LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

MAR DE FONDO

<Por Julia Kratje>

Mar ByNMar es el segundo largometraje de la directora chilena Dominga Sotomayor, que ya en su ópera prima De jueves a domingo (2012) incursiona en un viaje familiar para destramar, desde una perspectiva punzante sobre los personajes y sus vínculos afectivos, inquietudes más o menos latentes que enturbian las aguas cotidianas.

Oleaje inquietante; el mismo título cifra la doble agitación que recorre los 60 minutos del film: por un lado, “Mar” es un apodo y un apócope que denotan proximidad (sobrenombre del protagonista, Martín, y contracción que usa para mencionar a su madre: “Má”), y, por otro lado, apunta a la naturaleza inconmensurable. Siguiendo estas dos vertientes -una interna, la familia, otra extrínseca, el paisaje- el argumento se dispone al compás de sus enredos climáticos.

En la placidez de la rutina balnearia, las vacaciones catalizan discordancias pequeñas que, enfocadas al detalle, muestran los desajustes de la relación entre Martín y su novia Eli, atravesada por reproches, insatisfacción, proyectos disímiles, al mismo tiempo que desarman la imagen de un destino turístico libre de contrariedades. Villa Gesell se convierte, con el correr de los días, en un espacio poco hospitalario.

En la escena de apertura, al costado de la ruta, sobre el calor del pavimento, el auto en el que viajan está detenido tras olvidarse los papeles reglamentarios. “¿Cómo que sabías que no estaban? ¿Pero cómo me vas a dar un auto sin papeles?”, reclama por teléfono Martín a su madre, que le responde con indiferencia, minimizando la situación. “Si andaba mal el auto, no entiendo para qué dijo que lo trajéramos. (…) Los documentos los tendrías que haber traído, te tendrías que haber fijado”, recrimina su novia. Incómoda manera de empezar el viaje de descanso. “Estamos bien, el lugar está bueno…”, dice Martín con ánimos de remontar la situación. La cámara se detiene en un cartel: “Autoservicio Buena Onda II”. Así, el inicio abrevia la atmósfera de ligereza y humor que componen un retrato fluido, verosímil, de la escapada veraniega.

Las secuencias de la primera parte de la película ofrecen una mirada incisiva sobre la doxa sincrética que rodea a la pareja treintañera. En torno a la cabaña alquilada, en la playa, bajo la sombrilla, los personajes mantienen conversaciones truncas que ensanchan desacuerdos básicos: “Vos querés estar tranquilo, le das valor a eso. Yo también quiero estar tranquila y le doy valor; o sea, tratar de hacer cosas para estar tranquila, para sentirme bien. Qué se yo, a mí me hace sentir bien pensar en tener un lugar, una casa, dejar de mudarme de un lado para el otro”, dice Eli, que a continuación expresa su deseo de tener hijos. Con recurrencia, lee en voz alta el horóscopo: “En lo sentimental, este año será tranquilo y estable. En salud, implica cierto cuidado con la alimentación, porque puede producir mucha ansiedad, accidentes torpes, debilidad por falta de vitaminas, insomnio, alergias fuertes, mala digestión. En el mundo se podrá esperar un clima más templado entre las relaciones de los países. Será como un punto de equilibrio que quizás no sea muy duradero.” Alrededor de la pileta, intercambia anécdotas sobre tatuajes y cicatrices con un huésped chileno, que le cuenta que la marca del ojo es un “eclipse de luna”: “Si una mujer embarazada ve un eclipse de luna, no se puede tocar ninguna parte del cuerpo porque, si no, la guagua que lleva adentro va a salir con una mancha de nacimiento en ese lugar”. Eli se exhibe atraída o, por lo menos, va sobrellevando el aburrimiento. Por la noche, hacen asados, guitarreadas, y en una especie de ritual pagano de la era post hippie, bailan con estrellitas luminosas al ritmo de una música electrónica que compendia aires de cumbia, reggaeton y folclore andino. “Como un sahumerio… El viaje crece”, expone la letra de la canción.

El film entrega una radiografía del clima cultural por el que se mueven los personajes, con sus actitudes transitorias, objetos insignificantes, gestos triviales, palabras redundantes. Una segunda parte se introduce con la llegada de la madre de Martín, visita imprevista que se acopla a la estadía. “¡Estás blanco! ¿Van poco a la playa?”, exclama ni bien lo ve (poco antes, Martín le dijo que se había insolado). A partir de este momento, los atisbos de inminencia se vuelven más explícitos: “Está raro el clima”, opina el guardavida. “¿Escucharon la alarma de anoche? Hay una bandita que anda robando autos; yo les diría que cierren bien…”, advierte una vecina. Proliferan ruidos de sirenas, ladridos que se van replicando, camionetas de la empresa de seguridad privada, leyendas de catástrofes.

Por último, la tercera parte se desencadena por irrupción. La hostilidad colapsa a través del paisaje. El viento habitual en estas latitudes de la costa atlántica pasa a segundo plano cuando ocurre la tormenta que dispara las noticias: la caída de un rayo en uno de los paradores más populares mata a tres jóvenes y deja a muchos heridos. El conductor de un programa televisivo pregunta repetidamente al cronista: “¿Se sabe si es de la misma familia?”, ¿las tres personas fallecidas corresponden al mismo grupo familiar? (…) Imaginamos que la playa es un sector donde la familia va a descansar, va a disfrutar y va a admirar lo que es la costanera…”. La ficción incorpora el suceso de enero de 2014 con esta descripción mediatizada, que entrecruza con naturalidad los vericuetos narrativos. Formalizado con ironía, el efecto de realidad va colmando la estructura del film, no sólo sus intersticios.

La dificultad aparece cuando la mirada distanciada que venía siguiendo los cauces por la superficie fenoménica busca, en cambio, escudriñar sus honduras. En distintos momentos, los lazos familiares aparecen asediados por un afán de ilustración psicoanalítica. “Me voy al agua. ¿Me mirás?”, dice Martín cada vez que se dirige al mar. Una vez sumergido, la cámara subacuática lo enfoca en poses que funcionan como alusiones directas del mundo intrauterino. “Te llega a pasar algo y yo me muero, ¿sabés?”, expresa Martín a su madre tras encontrarla flotando semidormida sobre una colchoneta inflable, después de haber tomado vino. “Todos somos alcohólicos. Algunos más que otros. No seas castrador conmigo”, le había dicho ella antes. Este cerco edípico, que llega a su punto culminante en el episodio del desenlace, puede resultar sofocador. “Abandonemos lo que nos haya lastimado, dejemos todo para ir juntos a cualquier lado. Abandonemos lo que ya es parte del pasado, avancemos sin medir al mundo con palabras”, comenta la canción que acompaña los créditos finales, en sintonía con el horizonte de indiferencia por el que circulan los personajes.

Con todo, Mar consigue enfocar con agudeza una sucesión de obstáculos dispersos que, en su tenacidad, socavan el viaje de placer desde dos frentes, la trayectoria desairada de la familia y la naturaleza impetuosa del paisaje enrarecido.

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Esta entrada fue publicada en 4 octubre, 2015 por en Crítica y etiquetada con , , , .

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