiene que hacer. Direccionar la mirada del espectador, distraerla y hacer que vea lo que el director quiera, para luego sorprenderlo. Lo que más me gustó de El fondo de mar fue ese clima enrarecido que rodeaba a la película y ese personaje aparentemente “normal” que todo el tiempo estaba a punto de perder el control. La constante amenaza que planteaba el personaje de Hendler era fascinante. ¿Hasta cuándo seguirá manteniendo el control? ¿Cuál es el límite de su obsesión? ¿En algún momento accionará y atravesará el límite entre lo legal y lo ilegal? Todos esos interrogantes y cierto grado de identificación, hacían que no pudiéramos apartar la vista de la pantalla. El arco del personaje era fantástico, aunque cuando explotaba, la explosión era contenida. Mi mente amante de las películas de horror más virulentas, imaginaba soluciones más radicales. Aunque el desenlace no podía ser mejor y más lógico.

El párate posterior a Tiempo de Valientes se hizo largo. Pero cuando escuché la premisa de Relatos Salvajes pensé “Esta vez la explosión no va a ser contenida”. Y no me equivoqué. Toda la expectativa creada alrededor de la película con su paso por Cannes, y por las críticas que llegaban del exterior, fue superada.

Recuerdo el primer día de la escuela de cine. Un profesor dijo una frase apocalíptica “A partir de hoy, van a dejar de disfrutar el cine”. Esa frase tenía que ver con que al conocer la técnica cinematográfica, íbamos a perder el foco de la historia y ya no podríamos perdernos en la narrativa ni emocionarnos. Por suerte, nada de eso sucedió. Al contrario. A partir de ese momento, empecé a disfrutar más el cine. Por eso, al enfrentarme en una privada de prensa a Relatos Salvajes, no pude más que descubrirme sonriendo desde los primeros planos. Entender el código cinematográfico y lo complejo que resulta volverse invisible para el espectador, sin dejar de ser hipnótico, es algo mágico. Seis historias con puestas en escena diferentes, con ritmos propios de cada tema y con una contundencia impresionante. En esas seis historias convive el cine con el que creció nuestra generación. La generación de “Sábados de súper acción”. Los de más de treinta. Los que entramos a la escuela de cine por Indiana Jones, Tiburón o ET.

Tuve la suerte de ver tres veces la película luego de esa privada y cada visionado mejora. En Szifrón conviven la sutileza de Spielberg, el clasicismo de John Carpenter o Clint Eastwood, lo virulento de Scorsese y el virtuosismo de De Palma. Aunque, todas esas estéticas están siempre detrás de la narración. Milos Forman decía que lo único que hace falta saber de la puesta en escena es que tiene que servir para decir tu verdad sin ser aburrido. Hay varios momentos en donde me dieron ganas de aplaudir en la sala. Sobre todo en el segmento de Oscar Martínez y María Onetto. Una clase magistral de puesta. Dos planos le toma a Damián presentar el conflicto y presentar sus personajes. Solo dos planos. Ese arranque me remitió directamente al arranque de Super 8 de J.J Abrams. Misma economía y mismo poder de síntesis. En la película americana, un operario de una fábrica, reemplaza un número de chapa en una marquesina que reza “Días sin accidentes”. El operario coloca un número 1. El siguiente plano es el de un niño cabizbajo en una hamaca con referencia a una casa y un hombre observándolo por la ventana. El tercer plano era del interior de la casa donde estaban velando a una mujer. Siempre me obsesionó la presentación de los personajes en las películas. Me parece un momento decisivo y determinante para su desarrollo. Hay un momento lírico y de una claridad conceptual única en el mismo capítulo. El momento previo a que el fiscal revise el coche. Damián elige silenciar la banda sonora de la película, dejando en silencio la sala del cine. La cámara recorre junto a los personajes el pasillo que separa el cuerpo principal de la casa con el garaje. Y un hermoso travelling lento sitúa el elemento de la discordia. El BMW negro. En el contraplano, Oscar Martínez, el fiscal y su casero observan en silencio el coche. Recién ahí, luego de un largo y tensionante minuto de silencio absoluto, Martínez toma aire y da una bocanada de aire que devuelve la banda sonora a la película y le devuelve el aire a un público absorto. En ese instante, no pude dejar de comentar con mi compañera, “Esto es cine”. Damián Szifrón es cine en estado puro. Siendo un virtuoso, sigue divirtiéndose como nadie y ese disfrute devuelve la esperanza a los amantes del cine en poder ver un cine comercial, de calidad y que eleve el nivel general, devolviendo el público a las salas. Si en El fondo del mar le pedíamos que pierda el control, Damián volvió a darnos el gusto. ¿Que más se le puede pedir a Szifon? Yo por mi parte solo puedo pedirle que siga filmando y que siga homenajeando al cine que nos formó.

 

*Realizador, productor y trabajador incansable del cine.

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Esta entrada fue publicada en 26 agosto, 2014 por en Sin categoría y etiquetada con , .

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