LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

AVALANCHAS

<Por Hugo Dvoskin*>

Force majeure b y nIrrupción

Sentados a la mesa están el amigo de Tomas y su novia, Tomas y Ebba. Un feliz encuentro en la montaña en la que comentan lo bien que han viajado y lo bien que lo están pasando. Son las vacaciones de un sector acomodado de la acomodada sociedad sueca. Las habitaciones son acogedoras sin pretensiones. Sin excesos en sus hábitos, comen pizza de delivery. Es un lugar espectacular, enclavado en la montaña con el siempre maravilloso marco de la nieve especialmente si la vemos en cine o si se la puede disfrutar esquiando. Bien equipados el frío no es tema para los escandinavos.

Ebba menciona el episodio de dos días atrás cuando los expertos en explosivos del centro de esquí produjeron un pequeño alud planificado. La densa nube de nieve hizo creer a quienes estaban en el restaurant y en la montaña que la avalancha se habría ido de manos de los expertos o no había sido producida artificialmente. La irrupción discursiva de Ebba es la tercera avalancha que muestra la película. A la generada por el propio centro de esquí hay que sumarle la charla anterior, con los otros conocidos en el restaurant que desemboca en la pelea en la puerta de la habitación en la que as reniega de los hechos. Ahora esta, que reproduce con interesantes variaciones la anterior. Esta vez no es el sorpresivo polvo de nieve ni un discurso que tenga la expectativa de que Tomas dé cuenta de los hechos. Ni premeditada ni expectante, es desesperada. Es la segunda vez que intenta poner el asunto sobre la mesa, ya sabe que Tomas no sólo se ha desentendido de sus hijos en la montaña sino que frente a ella ha transformado su comportamiento negligente en “tenemos otra versión de lo sucedido”. La idea de que vean lo filmado por Tomas, justamente en los momentos de avalancha, de que sea la filmación hecha por él, en la que se verán sus movimientos, es la vía por la cual Ebba logra que la nieve que la había inundado, ahora se dirija hacia Tomas. Su anonadamiento encuentra en ese rapto de lucidez, en proponer ver ese video, la posibilidad de producir una tormenta de nieve sobre la posición subjetiva de Tomas.

 Ebba hace dos días que ha perdido los referentes que supieron organizar su mundo. Nos da una clase sin fisuras sobre qué quiere decir que el fantasma sostiene la realidad. El mundo “psíquico” de Ebba cuenta con un marido que cuida de su grupo familiar. No puede decirse que solamente fantasee con él porque en más de un sentido cree realmente que ese hombre existe, que llegado el momento enfrentará con coraje las peripecias de la vida. Tendrá como prioridad a los hijos y a su mujer. Será alguien que estará absolutamente a la altura de un capitán de barco y que dirá “primero niños y mujeres”. Si el pensamiento religioso se filtra entre quienes no creen, la creencia en el padre o en el esposo como padre de los propios nos dice que la religión, en cuanto sistema de creencia en el Otro, se enreda y se anuda sin que muchas veces lo sepamos. Ebba hará denodados esfuerzos por sostenerlo. Su anonadamiento cuando lo ve caer está a la altura de la creencia que tenía en él. Sus intentos de restituirlo y correr riesgos innecesarios muestra la necesidad subjetiva que tiene de ese fantoche.

La escena del teléfono, en el inicio, ya lo muestra de cuerpo entero. Tomas miente y dice que no va a atender. Apenas ella sale verifica las llamadas, ¿acaso complace a algún jefe? ¿o es que no puede no responder a alguna amante? Ebba lo sabe pues lo anticipa. En el mismo movimiento reniega y sostiene. El comienzo del film ofrece otras pinceladas del perfil de Tomas. En medio de las fotos de esta familia Ingals, fuerza todos a una jornada de esquí que no está a la altura de los pequeños en la que no les dan un bocado de comida. Es que para Tomas, limitado para adecuarse al otro, el mundo se resuelve sin contrariedades: un día de esquí es un día de esquí, ¿por qué habría que interrumpirlo para comer?

La escena tragicómica cuando van irresponsablemente a esquiar en medio de las nubes bajas merece un comentario más extenso. Sin embargo, anticipamos, será el punto hasta el cual esta mujer está dispuesta a llegar para sostener sus creencias y darle nuevas oportunidades a su marido. Va más allá que el religioso que le pide a Dios que cure a los hijos que, probablemente, se ha tomado el trabajo de enfermarlos con anterioridad. Ebba generará una situación de riesgo para que su marido escenifique las cualidades que no tiene.

Un detalle

Una de las malas traducciones del título del film -en idioma original Force Majeure- ha sido “La traición del instinto”. Se intenta situar que Tomas sólo se ha interesado en su supervivencia. Sería la tendencia biológica que se opone a la cultura y a los valores éticos y religiosos –adjetivo muy adecuado al film dado el nombre de su esposa-. Empero, un detalle. Esos detalles en los que se interesaba Freud que rompe con la lógica supuesta. Una sutileza que dice mucho acerca del modo de entender la paternidad por parte de Tomas y, quizás también, de los efectos del estado sueco, que hace que sus habitantes vivan ajenos a algunas vicisitudes de la existencia. Ebba insiste con ese detalle cada vez que cuenta el suceso, quizás ni ella lo note. Dice como al pasar, ilustrando lo que dice para darle mayor fuerza a su relato, que si bien Tomas dejó a los niños -nos reservamos intencionadamente la palabra hijos- no hizo lo mismo con el celular y los guantes. El problema lógico es que a Tomas se lo piensa desde lo fáctico en su condición de papá. Visto así, que es justamente el fantasma de Ebba, la conducta de Tomas es inentendible. Lo que se opone a papá, no es, a nuestro gusto y entender, biología o instintos. Si hiciéramos el ejercicio de pensarlo como si fuera un niño, un hijo más, encontraríamos que su comportamiento se adecua justamente a lo que de los niños se espera. Hace todo lo que corresponde para quedar bien con la mamá. Ahora el personaje cobra lógica. Lamentablemente para él y para Ebba, además es un niño ladino, con dificultades para asumir responsabilidades subjetivas porque justamente lo harían quedar mal. Su confesión posterior de que hace trampa cuando juega con sus hijos es parte de este mismo paquete: lo pone como semejante de estos niños que aún no han llegado a los doce años. Su variable rectora es chuparle las medias a una madre. La consecuencia es que siempre quedará desubicado como padre. Bien podría decirle a su madre, a la suya o a cualquiera que funcione como tal, que su conducta ha tenido algo de ejemplar: en medio de la avalancha tuvo la “sagacidad” y la “responsabilidad” de llevarse los objetos de valor (los guantes y el celular) e incluso no ha perdido los documentos. Resolvió su seguridad sin dar trabajo a los padres, se escapó a tiempo y sin pedir ayuda. Como niño travieso mira el celular a escondidas, hace trampa en el juego con otros niños, llora desconsoladamente cuando lo descubren. Pero también como buen niño no ha molestado en las jornadas de esquí, no ha pedido comida, se comportó como un hombrecito escapando a la avalancha y no se olvidó ni del celular ni de los guantes. Siendo un niño más, podría preguntar como Caín si además tiene que ser responsable por sus hermanos.

Leído de este modo, la familia está condenada a vivir un pequeño infierno cada vez que la vida presente dificultades. Ebba hará lo imposible para restablecer las coordenadas vitales que la nube de nieve en polvo ha avasallado. Ha sido una avalancha que más que enterrar cuerpos ha sacado a la luz las almas de estos padres. Ebba está dispuesta a hacer tanto por eso que ella misma se transformará en esa nube que lo volverá a arrasar a él. Nada le interesa sino que Tomas vuelva a ser su sueño, un padre ideal. Aquí no se trata de recuperar un lugar porque en realidad nunca lo tuvo. Hipótesis. Acaso el Estado Sueco del bienestar ha estado cubriendo los déficit de este hombre al que la vida le ha dado dos hijos. Para él la paternidad no ha sido más que pasos burocráticos, una obvia consecuencia de tener más años. Eso no ha significado para él, pregunta alguna. Su mujer, paralelamente, tiene una conversación sobre la cuestión de parejas sexualmente abiertas como si no viviera en un país escandinavo o como si nunca hubiera reflexionado sobre las encrucijadas de la vida familiar. Mira sorprendida y escandalizada como si nunca hubiera escuchado que eso era posible.

Diagnóstico y tratamiento

La avalancha Ebba ha llevado a sus límites al niño Tomas. En el medio, su amigo se las ha tenido que ver con su novia de veinte años que lo acusa de ser parte de una generación que no se hace cargo, que vive esquiando con jovencitas mientras sus hijos se quedan sin vacaciones con su madre. Cuestionado, sabe que el tema no les es ajeno. No puede ni deja dormir. Requiere que confíen en él. Ella ha sido impiadosa. Afirma que un amigo suyo, aún sin hijos, sería más responsable que él. Lo que está dicho sin decir, lo que está implícito pero se afirma sin sutilezas es que el amigo de Tomas y su novia han tomado a Tomas como paradigma de lo que no debe hacerse. Como es un amigo leal, ha intentado sacar las papas del fuego dando explicaciones conjeturales sobre la acción inentendible de Tomas: quizás haya sido un acto “meditado” para ponerse a salvo con la intención de luego rescatar a sus hijos como se hace con las máscaras de gas en el avión. Pone sobre el tapete que el ingenio humano es inagotable cuando se trata de encontrar argumentos. Si las bibliotecas encuentran libros que sostienen teorías tan disímiles y contradictorias quizás sea porque han aprendido a imitar al Yo en su arte demagógico de mentir y engañarse. Llegado el momento, en el micro, demostrará que al menos no es necio y que ha escuchado a la veinteañera. Quizás ya estaba preparado desde antes, quizás el director suponga que ese extenso diálogo en la cama ha sido suficiente trabajo terapéutico para este cuarentón. Se lee entre líneas que también la catarsis de Tomas, su confesión y su llanto, han sido la vía necesaria y suficiente que conduce a su redención y que Ebba corroborará en la montaña. Nos permitimos disentir. Su prolongado llanto no está acompañado sino de otras confesiones que poco tienen que ver con la situación y sólo sirven para cargar sobre el otro las culpas que le pesan. Nos referimos a la infidelidad que se filtra en medio de las confesiones sobre hacer trampas jugando al ludo. Ebba queda atontada porque ahora Tomas le ofrece un combo que hay que tomar en conjunto. “Tómalo o déjalo”. No se trata de la moralina sobre la infidelidad. De ningún modo. Se trata de la manera en que se lo transmite, de no hacerse cargo (nuevamente) poniéndolo en la cuenta del “yo soy así” y pasarle a Ebba una cuestión sin dudas dolorosa como parte de un combo que debería digerir porque es momento de ser comprensiva. Podría afirmarse que subjetivamente es el peor momento. Ya se ha comportado negligentemente, podría deberse a su instinto de supervivencia según algunos o a su posición infantil frente a la madre, según nosotros. Ya ha querido evitar las responsabilidades, quizá se engañaba según algunos o simplemente mentía según nosotros, para “quedar bien con alguna mamá”. Ahora da el salto mayor, carga todo al ser. Si en el decir de algún filósofo -no necesariamente compartimos la aseveración pero bien vale en este caso- “las versiones son opinables, los hechos son sagrados”, Tomas logra que dejen de serlo porque ya no importa lo que él ha hecho en la montaña, ni haberse hecho el desentendido frente a los amigos, ni haber confesado la infidelidad en medio de un grupo de otras conductas… ahora todo queda emprolijado subjetivamente porque él es así y necesita ayuda, afecto y amor de su hijos. Sólo falta que el director haga un llamado a la solidaridad porque a este muchacho le falta una dosis de confianza y con eso seguro que se “cura”.

Toda marcha hacia lo peor. Y llega. En la montaña Ebba toma la posta. Arma el montaje y simula haberse perdido para corroborar que su marido la rescatará. Repasemos. Es una neblina que, sin dudas, aconseja no esquiar con niños, sobre todo si son los hijos. Ebba no logra persuadirlo de que no bajen, tampoco lo intenta con vehemencia. Tomas, que sabe que en las clases de esquí el instructor va adelante para que el conjunto imite sus movimientos, repite el procedimiento porque quiere cumplir con su sueño de jefe de boy-scouts. Pero no es el caso, no es una clase, es una travesía por un lugar inseguro por la falta de visibilidad.

Es evidente que en esta oportunidad es fundamental quién va a ir atrás por si alguien se queda, para que justamente no se pierda. El niño-líder va por todo y encabeza el pelotón sin estar pendiente de si lo siguen. Sus hijos comienzan a ser sombras entre las nubes, la mujer se retrasa y se queda. Es momento de ver la conducta de Tomas, aunque en rigor no podemos no detenernos en la de Ebba. Gritos, un poco de desesperación, la mujer no responde. Tomas deja sus esquíes y marcha hacia arriba a buscarla. Deja a los niños solos, otra vez para quedar bien con la mamá. Los niños miran desolados hacia arriba mientras el padre desaparece en la nebulosa. Vuelve como héroe con la madre en los brazos. Si para algunos se ha restituido en su función… para nosotros ha dejado a los niños solos en una situación no menos peligrosa que la anterior. Y esta vez no ha sido la madre naturaleza de la cual se ha defendido sino que, a sabiendas, los deja solos. Para evitar confusiones diremos, a nuestro entender y sin ser expertos, qué habría sido lo indicado: seguir bajando con los niños y avisar a la seguridad, eventualmente a los camilleros, que vayan al rescate de Ebba que ha quedado en la montaña. Tiempo para que no se congele sobra porque están en zona de pista pisada, no es esquí extremo y tampoco hay avalancha. Pasará un poco de frío pero no más que eso. Él resolvió hacer la heroica. Insólitamente Ebba reinicia la marcha hacia donde estaba supuestamente perdida, caminando hacia arriba con las botas, con el esfuerzo que eso implica, en busca de sus esquíes. Herida no estaba.

Ebba expuso a sus hijos para rescatar al padre del oprobio. El padre pasó el oprobio atravesando un pequeño sendero de nieve para entrar en un abismo insondable. En el relato de los hijos, anticipamos, irá de “él se escapó con el celular y los guantes” a “fue a buscar a mamá en medio de una tormenta”; aunque inmediatamente se transformará en un pasaje que va de “fue a buscar a mamá” a “nos dejó solos en la nieve”. Si en la escena del llanto mostró que él era así, en esta muestra que además es irrecuperable. Cuando haya que cargar a su hija en la ruta, en el camino de vuelta después de bajar del micro, insólitamente Ebba le pedirá al amigo de Tomas que la cargue. Tomas no atina a dar ayuda, ve cómo su corpulento amigo la lleva en brazos y vuelve a desentenderse.

En el micro

La escena del micro resulta confusa y requiere tomar decisiones por parte del espectador. Por un lado, Ebba detecta el peligro como lo detectó en la montaña el día de la avalancha. Por ese motivo fuerza al chofer a abrir la puerta. Por el otro, baja sola sin llevarse a los hijos con ella. Si lo primero la pone cuidando a los suyos y al grupo, lo segundo podría leerse como frente al peligro “sálvese quien pueda”. Sin embargo, esta simetría que volvería a situar la película en la línea instintual, encuentra al menos dos objeciones. En primer lugar, notoriamente, aquí no hay celular ni guantes. En segundo lugar, la puerta abierta del micro es el signo de que este transporte no podrá avanzar. La puerta abierta funciona como puente que limita al conductor y habilita a los pasajeros a poder salir. El amigo de Tomas organiza la salida, Tomas se carga a los niños. El guionista, acaso un escandinavo ingenuo, quizás crea que Tomas, con la catarsis y la lamentable épica en la montaña, efectivamente se haya curado. ¿Cuál podría ser la idea subyacente? La catarsis podría ser un sinónimo de la autenticidad y la épica el retorno de los valores solidarios más allá de la propia supervivencia. Ser auténtico y ponerse en riesgo se presentan como dos nombres desviados en la dirección de la cura. A ellos les opondremos, sin dudas, el implicarse -hacerse cargo de las faltas- y estar a la altura de la función -sin correr ni hacer correr riesgos innecesarios-.

En la escena final, llamativamente, o quizás no, y mostrando la falta de recursos de este grupo de esquiadores, muchos de ellos expertos en actividades de montaña, dejan todo el equipaje en el micro. La mayoría baja sin abrigos, no atina a comunicarse con la agencia de viajes y simplemente pedir otro micro. El director, quizá siguiendo los pasos de su colega uruguayo de Norberto apenas tarde, tiene sus propias ideas sobre lo que se debe esperar del sujeto, las mismas que la Psicología del Yo: independencia, autenticidad, amor al prójimo (solidaridad). Lejos del primero, los otros parecen encaminados. El costo está a la vista: Ebba vuelve a creer en un marido que no tiene. Eso sí, ahora que sabe que su marido ha sido infiel deberá decidir qué hacer con la propuesta de su amiga de tener amoríos fuera de su pareja. Su marido estará en observación y probablemente, más temprano que tarde, no pasará el examen. Los hijos, que incluso se enojan ante la perspectiva de la separación, tendrán que, además de esquiar, hacer gimnasia deportiva para ayudar a mantener el equilibrio de este papá que se disuelve y se desvanece frente a las dificultades. O que, peor aún, las aprovecha para hacer méritos ante una fantaseada mamá mientras abandona a sus hijos ante la cruel naturaleza. Resilentes quizás, aprenderán a estar juntos como cuando la madre los puso en juego para salvar al padre y el padre los dejó por algunos minutos en ese desierto blanco. ¿Porque qué es un desierto sino un lugar donde no quedan señales que indiquen por dónde seguir? La caminata de todos juntos bajando del cerro no debe engañarnos. Estos niños están solos, quizás solos aprendan a estar juntos.

* Psicoanalista y escritor. Autor de varios libros sobre cine y psicoanálisis.

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Esta entrada fue publicada en 15 junio, 2015 por en Cine y Psicología y etiquetada con , .

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