LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

NI RETRO NI ROMÁNTICOS

<Por Álvaro Bretal>

Aviso: se revelan detalles de la resolución del argumento de ambas películas

kinopoisk.ruThe Innkeepers (2011), el quinto largometraje del norteamericano Ti West, arranca con un susto. Un susto de esos fáciles, baratos, que hacen saltar del asiento sin demasiada sofisticación. La principal víctima del susto, sin embargo, no es el espectador de la película, sino su protagonista (Claire, interpretada por Sara Paxton), y no se trata de un susto provocado por algún hecho ocurrido en el “mundo real”, sino de un susto provocado por un video que está en una computadora. Lo interesante de la situación es que nosotros, los espectadores, no nos asustamos junto con Claire. Es decir, la película es consciente de su condición de película de terror y sabe, por lo tanto, que el horror que tiene que transmitirnos está necesariamente mediado por todas las películas que vimos en nuestras vidas; por sus clichés, sus lugares comunes, sus trucos, sus efectos de sonido, sus monstruos, sus cortes de montaje. The Innkeepers se aprovecha de esas construcciones para calcular cuándo tiene que guiñarnos el ojo en forma cómplice y cuándo tiene que sorprendernos.

En Cacería macabra (You’re Next, también de 2011, también norteamericana y también de terror) hay una escena diferente en contenido y forma, pero similar en mensaje: Aimee (Amy Seimetz) está a punto de atravesar una puerta, y de ese sencillo acto depende su vida. La situación es la siguiente: su familia se encuentra atrapada en una casa, asediada por psicópatas dispuestos a matarlos. Sin ir más lejos, su novio Tariq acaba de ser asesinado de un flechazo en la cabeza. Aimee, observada por sus familiares atemorizados, se dispone a salir de la casa en busca de ayuda. Tiene que salir rápido, le dicen, para tomar desprevenidos a los asesinos que se encuentran afuera. Aimee toma carrera. Su hermano menor la alienta, la música sube, la cámara se enlentece, deleitándose en el cuerpo tembloroso de Aimee y en el horror cristalizado en el rostro de su padre. Aimee se suena el cuello, empieza a correr, la cámara la toma de costado enfatizando su gesto valiente y, tal como esperábamos, apenas atraviesa el umbral un hilo tendido por los psicópatas frena su corrida, cortándole el cuello.

Tanto The Innkeepers como Cacería macabra son películas de terror mediadas por el cine de terror. No es algo exactamente nuevo: como mínimo, en Scream (Wes Craven, 1996) ya podíamos encontrar un acercamiento al género construido a partir de las expectativas de un público, digamos, superhorrorizado y embebido en un profundo conocimiento (más analítico en algunos casos, más intuitivo en otros) de sus códigos. En este punto, entiendo que es válida la siguiente pregunta: ¿por qué elegí justo a estas dos películas, si resulta claro que no son las únicas que tienen un acercamiento autoconsciente al género? Una respuesta posible es que los puntos de contacto entre ambas son numerosos: se trata de dos películas del mismo país, estrenadas el mismo año, exitosas en términos de crítica y relativamente económicas (el presupuesto de The Innkeepers es de alrededor de 750.000 dólares, según IMDb, y el de Cacería macabra de un millón). También son películas filmadas por dos de los directores de terror más reconocidos y originales de la actualidad (Ti West y Adam Wingard, respectivamente) que, aparte, forman parte del mismo grupo de cineastas, que también incluye a referentes del mumblecore como Joe Swanberg y los hermanos Duplass. De hecho, Tariq, el muchacho que es asesinado de un flechazo en la cabeza en la película de Wingard, es interpretado por Ti West.

Una diferencia evidente entre los dos films pasa por el subgénero: mientras la de West trata de un hotel con fantasmas y se inscribe, por lo tanto, dentro del terror sobrenatural, la de Wingard es un slasher. Lo que en una es oscura presencia espiritual, en la otra es puro hachazo, flechas y sangre. Las máscaras de animales que usan los asesinos de Cacería macabra funcionan, sin embargo, como una vía para construir un terror que tiene una dimensión fantasmagórica aparte de la estrictamente material. No parece casual que hayan elegido a la máscara de zorro para ilustrar el afiche: parece una invitación al improbable costado oscuro, triste y perturbador de la bellísima Fantastic Mr. Fox de Wes Anderson.

Una característica común a la mayoría del cine de terror contemporáneo que vale la pena es que se trata de un cine de y para aficionados al terror. Cacería macabra y The Innkeepers no son la excepción. En la primera, una estructura convencional se encuentra condimentada por elementos que sólo funcionan como guiños, referencias, chistes, que por momentos sitúan al film en un plano de comedia negra extrañada. Los chistes no están ahí, no son palpables, pero subyace un absurdo que es, en definitiva, la expresión de la autoconsciencia comentada más arriba. Un ejemplo: la película abre con dos asesinatos cuya inclusión en la película resulta, como mínimo, sospechosa. Si se considera que los criminales fueron contratados para matar a la familia protagonista, ¿por qué matarían a una pareja vecina que nada tiene que ver con ellos? Una respuesta posible es: para despistar durante una posible investigación de los asesinatos. Pero, al mismo tiempo, con el crimen de la pareja (ocurrido varios días antes que la persecución de la familia que es el eje de la película) los asesinos corrían el riesgo de que la policía llegara a la zona y la tuviera vigilada, lo cual habría dificultado el asesinato de la familia. Entonces: ¿por qué la película abre con esos crímenes? La respuesta más convincente, según entiendo, no se sitúa en el plano de lo estrictamente narrativo, sino en el deseo por respetar en plan burlón una estructura típica del género slasher: un crimen que tiene poco que ver con el centro narrativo del film funciona como antesala del horror. En el mismo nivel se encuentran algunos excesos ridículos (como el asesinato con la licuadora), la falsa tensión en la muerte de Aimee o la negativa de la protagonista (Erni, interpretada por Sharni Vinson) de encerrarse en el sótano (típicamente, en el slasher, incluso los personajes más valientes cometen el error de esconderse en los lugares equivocados).

The Innkeepers, por otra parte, es una película más exigente con el espectador, en tanto le pide algo que muy pocas películas de género se atreven a pedir en la actualidad: paciencia. No se trata de una paciencia vinculada a la longitud de los planos o a un tempo aletargado, sino al hecho de que la acción -o al menos el tipo de acción que se sobreentiende que promete una película de terror- tarda en llegar. Varios críticos tildaron a la película de aburrida. Se trata, sin embargo, de un problema de lectura. The Innkeepers es una película de terror que, sin embargo, está más interesada en jugar con los límites del género y en analizar a sus personajes que en asustar con cierta regularidad. El camino construido hacia el desenlace es tanto o más importante que el desenlace en sí. En ese sentido, una referencia más o menos directa es El intermediario del diablo (The Changeling, Peter Medak, 1980), otra gran película de casas embrujadas. Tanto en el film de West como en el de Medak la identificación con los personajes es central, y se sugiere que la única forma de llegar allí es suspendiendo por un momento los requisitos supuestamente ineludibles del género. En el caso de The Innkeepers se suma, como gran golpe de efecto, la distancia que hay entre la amabilidad cómica del desarrollo y la terrible crudeza del desenlace.

Por último, ambas películas comparten un acercamiento atractivo al lugar de la mujer en el cine de terror. Históricamente, al menos en el slasher, las mujeres han sido víctimas de forma más recurrente que los hombres. Esto tiene que ver, en parte, con el hecho de que los asesinos suelen ser hombres, y al contenido de violencia propio del asesinato se le suma la atracción sexual (pensemos, por ejemplo, en la cantidad de parejas que mueren en slashers justo después de cojer: más allá del indudable contenido moral de esos crímenes, es posible interpretar que el asesino mata al hombre por envidia y a la mujer por un deseo que no puede canalizar de otra manera). El punto es que, en general, las mujeres-víctimas rara vez cobran un rol activo en los slashers. Incluso cuando se defienden de los asesinos, se mantienen en un nivel de supervivencia básico. En Cacería macabra, por el contrario, el rol activo que toma Erni es mucho más poderoso: ella no quiere sólo huir de los asesinos, sino que les tiende trampas inteligentes y los mata con brutalidad (acá es impensable esa otra típica situación de slasher en la cual la víctima hiere al asesino y, pudiendo matarlo, por miedo o estupidez opta por dejarlo vivo). En el caso de Claire, su personaje es todavía más interesante: toda la acción de The Innkeepers es impulsada por ella. Su extrema curiosidad la lleva al límite de arriesgar su propia vida. Lo más atractivo es que no se trata de una curiosidad impulsada por un pasado oscuro, por el dolor o por la venganza, sino simplemente por una búsqueda de diversión. Esta necesidad de apelar a lo terrorífico e impactante para romper con la monotonía de una vida donde todo es más o menos predecible (y, en el caso de Claire, directamente insatisfactorio), es el principal puente que tiende West entre la protagonista y los espectadores del film.

Poco tiempo después del estreno de estas dos películas, apareció una que llevaba a las posibilidades del género un paso más allá. Me refiero a La cabaña del terror (The Cabin in the Woods, Drew Goddard, 2012) y sus preguntas por la construcción del horror cinematográfico. Entre la película de Goddard, por un lado, y las de West y Wingard, por el otro, hay una diferencia considerable: La cabaña del terror, a través de su intento de deconstruir el género, habla de la dificultad de hacer terror en la actualidad. Si el género se encuentra en un momento difícil, donde rara vez aparecen películas atractivas, La cabaña del terror parece firmar su certificado de defunción y plantear que ya es hora de pasar a otro tema. Su acercamiento al terror es, por así decirlo, externo. En los otros dos films, el deseo es exactamente el opuesto: mantener vivo al género a través de películas que sostengan una tradición. Las dos se insertan en una determinada corriente desde el comienzo hasta el final de sus metrajes; los guiños, chistes y referencias son cálidos, nunca cínicos. Ambas películas juegan y rompen ligeramente con las convenciones de sus respectivos subgéneros, sin alejarse demasiado. A veces, es más difícil dar pasos pequeños y poco ambiciosos, pero constructivos, que agarrar el martillo y tratar de romper todo. La vitalidad de las películas de West y Wingard surge de una distancia considerable tanto del romanticismo como de los guiños retro (en realidad, apelan a ambos, evitando así caer definitivamente en uno de ellos) y ahí encuentran su principal virtud: cristalizan, con sus errores y sus aciertos, la posibilidad de pensar con optimismo en el futuro del género.

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Esta entrada fue publicada en 18 marzo, 2015 por en Horror y Suspenso y etiquetada con .

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