LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LARRAÍN EN PERSPECTIVA

<Por Álvaro Fuentes>

 

fuga (piano y mar)Imágenes, palabras y música

Me animo a decir que Fuga, ópera prima de Pablo Larraín, del año 2006 y coproducida con Argentina, es una película importante en la filmografía del país vecino. Tiene una doble virtud: encierra mucho de la idiosincrasia propia del arte chileno y a su vez hace planteos estéticos y cinematográficos universales.

Me hizo acordar a los documentales de Patricio Guzmán. Si bien estos últimos entran en la categoría de cine-ensayo o documental-ensayo, mientras que lo de Larraín es estrictamente ficcional, en ambas obras hay una impronta autoral muy fuerte, a su vez marcada por las huellas de la idiosincrasia artística chilena. Se trata de poetas de la imagen. La expresividad del verso escrito, tan característica de ese país, parece cobrar vida en el lenguaje audiovisual.

Lo curioso es cómo, si un pueblo posee talento poético, esa misma sensibilidad se extrapola a un lenguaje completamente nuevo como el del cine, con unidades de expresión absolutamente distintas: de palabras, frases y versos, se pasa a tomas y secuencias audiovisuales. Como si el espíritu lírico se conservara a pesar de los saltos epocales de una forma artística a la siguiente.

Fuga sabe combinar la imagen con la palabra hablada, pero sobre todo con la música. El fundido de las melodías en la imagen es un elemento crucial en esta historia, principalmente porque se narra la vida de Eliseo Montalbán, un ficticio pianista y compositor que dirigió una orquesta pero que se volvió loco tempranamente y antes de llegar a trascender. Otro músico, en la piel de Gastón Pauls, viaja a Santiago para recuperar esas partituras perdidas y tocarlas con un grupo de músicos a quienes convoca especialmente para la tarea.

La actuación de Benjamín Vicuña, en el papel de Montalbán, es destacable básicamente porque sabe recrear la pasión artística de un loco. De alguna manera, la película homenajea esas grandes historias del cine basadas en músicos geniales como Mozart (Amadeus) o Bethoveen (Copyng Bethoveen). El personaje de Gastón Pauls sería como el Salieri de la primera, o la joven Anna en la segunda.

Como decía, ese fundido sonoro en el relato es crucial porque realza la pasión musical del protagonista. Introduce al espectador en ese mundo subjetivo de Montalbán, donde la música vive y posee una fuerza arrolladora. Como recurso técnico, la música sirve para construir puentes significativos entre escena y escena, se enciende fervorosa cuando los personajes sufren o aman, y acompaña los vaivenes emotivos generales del relato.

Una escena de varios minutos relata la obsesividad que pone Montalbán, mientras está dirigiendo su orquesta, en que la pianista, que además es la mujer que ama, cumpla con el tono requerido de la interpretación. La música de la orquesta corre imparable pero los espectadores nos detenemos en el contrapunto entre la mirada penetrante del director y la postura cada vez más tensa de la pianista al sentirse asfixiada por su enamorado.

La película propone una estética cinematográfica con arraigo en la idiosincrasia artística y cultural de ese país, más allá de que provocadoramente se diga en un diálogo que la música de Montalbán no parece chilena. Se dice también en alguna parte que “fuga” es el tipo de música que hacía Bach. Sería un discurrir libre de las notas, que no se atiene a series repetidas, sino que siempre rehuye de sí misma (lo explico con mis palabras porque tampoco sé mucho de música). Lo importante es que “fuga” hace referencia a la expresión libre y sin ataduras del arte.

Proyección internacional

Luego llegó Tony Manero (2008), coproducción chileno-brasileña protagonizada por uno de los actores favoritos de Larraín, Alfredo Castro, que hace de un miserable sujeto cuya única cualidad noble es querer bailar como Tony Manero (el personaje setentoso de John Travolta en Fiebre de un sábado por la noche). Por lo demás, es un ser despreciable, cínico irrecuperable y, lo más grave, asesino compulsivo. Mata para robar un televisor o un poco de dinero en la caja de un cine de barrio. Generalmente sus víctimas son personas mayores e indefensas.

La trama se ubica en el Chile de la dictadura, pero no se habla del contexto político más que lo que puede extraerse del retrato de una sociedad descompuesta. Reina una devastación moral y económica, de la que este hombre obsesionado con Tony Manero parece ser un reflejo.

Aparece el tópico de la incidencia del cine en la formación de estereotipos culturales, como “Tony Manero”, en un país periférico. La película fue la primera en la historia de Chile en ir a un primer listado para la competencia a mejor película extranjera de los Óscar, pero no quedó entre las nominadas.

Con Post mortem (2010) Larraín vuelve a acometer con la idea de un Chile arrasado por la dictadura, a través de la experiencia de un auxiliar de la morgue (nuevamente Alejandro Castro) que busca a una bailarina desaparecida en medio de la ciudad sitiada. Larraín recrea ese Chile fantasmal que podía verse en su película anterior, pero también en la película de Costa Gavras Desaparecido de 1981.

La cultura de la imagen

En 2012 aparece NO, con el mexicano Gael García Bernal, centrada en la historia de los publicistas que hicieron la campaña del “NO” en el referéndum que en 1988 terminó sacando a Pinochet del poder. La ciudadanía chilena debía votar si quería conservar el régimen que tenía al general de la dictadura ejerciendo el gobierno del estado, o si quería llamar a elecciones democráticas. NO fue la primer película chilena nominada al Óscar a película extranjera.

Comparte con Fuga el hecho de tener un personaje protagónico con cierta misión épica: antes era Gastón Pauls tratando de salvar las partituras de un genio, en este caso es Gael García Bernal queriendo hacer ganar la campaña político/publicitaria que producirá el quiebre cultural en Chile. Por otro lado, está tematizada la cuestión de la creatividad y el arte: en ambas historias los personajes son artistas con visión de futuro.

Está basada en una obra de teatro, aunque claramente hablada en lenguaje cinematográfico. La lógica del discurso publicitario es un elemento central de la película, no únicamente por sus reflexiones en el orden político, sino también en el orden de la cultura de la imagen. Para torcer la hegemonía de la dictadura, el protagonista debe plantear un discurso publicitario que evada el tono victimista, denunciativo y anclado en el miedo de la sociedad chilena. Su objetivo primordial será recuperar un clima de confianza y alegría colectiva.

Lo que parecía entender el publicista y, que no encontraba eco en las filas de enemigos de la dictadura, era la necesidad de empezar a hablar con el lenguaje de la publicidad. Había que apuntar al estado de ánimo social y revertirlo, con un mensaje lavado de contenido político, es cierto, pero necesario para sacar adelante al país, para curarlo definitivamente de su traba emocional. En su capacidad de penetrar los tejidos afectivos de la psiquis social, el cine y la publicidad se parecen.

Filmando Chile

Con su productora “Fábula” (salida al ruedo luego de Fuga y que fue el sostén de todas sus obras posteriores), Larraín hizo en 2011 la dirección general de una serie que salió por HBO Latinoamérica, llamada Prófugos. La segunda temporada es transmitida actualmente. Cuatro personajes (entre los que nuevamente se encuentra Vicuña), de distintas edades y procedencias político-culturales (en la misma banda hay un ex guerrillero político y un ex torturador de la dictadura militar), deben trasladar una carga de cocaína de Bolivia a Chile. La operación de venta en Valparaíso se frustra por un tiroteo entre policías disfrazados de compradores, un grupo mafioso involucrado y estos cuatro aguerridos vendedores. A partir de ahí, serán prófugos de una justicia corrupta y perseguidos a muerte por grupos enquistados en el negocio del tráfico de drogas.

Con esta serie, Larraín parece dejar servidos en bandeja más argumentos en su contra luego de los que recibió con el estreno de su primera película. El hecho de ser el hijo de dirigentes políticos de la derecha chilena (cosa con la que aparentemente nunca se sintió muy a gusto) ha hecho que su obra no sea del todo bien recibida. Su carrera hacia el Óscar, su proyección latinoamericana con producciones en conjunto con países como Brasil y Argentina, o con la cadena HBO, realizando una serie de acción filmada en Bolivia y Chile, parecen situarlo en el lugar de la neta ambición comercial. Aunque se trataría de una mirada errónea y simplificadora del fenómeno.

Larraín es un director que intenta dar jerarquía internacional a su cine. Intenta por diversos medios mostrar las raíces de su cultura, incluso en la serie Prófugos al filmar ciudades como Valparaíso y Santiago mediante planos cenitales desde helicópteros, resaltando toda su majestuosidad y belleza.

Con respecto a la visión política del director, puede no ser compartida, pero es clara. Parte de la idea de que Chile necesita un cambio cultural y que el arte cinematográfico es uno de los pilares de esa renovación. Plantea como la gran militancia de la hora la innovación y la creatividad, capaces de producir un arte con identidad cultural propia y calidad estética. ¿Es un tono reconciliatorio el que plantea? Puede ser. ¿Es una actitud puramente abyecta partir de esas convicciones éticas y estéticas? Sinceramente no lo creo.

 
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Esta entrada fue publicada en 11 noviembre, 2014 por en Crítica y etiquetada con , , , .

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