LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

FILMO, LUEGO EXISTO (OTRO PARÉNTESIS BAFICERO)

 <Por Álvaro Fuentes>

La sombraEl cine documental es un género característico de festivales como Mar del Plata y BAFICI. Hay una afinidad natural entre estas inacabables ferias de producción audiovisual y ciertos curiosos exploradores abocados a plasmar, con la ayuda de una cámara filmadora, su mirada en torno a algún aspecto de la realidad que los rodea. Dicho más sencillamente, los documentales que pululan en los festivales de cine guardan especial interés dado que expresan la mirada de narradores individuales. No necesitan de una gran producción, con una cámara alcanza para que el documentalista realice su búsqueda personal y elabore un relato. Son miradas solipsistas del mundo compartidas con el espectador. La voz en off que suele acompañar la selección de tomas es como esa voz de la conciencia del individuo que indaga acerca de la existencia. Son obras excepcionales que recorren ciertas salas, siendo muchas veces bien recibidas, pero con el riesgo de perderse en la bruma de la cerrada selva audiovisual.

Vi dos documentales en mi fugaz paso por BAFICI: La sombra y Filmar obstinadamente: reencuentro con Patricio Guzmán. El primero es de un autor argentino, Javier Olivera, hijo de uno de los más importantes directores argentinos de la segunda mitad del siglo XX, Héctor Olivera, en cuyo haber están No habrá más penas ni olvido y Plata dulce, entre muchas otras obras emblemáticas de nuestro acervo. El dato referente al árbol genealógico es relevante dado que Olivera hijo cuenta la historia de la mansión que construyó su padre a principios de los setenta más o menos, y su posterior demolición. Las imágenes de archivo que recopila, con su padre en cenas y jardines, son intercaladas con otras más actuales de obreros destruyendo la imponente construcción.

Movido por la nostalgia, Javier Olivera decide contar la acción destructiva de esos extraños sobre el templo sagrado que forjó un hombre sagrado, para todos los argentinos por su enorme legado cinematográfico pero especialmente para él por tratarse de su padre. La “sombra” hace referencia a una imagen de archivo en la que están padre e hijo, y el primero parece tapar con su figura magnánima al segundo, que es todavía un niño. En la voz en off de Javier Olivera hay alusiones a la figura del mítico ciudadano Kane, con la que un eclipsado hijo compara a su padre. Referencia ésta última que recuerda a Ciudadano Langlois, de Edgardo Cozarinsky, otro excepcional autor argentino de documentales en esta línea.

Si bien no se aclara el por qué de esa demolición, tampoco importa demasiado. Olivera sí aporta datos, que más bien son recuerdos, de las fiestas que el cineasta organizaba en esa casa. Cuenta también que si bien su padre había sido marcado por la Triple A, se pudo quedar junto a su familia en Argentina gracias a la protección que les brindaba esa misma casa que, por ser un símbolo de burguesía acomodada, lo habría inmunizado o vuelto inalcanzable para la mano asesina de las fuerzas represivas. Hay algo de mágico y milagroso, parece sugerir Javier Olivera, en esa edificación que por su sola existencia ayudó a que hoy puedan contar su historia. El registro fílmico de ornamentaciones traídas de oriente y misteriosas obras de arte, que poblaban las espaciosas salas de la mansión, ayudan a componer esta idea de lugar sagrado.

El segundo documental habla sobre el documental mismo. Es una larga entrevista, que va cambiando de locaciones permanentemente, que un documentalista francés le hace al chileno Patricio Guzmán. Se trata de un recorrido por parte de la obra de éste último, intentando dar con claves que ayuden a entender el conjunto de su obra. También es un intento por explicar, a través de las poéticas y lúcidas palabras del autor chileno, qué es el cine documental. Se repasan La batalla de Chile, La memoria obstinada, Nostalgia de la luz e incluso su más reciente (y también proyectada en este BAFICI) El botón de nácar.

El entrevistador somete al entrevistado a una serie de experimentos emotivos, que disparen sus reflexiones, haciéndolo interactuar con diversos materiales, como fotografías de sus películas distribuidas sobre una mesa, audios de discursos políticos de la historia de Chile conservados por Guzmán en antiquísimos dispositivos de grabación sonora, testimonios de víctimas del terrorismo de estado tomados también por Guzmán o simplemente la magnificencia de un paisaje marítimo en algún lugar de las costas del Mar Pacífico. El juego de la libre asociación de ideas, a partir de condiciones ambientales y sentimentales pre-armadas, parece ser la estrategia para sacar el máximo provecho de la reflexión del homenajeado.

En el tramo final de la película Guzmán arriesga ciertas definiciones sobre el cine que hace. Afirma que el documental es el registro que le permite mayor grado de improvisación y por eso lo elige. También sostiene que el mayor desafío del documentalista es describir. Porque la historia que se cuenta es algo muy esquemático, pero dar carnadura audiovisual a la idea es lo que finalmente importa. El documental para Guzmán es un arte esencialmente descriptivo.

Las tomas del departamento de Guzmán, con sus paredes-biblioteca, su cámara, su trípode, sus mesas sobre las que el director chileno despliega papeles y libros que investiga, y también filma, ofrecen ese retrato del cineasta que piensa mediante imágenes. Todo su arte de indagación, el documentalista lo expresa a través de imágenes y sonidos. Vuelvo a la idea del comienzo: me produce gran fascinación esta era en la que individuos pensantes, provistos de dispositivos de filmación, pueden plasmar y compartir al resto del mundo sus miradas particulares de la realidad que los circunda.

Por último, vuelvo a traer al debate una idea que me interesa desde hace tiempo: el documental solipsista, de imágenes del mundo y una voz en off que exterioriza pensamientos, es también lo que se conoce como documental-ensayo, un tipo de registro, en un sentido, menos ambicioso que el documental clásico, ya que este último requiere de más producción y parte de intereses más “objetivos”. En el documental solipsista el cineasta es un verdadero autor que crea, piensa, siente y poetiza, y por eso dice Guzmán que en ese tipo de cine alcanza una libertad única. Es un sub-género eminentemente subjetivista. La vieja discusión de si existen los autores en el cine, recibe un interesante aporte si se hace la consideración de que en el documental-ensayo, por la soledad inherente del realizador en su búsqueda, claramente prima lo autoral.

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Esta entrada fue publicada en 7 mayo, 2015 por en Crítica y etiquetada con , , .

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