LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

PINCELADAS DE BUÑUEL

<Por Gustavo Provitina*>

buñuelEl origen onírico de Un perro andaluz es harto conocido. Luis Buñuel lo contó en su libro de memorias Mi último suspiro. Viene al caso, para esta breve entrada, refrescar el chispazo inicial del primer film surrealista -tal vez el único- de la historia: “Esta película nació de la confluencia de dos sueños. Dalí me invitó a pasar unos días en su casa y, al llegar a Figueras, yo le conté un sueño que había tenido poco antes, en el que una nube desflecada cortaba la luna y una cuchilla de afeitar hendía un ojo. Él, a su vez me dijo que la noche anterior había visto en sueños una mano llena de hormigas. Y añadió: ‘¿Y si partiendo de esto, hiciéramos una película’?”  La película nació, como hemos visto, de la visión onírica de dos mutilaciones.

¿Qué hubiera sido de la historia del cine sin la primera de las mutilaciones que es la que opera el encuadre frente a la realidad? ¿Y sin la mutilación del tiempo, y de los planos que dieron nacimiento al montaje? Cuando el director grita “¡corten!” está mutilando el tiempo y, a la vez, preanunciando un criterio de montaje. No es posible pensar el cine (la vida) sin los cortes, las pausas, la interrupción de una continuidad que es tal, en sentido estricto,  sólo en un plano totalmente ilusorio.

Retomando el hilo de Buñuel -que a diferencia del de Ariadna, nos entrega al apetito del Minotauro sin contemplaciones- en la mayoría de sus obras el cuerpo es un campo de torturas, de crueldades, de perversidades. Abundan en el cine de Buñuel: la ceguera, la invalidez, las enfermedades mentales, el mutismo, las flagelaciones, en fin, la visión de un mundo donde el cuerpo es el blanco móvil del espanto. El perjuicio más que el goce parece haber constituido siempre la particular naturaleza de su arcilla. Los cuerpos en el cine de Buñuel están a merced de la derrota, como el viejo ciego de Los olvidados que es atacado por una pandilla de desalmados liderada por El Jaibo (inolvidable actuación de Roberto Cobo). Una de las escenas más crueles de la filmografía de Buñuel ocurre precisamente en esa película, cuando la gavilla de marginales despoja de su miserable andador a un pobre hombre sin piernas y lo deja tirado en plena calle como si fuera un descarte. Esa imagen sintetiza el carácter tortuoso de los cuerpos en la obra de Buñuel que, como todo el mundo sabe, era sordo. Entrevistado por Guillermo Cabrera Infante, el autor de Belle de jour declaró: “Detesto la música en el cine (…) Eso de utilizar la música para subrayar un sentimiento me parece deleznable…”  Esto quizá explique la magra utilización de la música en sus obras, aunque nunca olvidaremos a Tristana -interpretada por Catherine Deneuve- martillando en el piano con más enjundia que gracia el Estudio Op.10 Nº 12 en do menor de Chopin, más conocido como Estudio Revolucionario. Precisamente Tristana, filmada en Toledo en 1970, adaptación de la novela homónima de Benito Pérez Galdós, es uno de los filmes de Buñuel cuya trama no podría pensarse sin considerarla una variante de la decadencia física en sus tres peores facetas: la vejez, el mutismo y la parálisis. Sirva como ejemplo el sueño de Tristana en el cual la cabeza de Don Lope sustituye al badajo.

Recordemos los datos sustanciales del argumento: Don Lope (Fernando Rey) -un Tenorio en decadencia- se enamora de la bella Tristana y sucumbe, al fin, a su ambición, a su crueldad, a su ignominia sin pausas. La película fue estructurada  en dos partes: antes y después del tumor que culminará en la amputación de una de las piernas de Tristana.

Uno de los personajes más interesantes de la película es Saturno, el adolescente sordomudo que se obsesiona con Tristana y que también caerá bajo los artilugios de su encanto, aunque ella reserve para él un gesto a medio camino entre la ternura y sensualidad.

La belleza en este filme es algo más que una gracia, es un arma de seducción y de humillación al mismo tiempo. Pocas imágenes pueden ser más sugestivas, al respecto, que la seductora arrogancia de Catherine Deneuve recostándose sobre la estatua mortuoria del cardenal Tavera. La desembozada sexualidad de esta mujer -en un pueblo donde el pudor asume la forma de la represión, Freud hablaría de la sublimación en este caso- insinúa en esa acción el flanco más burdo de su estrategia y nos da la pauta de que, consciente de su belleza, usará sus encantos para mejorar su posición y heredar a Don Lope, a la sazón, su tutor. Sin embargo, Tristana también obtendrá lo suyo, la ley de las compensaciones se ocupará de ella al ser abandonada por Horacio (Franco Nero), su amante, el joven y ambicioso pintor que se niega a cargar con el peso de una mujer enferma y decide abandonarla. ¿Dónde? En la casa de Don Lope que, esclavo al fin de sus sentimientos tanto como de los desprecios de la joven, procurará ser el instrumento de su felicidad y hasta le ofrecerá casamiento.

La escena más cruel de esta película no es, como podría pensarse, la amputación de la pierna de Tristana, sino la muerte de Don Lope. Enfermo, desvalido, ya sin fuerzas, el viejo tutor pide ayuda a Tristana desde su cama. La joven mujer reacciona al clamor pero, lejos de asistirlo, resuelve acelerar su muerte. Don Lope muere, retorciéndose entre gritos, como un animal herido. Tristana se acerca, serenamente a la ventana y la abre. La nieve cubre la calle.

El maestro español, en su libro de memorias, al referirse a esta película, observa: “Como no he vuelto a ver la película, me resulta difícil hablar de ella hoy, pero recuerdo que me gustó la segunda parte, tras el regreso de la joven, a la que acaban de cortar una pierna. Me parece oír todavía sus pasos por el corredor, el ruido de sus muletas y la friolera conversación de los curas en torno a sus tazas de chocolate”. 

En un mundo en decadencia -como el de Buñuel- la piedad es un obstáculo y el bien común, una quimera.

Cierro este homenaje con un dato curioso. Aprovechando un viaje a España con motivo del estreno de una película, François Truffaut se desplazó hasta Toledo para visitar a Buñuel -ocupado en el rodaje de Tristana– y le llevó unas cajas de “Gitanes” con filtro, la marca de tabaco predilecta de Don Luis. Poco tiempo después publicó un extraordinario artículo titulado Buñuel, el constructor  que ofrece y oficia una definición precisa del maestro español: “A Luis Buñuel podemos colocarlo quizás entre Renoir y Bergman. Pienso que Buñuel cree que la gente es imbécil pero que la vida es divertida. Y nos lo dice con una gran delicadeza y no directamente, pero lo dice y se nota, al menos, en la mayoría de sus películas…”.


Director, intérprete y guionista.

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Esta entrada fue publicada en 25 marzo, 2015 por en Crítica y etiquetada con , , .

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