LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

BAFICI I: PASEOS, GEOGRAFÍAS Y EXPLORACIONES EMOCIONALES

<Por Álvaro Bretal>

cronica Bafici I bynLos festivales de cine, se sabe, agrupan a sus películas en secciones, retrospectivas y competencias. Es decir, organizan su programación a partir de determinados criterios. Una oportunidad que secretamente nos ofrecen los festivales es la de jugar con los marcos sugeridos por ellos y organizar sus catálogo a partir de criterios diferentes. Esto permitiría, más allá del mero divertimento, alumbrar zonas distintas de las películas en cuestión. Establecer relaciones entre films muchas veces permite visibilizar movimientos que es difícil observar a través de las películas aisladas.

De las decenas de films proyectados en la última edición del BAFICI, al menos tres argentinos y uno chileno giran en torno a lugares geográficos específicos, a los cuales construyen como personajes. En algunos casos, es importante cómo esos espacios afectan a las personas que viven en ellos. En otros, no: la geografía, el clima, las construcciones humanas son analizadas con un interés mínimo o nulo por los individuos que habitan allí y por sus relaciones. El distanciamiento de toda referencia histórica, social o cultural, sin embargo, nunca es tal. Incluso la más austera y radical de estas obras permite observar algún tipo de vinculación con lo humano. El pintoresquismo, por otra parte, no es una constante en estos films. Se trata de películas que abordan lo geográfico sin caer en una fascinación pictórica por los paisajes.

La primera de estas películas es El paseo (2015), segundo largometraje de Flavia de la Fuente, fundadora y ex crítica de El Amante. El paseo se propone como una suerte de reverso de 15 días en la playa, su película anterior. Si allí De la Fuente filmaba al mar y la playa de San Clemente del Tuyú, acá filma sus casas. Los planos son estáticos y no particularmente largos. (Tras la proyección del film, la directora comentó que en un principio deseaba que los planos duraran entre dos y tres minutos, pero luego le pareció una mejor idea acortarlos a entre treinta y cuarenta segundos.) Los frentes de las casas de San Clemente no son muy variados: en algunos se aprecian construcciones de sectores populares; otros pertenecen a casas que uno tiende a vincular más con la clase media. Algunas casas tienen un patio adelante, otras no. En algunos casos, las casas son construcciones pequeñísimas en el centro de un gran terreno verdoso. De este modo, podrían pensarse numerosas categorías en las cuales ir ubicando a los frentes que se proyectan durante la película. Ocurre lo mismo con los planos: algunos son calmos; en otros, el ritmo matinal se percibe como ligeramente caótico, con ruidos de máquinas y poderosos ladridos de perros generando una cierta intranquilidad.

Lo interesante, sin embargo, no es tanto contraponer a los planos o a las casas entre sí, sino caer en el ritmo del film, en esa totalidad que De la Fuente busca construir como el relato de un paseo matinal por el pueblo costero. Filmada durante el invierno de 2014, las mañanas capturadas en El paseo son por lo general húmedas y frías: la neblina abunda y, cada tanto, se hace presente la lluvia. La película transita un tono amable sin recurrir a las postales típicas de los pueblos pequeños. El mar, presente a través de la humedad densa, nos recuerda que estamos en una ciudad costera, cuya población fuera de temporada es pequeña. Las calles vacías y los cielos cargados se complementan a la perfección. De a poco, sin embargo, aparecen ciertas incomodidades: gritos que provienen del interior de una casa, inquisidoras preguntas fuera de campo sobre los motivos de la filmación callejera o los ya comentados ruidos maquinales propios de todo entorno urbano. Como comentaron De la Fuente y Quintín (productor de la película, también fundador y ex crítico de El Amante, y ex director del BAFICI) tras la proyección, esas irrupciones poco plácidas pueden dar lugar a un deseo de alejarse de la ciudad. Este deseo se expresa a través de los últimos planos, filmados en el campo, lejos de lo urbano, e investidos de una calma bucólica, cualitativamente diferente a la de los sesenta minutos previos.

Agua y pueblo también se encuentran en Miramar (2015), largo debut del cordobés Fernando Sarquís. Se trata de una ficción con una excusa argumental sencilla: una joven decide abandonar el pueblo que le da título a la película y el hostel familiar para irse a estudiar a una ciudad más grande gracias a una beca. Durante esos días, un muchacho llega al hostel en busca de hospedaje. La relación que surge entre ambos es tierna y, como todo en la película, sutil. A la soltura locuaz de ella (Florencia Decall) se le opone la parquedad de él (Maximiliano Gallo). Ella tiene esperanzas en el futuro; él, un pasado doloroso. Si bien la contraposición no es particularmente novedosa, el film funciona. Los diálogos son particularmente logrados, y la película gana fuerza cuando trabaja cierta luminosidad afectiva (las escenas entre ella y su padre, por ejemplo, que transcurren íntegramente en la clínica donde él está haciendo reposo, funcionan gracias a la camaradería entre ambos, alcanzada tanto a través de los diálogos como de sus miradas sonrientes).

El gran personaje triste del film, de hecho, no es el muchacho con pasado doloroso, sino la laguna del pueblo, suerte de centro magnético en el cual confluyen los conflictos de la pareja protagónica: su primer paseo es en el borde de la laguna; ahí se conocen, charlan y se filman. Si en El paseo el foco estaba puesto en las casas del pueblo, lo que más parece interesarle a Sarquís de Miramar es su laguna: si dejamos de lado las escenas filmadas en su orilla y su muelle, la mayor parte de la película transcurre en interiores. El frío que se percibe en todos los planos de Miramar tiene, sin embargo, mucha más fuerza en las escenas en exteriores. Hubiera sido interesante ver qué ocurría si la película optaba por jugar más con las posibilidades ofrecidas por el pueblo, su geografía y sus edificios. Sobre todo, porque el tono frágil y melancólico que persigue Miramar es mucho más interesante que la historia general. Los interiores no logran en casi ningún momento la potencia del cielo encapotado de la ciudad. El hecho de que en el pueblo primen las casas bajas contribuye a lograr cierto efecto envolvente. La pena de Miramar, que es su clave emocional y se expresa en un tono medio constante que huye de los excesos dramáticos, se percibe lo suficientemente sincera y sensible como para contrarrestar a sus momentos menos interesantes.

El paseo y Miramar son dos películas unidas por el agua y los efectos de los pueblos pequeños en las personas. En un film como El paseo, en el cual los humanos parecen quedar en un segundo plano, es posible observar una sensibilidad que capta, con sutileza y algo de timidez, la dinámica matinal de la ciudad. En un próximo texto hablaré sobre otras dos películas proyectadas en el marco del BAFICI, Toponimia (Jonathan Perel, 2015) y Surire (Bettina Perut e Iván Osnovikoff, 2015), que también habilitan, de formas específicas, a análisis sobre los vínculos entre lo geográfico, lo natural y lo humano.

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Esta entrada fue publicada en 28 abril, 2015 por en Festivales y etiquetada con , , .

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