LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LAS MUJERES INVISIBLES Y LA LÓGICA TERRITORIAL DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

<Por Álvaro Bretal>

“Resulta algo muy extraño y escalofriante: en apariencia, todo el mundo aspira a vivir del mismo modo en todas partes: en un suburbio de Nairobi, de Kyoto o de Bangkok. Vayas donde vayas, a lo largo de África o Sudamérica, verás estos suburbios creciendo a toda velocidad. Ellos representan el grado óptimo de vida que la gente quiere. Hay un cierto tipo de lógica que rige a estos suburbios inmaculados. Es una lógica terrible, que representa la muerte del alma. Y pienso con horror en esta prisión en la que el mundo se está transformando.”

J.G. Ballard, entrevistado en 1982 por Andrea Juno y Val Vale para la revista norteamericana Re/Search (Nº 8/9, 1984)[1].

chain3 bynLuces de neón, un símbolo gigante de Mercedes-Benz girando sin pausa en la terraza de un edificio, colectivos en movimiento, cuerpos que caminan rápido, sin siquiera mirarse. ¿En qué ciudad estamos? ¿Qué idioma se habla? ¿Cómo se relaciona la gente con/en esos lugares? Los primeros planos de Chain (Jem Cohen, 2004) no permiten adivinar una referencia geográfica concreta. En su énfasis en la artificialidad posmoderna de las urbes monumentales y laberínticas, las imágenes remiten a Sin sol (Sans soleil, 1982), obra fundamental de Chris Marker (a quien, no casualmente, Chain está dedicada). La diferencia –nada menor– es que los planos de Cohen no intentan capturar cierta fascinación filosófica y poética que constituía el eje del ensayo de Marker. Por el contrario, en Chain las ciudades se superponen y devoran a tristes suburbios sin territorialidad definida, aislando a personajes que pasan las noches solos, llorando en camas de hoteles o deambulando por las calles sin más compañía que una filmadora, un porro o las acciones imprevisibles de una empresa transnacional.

Los temores expresados por J.G. Ballard en relación a la creciente homogeneización espacial y cultural son sintetizados en Chain con sorprendente economía narrativa. Cohen narra dos historias paralelas: por un lado, la de Tamiko, una mujer de negocios japonesa que es enviada a otro país por una empresa con el fin de estudiar parques temáticos industriales. Por otra parte, la historia de Amanda, una adolescente que ocupa casas abandonadas de los suburbios. En el primer largometraje de ficción de Cohen (un dato nada menor, si consideramos que sus primeros documentales y ensayos datan de mediados de los 80s) predomina la voz en off y la cámara fija, aunque no todo es voz en off ni todo es cámara fija. El ritmo es espeso, como esos fragmentos de vida retratados, que discurren con pocos sobresaltos y casi ninguna alegría. Hacia el final de la película, Amanda anuncia que su vida sufrió un cambio radical: ya no toma casas abandonadas, sino que se mudó a una habitación de motel, que comparte con otras chicas. La afectividad, los vínculos humanos cercanos, rara vez se hacen presentes. Por el contrario, los personajes se construyen desde la soledad y el aislamiento.

Filmada en distintas ciudades de Europa y Estados Unidos, Chain sugiere que los paisajes urbanos han sido homogeneizados por una economía global que tiene su expresión más concreta y ampulosa en los shoppings y las empresas transnacionales. No hay nada en las calles ni los edificios que permita imaginar que se trata de una ciudad y no de otra. Tamiko se mueve entre paredes siempre idénticas: encerrada en un hotel, ve a ese mundo aplanado desde una ventana, mientras espera indicaciones telefónicas desde la otra punta del planeta. Las protagonistas narran sus propias historias, y allí es donde aparece el mayor gesto de sensibilidad cinematográfica de Cohen: por más anodinas que puedan resultar, es necesario conocer a Tamiko y Amanda en su cotidianeidad. Sus vidas, nos gusten o no, son signos de una época. Cohen analiza y no juzga. Por momentos, cuesta reconocer que estamos frente a una película de ficción y no frente a un documental. Como en tantos otros films de los últimos años, las barreras entre ambos formatos se desdibujan. La ventaja que le lleva Cohen a muchos de sus contemporáneos es que parece tener muy en claro qué quiere decir: en el corazón de Chain se percibe una mirada sociopolítica sagaz.

Es difícil sostener, en 2004, la fascinación que sentía Marker por las metrópolis japonesas. El encanto del neón se fue extinguiendo y, en su lugar, quedaron deshechos y reemplazos de menor categoría. Si la subjetividad que atravesaba a Sin sol era reflexiva y poética, Chain está construida desde un desencanto no del todo consciente de sus orígenes. O, debería decir, desde dos desencantos diferentes y complementarios. Tamiko y Amanda, cada una a su manera, son funcionales a ese universo blanco y vacío que tanto temía Ballard; forman parte de esa “lógica terrible que representa la muerte del alma”. Cuando Amanda entra a un local que vende pianos y se sienta a tocar una melodía, es echada automáticamente. La echan sin agresividad ni fuerza física. En ese plano, breve y distante, se hace presente en todo su esplendor el desapasionamiento del capitalismo financiero. Amanda sólo logra expresarse libremente cuando se encierra en su hogar ocasional con una filmadora robada y monologa frente a la cámara mientras se fuma un porro.

La narración de Chain es geográfica: retrata, durante una cantidad de tiempo desconocido, un espacio determinado. Sin embargo, ese espacio no tiene nombre ni identidad: las vidrieras son todas similares, los puentes son todos similares; también los maniquíes, las escaleras mecánicas y los vasos de material descartable que giran adentro de los microondas. Amanda y Tamiko no son personajes aislados: los hoteles impersonales, de puro durlock y melanina, existen justamente porque hay miles de Tamikos alrededor del mundo. Cuando Tamiko cuenta en qué consiste su trabajo, aclarando “este proyecto es muy especial para mí”, Cohen contrasta el monólogo con planos de shoppings plagados de carteles de marcas multinacionales. Resulta innegable que allí hay una belleza: Chain jamás cae en el feísmo, del mismo modo que no lo hacen Ballard ni Marker. Sin embargo, es posible advertir una mayor simpatía hacia el estilo de vida de Amanda: en sus robos ocasionales y su marginalidad (tanto económica como relacional) parece haber espacios de libertad mayores que en la pasividad subordinada de Tamiko. Ambos personajes se encuentran unidos, sin embargo, por la monotonía y la insatisfacción.

Para retratar críticamente a los no-lugares del capitalismo transnacional, es necesario comprenderlos. Está bien que la privatización de los territorios nacionales y la creciente importancia de las empresas a nivel económico, espacial y afectivo nos interpelen políticamente, pero Chain es la demostración cabal de que el cine posee herramientas formales para develar una clase específica de vinculaciones entre lo estructural y lo subjetivo. La reflexión cinematográfica de Chain se expresa en el montaje entre representaciones de estos dos órdenes y su entrecruzamiento con los relatos de Tamiko y Amanda. La película fluye sin sobresaltos, con imágenes atractivas y planos calmos. El horror, la relación más estrecha con Ballard, aparece cuando descubrimos hasta qué punto ese universo plagado de vacíos nos resulta familiar y cotidiano. Ni siquiera en las escenas de viajes, rutas y autos encontramos liberación: esos viajes sólo conectan a los distintos espacios impersonales y globalizados. Las personas se mueven sólo para ir de un shopping a otro. La verdadera libertad de Chain se encuentra en su forma, en la capacidad de Cohen para moverse entre géneros logrando que, a fin de cuentas, importe bastante poco si se trata de un documental o de una ficción. Gracias a un distanciamiento crítico, la irrealidad aparece en lo cotidiano, y a partir de esta clave se logra construir una suerte de ciencia ficción –más distópica que utópica, aunque jamás tremendista– ambientada en el presente.

[1] Ballard, J.G., “Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones”, Caja Negra, Buenos Aires, 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el 8 julio, 2015 por en Sin categoría.

Introducí tu dirección de correo electrónico para seguir esta revista virtual y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

EQUIPO DE TRABAJO

Director: Álvaro Fuentes Escribas: Ezequiel Iván Duarte Mariano Vázquez Francisco Goin Gustavo Provitina Alejandro Noviski Pablo Ceccarelli Álvaro Bretal Giuliana Nocelli Juan Jorge Michel Fariña Pablo Osorio Morena Goñi

Redes sociales

A %d blogueros les gusta esto: