LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

EN LA CASA

<Por Gustavo Provitina*>

 

En la casa (F.Ozon)Alfred Hitchcock ya nos advirtió que las ventanas no son los ojos de las casas sino mirillas para que la mirada del voyeur edifique su fantasía (no siempre impunemente). También nos reveló que nunca es uno solo el que mira, hay una oculta reciprocidad, una riesgosa correspondencia que constituye el tensor indispensable de la intriga. François Ozon tomó en cuenta estos antecedentes y de algún modo les rindió tributo en su film En la casa  (Dans la maison).

Trataremos de analizar, en este artículo, el criterio seguido por el director francés en su personal adaptación de la obra  “El chico de la última fila” de Juan Mayorga.

Ozón parece elaborar su película en capas que se entretejen en una textura al servicio del suspenso: la vocación literaria de un iniciado; la familia como célula social en crisis; las trepidaciones de la ética;  la maleabilidad de los vínculos humanos.

En la casa es lo que los alemanes llaman un bildungsroman, digamos mejor un relato de iniciación.  La narración está centrada en Claude García, un adolescente con aspiraciones literarias que concurre al Liceo Gustave Flaubert. El historial de Claude registra el trauma de una madre ausente, un padre inválido y desempleado y numerosas mudanzas. Su lugar en el aula es la última fila, sitio que ocupa como el cazador entre el centeno acaso para tener una visión panorámica de la clase. Claude es amigo de Rafael Artol al que define como un chico normal, simpático y banal que no se incomoda las veces que sus padres lo van a buscar al liceo. Rafael, ganado por la ingenuidad, ignora que está en la mira de Claude, el cazador oculto, cuyo único objetivo es entrar en su casa para poner en escena las tensiones de un relato que irá escribiendo por entregas. El folletín fascinará a Germain, su profesor de literatura, creando una peligrosa dependencia que trastocará el marco de la distancia prudencial entre el profesor y el alumno. El viejo catedrático comete la primera transgresión a las normas éticas de su profesión: transformar a su alumno primero en auxiliar de su demanda incontenible de ficción y luego en el hijo que la vida le negó; la segunda será hurtar el examen de matemática de uno de sus colegas para que Claude represente el papel de preparador eficiente de Rafael ante la exigente presión ejercida por sus padres. Claude usará todas sus habilidades para manipularlo en función de esa necesidad utilizando a Rafa, su compañero, en una línea de acción que dialoga clara y deliberadamente con Teorema de Pier Paolo Pasolini. En ambas películas un joven se introduce en una casa de familia y utiliza a sus integrantes abusando de la seducción que le confiere su porte levemente angelical.

El curioso talento de Claude García parece reducirse al pulso ya no solamente para observar la realidad y transformarla en materia prima de una buena ficción, sino también, y principalmente, para hacer equilibrio en la delgada cuerda tendida entre la realidad y la fantasía. Esta habilidad -la de todo voyeur que se precie de tal- deja a su paso el tendal de los traumas que han sido vulnerados. Claude, a diferencia del voyeur convencional, interactúa con sus potenciales víctimas mediante el uso artero de la seducción. Germain lo incita: “la vida sin historias no vale nada”. Estamos tentados de retrucarle: las historias sin la vida, tampoco. Una historia, hasta la más modesta, cobra valor cuando ingresa de alguna manera en nuestra vida. Por eso, la vida no es otra cosa que un relato abierto a la mirada de los otros, un relato que se parece a una línea de puntos para completar. Germain parte de un axioma básico: toda historia avanza cuando nos  preguntamos  ¿qué va a pasar? Ozón logra hacer de esa pregunta un leit motiv que garantiza y administra el interés del espectador. El resultado es una película de aberturas que nos asigna el papel de intrusos. También puede pensarse como una suerte de carrera de obstáculos, la trama típica del infiltrado, del espía cuya misión es acopiar información. Siempre hay una forma de entrar a cualquier casa, se jacta el bisoño literato. Claude quiere ser “uno de ellos” para vivir en la ficción su deseo insatisfecho de pertenecer a una familia normal. Pertenecer, en este caso, parece no brindarle otro privilegio que agenciarse, por un tiempo, una vida artificial para cubrir el vacío rutinario de sus días. La conclusión del aspirante a novelista es una confesión de esa lucidez que es marca indeleble de todo manipulador: observé a la familia normal, hasta creí posible convertirme en uno de ellos. Para ser uno de ellos necesita superar una serie de pruebas de confianza que finalmente burlará cuando la situación se le vaya de las manos.

Claude necesita, imperiosamente, ser testigo de todo lo que escribe. Sin embargo, la objetividad nunca será su fuerte porque parte de una serie de prejuicios que abriga contra la clase media. Germain nota la contradicción del aprendiz y desenmascara al impostor que desea pertenecer a la clase que abomina. Claude lleva al extremo las reglas de un juego que encubre los perjurios de toda perversión, un juego capaz de vaciar a sus ojos la humanidad de sus semejantes para convertirlos en torpes marionetas de un sórdido guiño. Germain le da las claves -además de una docena de libros que nunca vemos leer a su pupilo- una de las cuales Ozón utiliza a la perfección: llevar suavemente al lector y de repente sorprenderlo.

El gran interrogante que siembra la película acaso sea ¿por qué la ficción de la vida ajena termina desplazando la palpable realidad de la vida propia?

 

* Director, intérprete y guionista.

 
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Esta entrada fue publicada en 30 agosto, 2014 por en Sin categoría y etiquetada con .

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