LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

BAFICI III: RUPTURAS Y CONTINUIDADES. LAS GANADORAS DE LA COMPETENCIA ARGENTINA

<Por Álvaro Bretal>

cronica 3 baficiNo es ninguna novedad que Matías Piñeiro y José Celestino Campusano son dos de los cineastas argentinos más reconocidos de los últimos años. Representantes de dos universos cinematográficos muy diferentes, ambos presentaron sus nuevas películas en la Competencia Oficial Argentina de la edición 2015 del BAFICI. La princesa de Francia, de Piñeiro, ganó el premio a Mejor Película. Campusano, por la polémica Placer y martirio, ganó el de Mejor Director. Las dos películas representan formas radicalmente distintas de pensar el cine, y demuestran que el panorama actual del cine argentino es -más allá de falencias, vacíos y dificultades varias- lo suficientemente vasto como para generar numerosas películas interesantes (algunas más fallidas, otras más logradas) todos los años.

Placer y martirio (2015), séptimo largometraje en solitario de Campusano, representa una suerte de “cambio de ambiente” en la obra del director. Esto se sabía de antemano y, en consecuencia, era factible hacerse al menos dos preguntas: primero, cómo sería la nueva dirección emprendida por el cineasta y, segundo, si esa nueva dirección funcionaría o no. Si bien a primera vista puede parecer irrelevante el hecho de que el director opte por dejar de lado a los sectores populares del conurbano de Buenos Aires para contar una historia de la clase media-alta porteña, el punto es que la forma de su cine siempre tuvo una relación estrecha con su contenido. Cierta estética aparentemente descuidada, una importante participación de no actores y una relación tensa entre el uso de modismos coloquiales y otros mucho más formales y rígidos son algunos de los ejes en torno a los cuales gira su cine.

En varios aspectos, Placer y martirio no representa grandes novedades. La estética del cine de Campusano no sufrió un cambio radical. La historia de Delfina, una mujer insatisfecha con su vida familiar que se enamora de Kamil, un hombre supuestamente rico que juega con sus sentimientos y le quita dinero, es narrada desde un lugar que es, a la vez, crítico y empático con sus personajes. No es algo muy diferente a lo que ocurría en películas anteriores, como Vil romance (2008) o Vikingo (2009), donde la cercanía del director con sus personajes le permitía exponer con crudeza sus problemas relacionales. De acuerdo a lo planteado por Campusano en algunas entrevistas, el sumergimiento dentro del universo narrado fue tan fuerte en Placer y martirio como en sus películas anteriores. Los conflictos son expuestos con una sinceridad inusual. Sin embargo, los diversos juegos formales que surgen durante el desarrollo del relato, generan un distanciamiento que convierten a Placer y martirio en una película que está lejos de ser un muestrario plano de dramas emocionales de la burguesía porteña.

Un elemento fundamental es la relación que se establece con el universo de las telenovelas. Tanto los ambientes como la forma en que muchas veces son retratados transmiten una pulcritud que posiciona a la cámara en un nivel cercano al de sus personajes. Vemos ese mundo de clase media-alta del mismo modo en que lo ven los propios personajes. En un principio, sin ninguna clase de distancia construida a través de la puesta en escena. La distancia surge a medida que las relaciones empiezan a desarrollarse: Delfina se lleva mal con su marido y con su hija; está insatisfecha con su vida emocional y profesional. Al conocer a Kamil y entablar una relación amorosa con él, sus otros vínculos empiezan a romperse. Incluso sus amigas terminan cansándose de su obsesión con Kamil. Él, por otra parte, plantea una suerte de contrato relacional que implica que sólo se verán cuando él lo desee. Delfina sufre y pierde dinero porque, para colmo, Kamil le pide plata para financiar sus misteriosos proyectos económicos. La insatisfacción de la protagonista, estrechamente ligada al lugar que se le asigna a la mujer en ciertos sectores sociales, tiene como consecuencia una decadencia sin pausa que constituye el núcleo narrativo de la película. La oscuridad consume a Delfina, que es absorbida poco a poco por Kamil hasta quedar vacía.

La construcción del vínculo con la telenovela también funciona como una crítica de ese formato estético-narrativo que naturaliza los espacios sociales que retrata. Campusano apuesta, aún más que en otras de sus películas, a la incomodidad del espectador. Una de las formas en que se expresa este vínculo con la telenovela es a través de diálogos que tienden a ser acartonados. Esto, sin embargo, no es una falla o una ingenuidad por parte del director. Como señalaron algunos críticos, no puede ser más que una decisión para generar incomodidad en el espectador: los diferentes elementos de la película que estamos viendo se constituyen como incompatibles y chocan al estar presentes, todos juntos, en una misma obra. Esta lógica no siempre funciona y, en su búsqueda de la incomodidad, el director recurre a decisiones que contradicen la empatía que tiende a demostrar por su protagonista. Un ejemplo: el plano de Delfina meada tras tomarse más calmantes de los que debería es innecesario y, por un plano similar, en su momento muchos críticos destrozaron -con razón- a Alejandro González Iñárritu.

Más allá de ese y otros momentos desafortunados, Placer y martirio tiene como gran logro la capacidad de construir una tensión que, por momentos, se vuelve carne en los protagonistas y en el espectador. La película es palpable en su dolor, sin por eso resultar despiadada ni directamente violenta. Es ahí donde tanto la pulcritud de la puesta en escena como el gran ritmo narrativo (que recae recién durante el último tramo) dan sus mejores frutos. En el medio, aparecen numerosas situaciones que no son extrañas en sí mismas pero que, situadas entre la tragedia y el humor, se deforman gracias a la distancia tomada por Campusano. Esa extrañeza se cristalizó en la recepción de la crítica que, por primera vez desde la aparición del director en el mundo de la cinefilia argentina, no tomó un posicionamiento tajante y total en relación a su cine. Hubo comentarios a favor y en contra, pero primó una sensación de duda. Lo más interesante, tal vez, sea observar para dónde va a disparar de ahora en adelante su filmografía. Lo que queda claro, a partir de este film y de algunas declaraciones del director, es el interés por seguir expandiendo el universo sociocultural de sus relatos.

En un punto distante al de Campusano se encuentran Matías Piñeiro y su nueva película, La princesa de Francia (2014). Si el cineasta oriundo de Quilmes reniega de las corrientes e influencias cinematográficas, y busca construir un cine diferente tanto en los procesos como en los resultados, el cine de Piñeiro se vincula directamente con referentes claros y puntuales: las presencias de Shakespeare, Éric Rohmer y Jacques Rivette son la base tanto de su última película como de la anterior, la espléndida Viola (2012). Desde un tiempo antes de su estreno era posible intuir que La princesa de Francia no representaría una búsqueda novedosa en la obra de Piñeiro. Efectivamente: entre sus dos últimos films hay numerosos vínculos que permiten pensarlos, si bien no como films hermanos, sí como formas diferentes de organizar las mismas temáticas e influencias. Museos, teatros, parques y habitaciones son los espacios donde transcurren ambas películas. Una excepción crucial es el primer plano de La princesa…, que transcurre entre un balcón y una canchita de Fútbol 5, y representa el momento de mayor ruptura con la película anterior del director y, también, el momento más fresco de su nueva obra.

Tras ese primer plano, nos encontramos con la historia de un muchacho que vuelve a Argentina tras algunos años en México, con la finalidad de retomar un radioteatro sobre la obra de Shakespeare Trabajos de amor perdidos. Casi todas las mujeres que aparecen en la obra (que son todos los personajes, a excepción del protagonista y otro varón) tienen un vínculo emocional estrecho con el muchacho en cuestión. La princesa de Francia se revela, entonces, como una suerte de comedia de relaciones, donde una puntillosidad extremada en los diálogos se vuelve la clave fundamental para envolver al espectador en un ritmo grácil y ligero. La trama, al igual que ocurría en Viola, no posee grandes complejidades ni dosis de acción. El foco está puesto en sumergirse en las idas y venidas emocionales de ese grupo de actores treintañeros que retrata Piñeiro. El mundo de citas literarias, celos sin estridencias y mensajes en señaladores que el director ya intentaba capturar y expresar con voz propia en su primera película (El hombre robado, 2007), recién en Viola logra tomar forma y personalidad. La famosa frase bressoniana que propone que no hay que correr tras la poesía, sino dejar que entre sola por los intersticios, cobra pleno sentido al analizar el desarrollo de su filmografía.

A las indecisiones y dudas amorosas hay que sumarles pasos de comedia sutiles que, si bien jamás incitan a la carcajada, sí son capaces de situar el espectador en un estado de sonrisa constante. El cine de Piñeiro parece pensado para ser gozado. Es por eso que, donde Campusano usa diálogos propios de la telenovela para generar tensión y molestia, Piñeiro usa diálogos del teatro para generar fluidez y una complejidad coreográfica que se encuentra situada, no en la dimensión narrativa, sino en los diálogos y los movimientos corporales de los actores. Los personajes de La princesa de Francia se entienden porque, más allá de sus conflictos, pertenecen todos al mismo universo y hablan el mismo idioma. Los personajes se atraen, se besan, se desean, y es en esos movimientos donde se va desplegando el mayor atractivo del film. Los diálogos que enuncian en tanto personajes se cruzan con los diálogos que enuncian en tanto actores: si en Viola los personajes expresaban sus sentimientos mientras recitaban el guión de una obra de Shakespeare que estaban ensayando, acá ocurre algo similar mientras graban un radioteatro. El arte que amamos y el arte que hacemos nos constituyen, parece decir Piñeiro, y es posible y deseable tomar herramientas suyas para expresar nuestras emociones y deseos.

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Esta entrada fue publicada en 20 mayo, 2015 por en Festivales y etiquetada con , , .

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