LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA CRÍTICA

<Por Gustavo Provitina*>

 

Jean-Luc-GodardLas preguntas que articulan este breve escrito son simples de formular pero difíciles de responder sin rozar la antipatía: qué reclama de la crítica el espectador medio; cuál es el sentido de la crítica cinematográfica en la época en que la palabra -léase la reflexión sobre el séptimo arte, en este caso- ha sido devaluada, corrompida, por la gramática aviesa del mercado. La otra cuestión -que por cierto no vamos a abordar en el presente artículo para no abusar de su extensión pero que dejaremos planteada- es saber a qué modelo de sujeto va dirigida la crítica cinematográfica actual y cuál es su intención.

Desbrocemos el terreno para entendernos mejor: el cine sólo es reconocido legítima, plena y vigorosamente como un arte en el campo de la más estricta cinefilia (ámbito cada vez más anacrónico y  sibilino) ya que ha sido, desde hace años, rebajado a un mero pasatiempo para los fines de semana, un edulcorante del ocio (destino de toda mercancía pública). Esta última consideración sirve para referir el espacio que ocupa el cine en el ámbito social, incorporado a la esfera cotidiana como un complemento hogareño más. El ciudadano común que sólo busca entretenerse le pide a la crítica una recomendación para no malgastar su ocio en un espectáculo fallido. Lee el número de estrellas que acompaña a la reseña gráfica de un filme o escucha al comentarista de turno para saber si la película en cuestión es buena o mala. Puede ocurrir -si la inquietud lo demanda- que compare esa valoración con la de otros miembros de su entorno social para sondear -de un modo muy elemental, ingenuo, por cierto- si vale la pena o no ver esa película (esta última observación no implica, de manera alguna, desplazarse hasta la sala de cine, se entiende que el sujeto en cuestión comprará una copia en la calle o la bajará por internet, para verla en el living de su casa).

Digamos, también, que si en el resto de las artes es posible notar una cierta parquedad del público a la hora de evaluarlas -¿cuántos se atreven con una pintura, una obra musical, una novela?- en el cine sucede exactamente lo contrario. El cine se presta a todo género de especulaciones, de opiniones, de comentarios arrojados al espacio de la comunicación desprovistos de un mínimo asidero. El común de los mortales considera legítimo dictaminar si un filme es bueno o malo (en esa lacónica polaridad pendula el afán crítico de la mayoría). Vamos a convenir -seguramente- en un punto: el cine que comúnmente se estrena en las salas comerciales no ofrece mucho margen para pensarlo en otros términos. Acordemos, también, que el parámetro de evaluación aplicado suele reducirse a la calidad del argumento. Una película será buena o mala -siguiendo la consideración maniquea desprovista de matices del espectador medio- según el grado de persuasión con que haya sido presentado su argumento o la calidad -¿popularidad?- de los actores. ¿Qué le exige este espectador a la crítica?  Una orientación. Descartamos de este escrito la categoría del espectador especializado -el cinéfilo- porque frecuentará otra crítica, aquella que ponga en tensión la estructura estética del film y que a su vez pueda confrontarlo con el peso de las tradiciones.

La segunda pregunta es ¿cuál es el sentido de la crítica cinematográfica en esta etapa de irreversible decaimiento de la palabra entendida como representación material de las ideas?

Ensayaremos un modelo posible de respuesta. Pensar el cine requiere tener resueltas dos cuestiones básicas: a) conocer la autonomía de su lenguaje artístico (nutrido de otras artes pero soberano); b) estar en posesión de una perspectiva general de su historia y de las teorías estéticas que lo fueron enriqueciendo. Sin estos requisitos, todo ejercicio de la crítica cinematográfica solamente puede aspirar a una descripción, a un esbozo más o menos creativo de algún filme que podrá complacer, a lo sumo, al espectador medio pero que siempre tendrá sabor a poco para los verdaderamente iniciados en los rigores del arte cinematográfico. Lamentablemente no escasean los advenedizos que, dotados de cierta elasticidad lingüistica, subestiman la materia que nos ocupa y acometen el ejercicio crítico sin otro recurso que la palabra. El viejo oficio de la sanata deja de ser un género humorístico para tornarse un modus operandi de la chismografía del espectáculo cuando se ocupan de los estrenos de la semana. Será conveniente -también- atacar la fantasía de que los eruditos en el terreno de las letras han sido quienes mejor pensaron el cine. Esto es una pura invención. La mayoría de los intelectuales facultados para el ejercicio refinado de la crítica han cuestionado o pasado por alto -en una actitud incomprensible y  deplorable- la tentativa del cine de ir más allá de los estrechos límites del entretenimiento. Si la formación de estos señores los ha conducido a mentar las glorias de Hollywood como puede hacer cualquier espectador repentino fácilmente encandilado por las luminarias y la alfombra roja ¿qué puede esperarse de otras miradas menos formadas en los rigores de la reflexión estética? La respuesta no es muy alentadora, por cierto. Se jactan de haberse doctorado en Heidegger, Wittgenstein o Derridá pero les resulta árido o poco menos que inasequible el cine de Tarkovski, Antonioni, Glauber Rocha o Bela Tarr (por nombrar a directores cuyos nombres lograron trascender el cerco con que se ahoga al cine más profundo). Faltos de imaginación o de ideas, demasiado pacatos para permitirle al cine disputarles el terreno de la reflexión, la mayoría de los intelectuales que gozan de cierta popularidad suelen ejercer una crítica blandita e irrelevante. Salvo gloriosas excepciones- Deleuze, Sontag, Badiou, Ranciere, Zizek…- no han sido los intelectuales formados en los rigores del humanismo los más lúcidos para pensar el cine.

La cuestión sigue pendiente: ¿cuál es el sentido de la crítica? Responder esta pregunta implica asignarle claramente una función (dejando de lado el carácter industrial del cine que hace de ciertos críticos meros voceros de prensa de los grandes monopolios de la distribución y exhibición de películas). Nuestro enfoque tendrá como génesis la cepa del más puro y recalcitrante de los idealismos. Pensaremos en esa amplia minoría de críticos formados en el paradigma de las grandes ideas y, con ese puñado de nombres entre los que no pueden faltar Bazin, Labarthe, Daney, Astruc, Comolli y tantos otros, nos atreveremos a formular una probable definición. El sentido de la crítica debería ser, pues, una práctica creativa y particular de la hermenéutica tendiente a emancipar la mirada lineal, estrecha, limitada de quienes acuden a la visión especializada para expandir su campo de análisis. ¿Será necesario aclarar que el autor del presente artículo desmiente que la función de la crítica -como pretenden Jacques Aumont y Michel Marie- sea informar y evaluar y no ya analizar?[1] ¿Es posible evaluar un objeto estético sin antes someterlo a un riguroso y pormenorizado análisis? Consideramos que validar una obra implica dar cuenta tanto de su funcionamiento interno como de su ubicación en un contexto más amplio (social, histórico, cultural). Hay en toda crítica seria -como la que nos interesa- un discreto u ostensible afán de legalizar, de sugerir pautas, tutoriales para fijar ciertos criterios de apreciación. Dylan Thomas define, en una de las tantas cartas que le enviara a la escritora Pamela Hansford Johnson, el sentido de la crítica como la explicación personal de la apreciación. Criticar, por lo tanto, antes que emitir un juicio de valor es argumentar en favor de un dictamen. La crítica es, pues, un ejercicio retórico, su campo de acción es el lenguaje y es en ese marco que debe ser analizada. Un crítico es a su pesar un hermeneuta, su misión es interpretar, descifrar el código secreto, eso que los otros no son capaces de descubrir sin la mediación de su poder de observación. Si el crítico se complace en descargar sin más su apreciación depredadora o entusiasta, queda sin efecto el sentido que reclama Thomas: la explicación. Explicar por qué algo nos produce rechazo o admiración sin caer en las redes de la adjetivación grosera y efectista es una tarea harto difícil.

Un crítico que se precie de tal debe ser capaz de dar cuenta de la arquitectura interna de un objeto estético y tejer un campo de asociaciones válido para insertarla en un contexto de apreciación adecuado. ¿Qué puede aportarle la mirada de la crítica a una obra artística? Consideramos que esta pregunta merecería la elaboración de un trabajo completo pero, en principio, digamos que es misión de la crítica crear las condiciones adecuadas para la recepción de una obra. Toda crítica es, por otra parte y en el mejor de los casos, una experiencia del lenguaje, un sincero artificio de la comunicación, un alarde retórico cuya alquimia consiste en el pasaje o transmutación de la sustancia de una obra artística en un conjunto de palabras que puedan absorberla con la ilusión de expresar el punto de vista, la mirada de un analista calificado. Si como escribió Godard: mirar alrededor de uno mismo es vivir en libertad, probablemente los grandes críticos en sintonía con las obras mayores del cine logren justamente plasmar de un modo profundo y amplio ese gesto emancipador.

 

* Director, intérprete y guionista.

[1] “La crítica tiene entonces una doble función, de información y evaluación. Es lo que en principio la distingue del análisis, cuyo fin es esclarecer el funcionamiento y proponer una interpretación de la obra artística…” (Aumont, Jacques; Marie Michel, Diccionario teórico y crítico del cine Buenos Aires, La marca editora, 2006)-.

 
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Esta entrada fue publicada el 12 noviembre, 2014 por en Especial: la crítica de cine.

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