LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

ELLA DURMIÓ AL CALOR DE LAS MASAS

<Por Facundo Ábalo*>

Nota publicada en Revista La Granada en enero de 2015

relatos3Antes de los relatos, los salvajes fueron caballos. Un anarquista y un yuppie arrepentido escapaban del sistema en una oda edulcorada a la libertad, que proclamaba no necesitar documentos para atravesar el viento. Eran otras épocas, claro. En los 90 la Ley de género no estaba ni en un horizonte lejano y la identidad, al ritmo de los fetiches post, era algo de lo que se renegaba, más que algo para militar. La palabra relato era entonces terreno sólo de la literatura y no de la política. Alterio gritaba que valía la pena estar vivo, pero terminaba muerto. Un mensaje perfecto de lo que le podía pasar al que pregonara los ideales colectivos. El triunfo de la lógica individual y corten.

En un mismo movimiento Piñeyro tachaba su película anterior y mostraba que efectivamente, y para desgracia de Tanguito, había una larga lista de cosas que se empezarían a comprar y vender en Mercado Libre.

La culpa no era sólo suya. Eso que se llama horizonte de expectativas de una época no permitía lecturas emancipatorias. Y se sabe, los productos de la industria cultural siempre se baten al calor (o al frío) de la historia.

Después vinieron los testimonios de la desintegración. Todo lo que estaba descompuesto, deshilachado o roto. La epistemología de la desesperanza también en cuadro. El mundo de los trabajos perdidos. La calle, la cárcel, la comisaría y la villa. Pizza, birra, faso, Mundo grúa, El bonaerense o Bolivia, mostraron los escenarios post confeti menemista. Todo se vistió de ropa de calle. Una ropa agujereada por las polillas de la miseria.

Tuvo que pasar el tiempo para que el término relato designara la batalla por otros medios. Y ahí estuvo Szifrón con el mejor tráiler de la historia del cine: él mismo sentado en la mesa de La Señora explicándole por qué el sistema capitalista necesita pobres. Una escena antológica. Ella, con una mueca de contradicción televisada, quería estrangularlo por sus opiniones, pero decía sentirse orgullosa porque a la película la habían aplaudido de pie en Cannes. “Y bueno, a mí me gusta que a la Argentina le vaya bien” dijo La Dueña. Y enumeró los suvenires de la argentinidad al palo “en este momento tenemos una Reina, un Papa y un Messi”.

Los blogs dedicados a la crítica cinematográfica la despreciaron y la tildaron de ligera y comercial. El dilema de alta cultura versus lo popular re editado al infinito: lo bueno no vende/lo que vende es malo.

En esa escena, la de almuerzo, se condensaron varios de los dilemas clásicos alrededor de los consumos culturales. Lo alto vs. lo bajo. Lo nacional vs lo extranjerizante. El éxito vs el prestigio. Todo con el telón de fondo de la discusión, salvaje, alrededor de los verdaderos relatos: los históricos.

Williams englobó en el concepto de Estructura de sentimiento algo así como el tono, la pulsión, o el latido de una época. Una especie de estado de ánimo colectivo que puede pesquisarse en las obras de arte, por ejemplo. Para Williams este tono de época, aunque intangible, tiene grandes efectos sobre los productos culturales, ya que pone en funcionamiento una enorme maquinaria de significaciones que operan como condiciones de recepción de otras obras.

A pesar de que uno podría pensar que en la definición misma hay una contradicción, dado que si algo que no puede estructurarse es justamente el sentimiento, este intento de conceptualización ha servido de paraguas para tratar de contener algo tan complejo como el sentido que la gente le da a la vida mientras la está viviendo.

Hay, quizá, en Williams un intento de correrse del siempre sospechado concepto ideología. Aunque a mí no se me ocurre un modo mejor para enunciar el lugar donde uno está parado en el mundo y desde donde acuerda, negocia o resiste la significación. ¿Será la ideología la que nos hace ver en el personaje de Darín un justiciero contra el Macrismo?

A lo mejor lo que volvió sospechoso a Szifrón de aliado con el gobierno fue la masividad de su película, incluso antes de su estreno. Las masas siempre vuelven sospechoso todo. Cuando Le Bon escribió “Psicología de las masas” trató de explicar los comportamientos masivos a partir del contagio, la sugestión y hasta la alucinación. Lo que en realidad lo preocupaba más era lo que caracterizaba como las violencias colectivas de plebe, que no eran otra cosa que las huelgas ante las condiciones infrahumanas de trabajo. La respuesta de Freud no tardó en llegar y con ella las críticas a la tiranía de la sugestión “Si el individuo en la masa abandona su singularidad y se deja sugestionar por los demás, lo hace porque en él existe más la necesidad de estar de acuerdo que de oponerse. Puede que después de todo lo haga entonces por amor a sus semejantes”. ¿No es esta una versión más sofisticada de “El amor vence al odio” del kirchnerismo? Y sí, si hay algo que saben las masas es sintetizar.

Desconfiados por su dudosa calidad o por pensarse sólo como copia deteriorada del gusto dominante. De La Gioconda en la lata de dulce de batata hasta acá, ciertos círculos intelectuales han dedicado montañas de papers para explicar cómo el control también se las había ingeniado para domesticar hasta el tiempo del esparcimiento. No se pudo escapar ni el Jazz, que en una lectura algo alucinada de Adorno, reproduciría el sonido de la fábrica y mantendría a los obreros hipnotizados en sus propias casas.

Por suerte después vinieron los Estudios Culturales a explicar cómo la pregunta por el tiempo del ocio no sólo podía estar teñida por la lógica de la dominación, sino también por la reflexión sobre la productividad de lo improductivo, es decir, por la dimensión del deseo y el placer. Ahí recién respiramos: parece que los sectores populares tenían gusto, y que además podían construir parte de su identidad con eso.

Nosotros también tuvimos nuestra versión criolla del dilema. El peronismo trajo, entre tantos otros males, unos nuevos públicos de mucamas y porteros que perturbaron a la oligarquía. Parecía que los pobres también querían divertirse.

El del peronismo fue un período marcado por la industrialización del país, la suba de los salarios, la migración del campo a la ciudad, pero fundamentalmente por el ingreso de los sectores populares al consumo, y el consecuente nacimiento de aquello que se conoció como el consumidor obrero. Este fue un nuevo tipo de actor social, con un protagonismo absoluto en la vida cultural de las próximas décadas, modelando un nuevo tipo de identidad vinculada al trabajo, pero no por eso separada del esparcimiento y el goce.

Según el libro publicado hace pocos meses “Cuando los trabajadores salieron de compras” de Natalia Milanesio “en el enero de 1940 el número mensual de asistentes al cine y al teatro era de cerca de un millón de personas. Tres años más tarde ese número se triplico, y en 1950 alcanzaba los 5 millones de asistentes sólo al cine. Un crecimiento parecido alcanzo el fútbol, el boxeo y las entradas al zoológico”.

La participación de los sectores populares en el consumo impulsó cambios en los modos de estetizar los avisos publicitarios y las representaciones de la mujer, como principal destinataria de los nuevos productos masivos. Pero, a la par de querer captarlos como potenciales clientes, se los criticaba por el derroche del dinero en diversión y buena vida. Algo parecido a lo que hace La Señora cuando tira un besito a la cámara pero al mismo tiempo critica la cantidad de antenas de televisión de las villas.

Clase, identidad política y consumos culturales siempre fueron un éxito de taquilla difícil de vencer por los sectores crispados que ven con horror la fiesta del monstruo. Lo que trajo el peronismo es la democratización del bienestar, y eso sí que para Mirtha es algo imperdonable.

Ver nota en contra de la misma película


*Licenciado en Comunicación Social, con Maestría en Artes y Doctorado. Director de la revista cultural Maíz.

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Esta entrada fue publicada en 25 febrero, 2015 por en Sin categoría y etiquetada con , .

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