LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LEONARDO FAVIO, UNA MIRADA SOBRE LA INFANCIA

<Por Mariano Fernández>

“… lo inefable es en realidad infancia”

Giorgio Agamben[1]

El dependiente FavioLas películas seleccionadas para el presente trabajo sobre el cine de Leonardo Favio corresponden a sus primeros films pertenecientes al período en blanco y negro [2]. Resulta de interés este período porque en él reinventa su mirada sobre la infancia dando cuenta de la relevancia de la misma y su evolución a lo largo de estas tres obras.

Aunque parezca paradójico nuestra premisa de análisis para abordar esta perspectiva sobre la infancia no responde a la dimensión temporal sino a la espacial. Las historias narradas están contenidas en los muros, zaguanes y villas miserias. Esos lugares marginales, a través de la mirada de Favio, pierden su condición de espacios ordinarios para convertirse en espacios mitológicos en donde reina la tragedia.

“…El espacio, por el contrario, parece ser la forma general de sensibilidad que le es más esencial, en la medida en que el cine es un arte de la mirada…” (Romher, 2000, pág. 38)

En este sentido, se legitima la utilización de términos espaciales para referirnos al tiempo. Entender al tiempo como una geografía sobre la cual se inscribe su impronta como autor. A manera de antecedente, Nabokov en “Lolita” [3] refiere a las nínfulas, esas criaturas demoníacas, por medio de metáforas espaciales a fin de destacar su dimensión temporal. El autor se permite este juego lingüístico vinculando a la conquista de esa clase de seres con un espacio virginal en cuyo interior habita un tesoro preciado. Las pretensiones de este escrito lejos se encuentran de establecer una comparación entre ambos autores y/o sus respectivas obras. Se lo cita para establecer un antecedente a los fines del análisis.

En el cine de Favio, y sobre todo en sus primeros films, se observa un madurar hacia la infancia [4] y con eso se alude al modo en el cual su mirada no hace ningún tipo de concesión en relación a los personajes, los enfrenta sin más y con crudeza a su destino. Esto no implica un desamor sino por el contrario busca amarlos por lo que son o creyeron ser. A la vez que los mixtifica metamorfoseándolos en una suerte de héroes trágicos impedidos de huir de su fatal destino.

“…Me parece que el tipo de arte que me interesa es precisamente una regresión, es una infancia reintegrada. Si fuese posible llevar hacia atrás el desarrollo, alcanzar de nuevo la infancia por un camino tortuoso -poseerla otra vez, ilimitada-, sería hacer realidad la “época genial”, los “tiempos mesiánicos” que todas las mitologías nos han prometido y jurado. Mi ideal es “madurar” hacia la infancia. Está sería la verdadera madurez…” [5].

Los tres films exponen a sus protagonistas masculinos a un derrotero cuyo desenlace es la pérdida de la inocencia en manos de un ansia por recuperar la libertad; sin embargo, el precio a pagar es demasiado alto para estos seres vulnerables.

Crónica de un niño solo es el caso más evidente, ya que su protagonista es un niño. Polín, un muchachito que no supera los diez años de edad, huye del lugar en donde está detenido; y a partir de ese momento comienza su peregrinaje.

Polín anhela la adultez por asociarla con la idea de libertad y las supuestas ventajas del mundo de los adultos. La huida de la cárcel encierra en sí misma una trampa ya que por un lado significa un triunfo el evadirse del castigo impuesto y, por el otro, encarna la muerte de las creencias de la infancia al convertirse en un testigo privilegiado de la dureza de aquello que en un tiempo fue idealizado.

Lo trágico, en el primer film de Favio, radica en el hecho de que Polín comprende la peligrosidad de aquél universo al que con tanto fervor añora pertenecer para finalmente revindicar su condición de infante ante la desventura.

Polín cree en el afuera, en esa libertad de deambular de aquí para allá, en el poder de la independencia que supone poseer por haber burlado a los adultos en una serie de circunstancias -escaparse del internado, robarle la billetera a un hombre- pero, a pesar de ello, no es todavía consciente del peligro latente que habita ese espacio exterior. El mundo no va a cambiar, lo que lo hará será su mirada ante él. Esa será la desgracia que caerá sobre sus hombros. André Bazin escribió:

“…El niño no puede ser conocido más que desde el exterior. Es el más misterioso, el más apasionante y el más turbador de los fenómenos naturales. ¿Cómo el novelista, que utiliza las palabras de la tribu de los adultos, o el pintor, condenado a fijar en una síntesis imposible ese puro comportamiento, esa duración cambiante, podrían pretender lo que la cámara nos revela: el rostro enigmático de la infancia? Ese rostro que os enfrenta, que os mira y que os escapa. Esos gestos a la vez imprevistos y necesarios. Sólo el cine podría captarlo en sus redes de luz y por primera vez ponernos cara a cara con la infancia…” [6].

La peligrosidad del mundo se materializa ante los ojos de Polín cuando descansa al costado de la orilla del río, desnudo, recibiendo los rayos del sol mientras canta en un inglés inteligible una y otra vez el fragmento de una canción. Los gritos, al otro lado de la orilla, sacuden la tranquilidad de Polín que poco a poco cruza la orilla para saber qué está ocurriendo. Siente impotencia por no poder hacer nada por su amigo, solo grita, a todo pulmón, grita: “¡Qué hacen!”. Aún desnudo y con sus ropas en la mano llora al costado de un tronco.

Esta no es la primera alarma que recibe, hay una anterior, la muerte sospechosa de un vecino que no se sabe sí estaba borracho o no, lo empujaron para provocarle la muerte. Polín no presta atención a los movimientos de los vecinos; y sólo se preocupa de que la policía no lo encuentre.

A diferencia de su opera prima, Favio en sus otros dos films –El romance del Aniceto y la Francisca y El dependiente– nos presenta por medio de la voz en off, que inconfundiblemente es la suya. La voz es la libertad que hace de la acción la posibilidad de ser adulto.

Cabe señalar, que es en estos films donde la conciencia sobre la mirada cobra mayor predominancia en el juego de las relaciones. El tiempo se carga de tensión producto de esas miradas, a pesar de que estas se encuentren y reconozcan unas a otras o no.

Un mismo denominador común une a Polín, Aniceto y al Sr. Fernández encarnado en la búsqueda de la dicha. En Crónica de un niño solo es aquello que Favio nos revela a través del plano secuencia inicial del film, en que se observa las terrazas de una serie de casas anónimas de un barrio marginal de la ciudad de Buenos Aires. La particularidad de esa ventana es su ubicación, se encuentra a la altura de visión de un adulto y fuera del alcance de los niños. La sencillez de la puesta en escena muestra al celador del internado de espaldas a la ventana, desde la cual se nos ofrece una límpida visión del exterior, y a los infantes frente a ella aunque la misma les resulte inalcanzable.

“…El niño es el portador de una mirada libre, indisciplinada, quizás inocente, quizás salvaje, una forma de mirar que es capaz de sorprender a los ojos. El adulto, por su parte, es el propietario de una mirada no infantil, sino infantilizada, es decir, de una mirada disciplinada y normalizada desde la que no hay nada que ver que no haya sido visto antes…” (Larrosa, pág. 23: 2007).

El romance del Aniceto y la Francisca es un film que muestra la infancia a través de la inmadurez de un hombre tras sufrir un revés amoroso; desengaño que se incrementa por haber expulsado de su vida a la mujer que realmente lo amó. La visión idílica del romance se desvanece dejando en su lugar al deseo carnal y al dinero como valor de cambio para conseguirlo.

La casa del Aniceto es un pequeño rectángulo compuesto por lo necesario para que un hombre solitario pueda sobrevivir. El blanquito, el gallo de riña, es su carta de presentación triunfal ante la sociedad. Al igual que Aniceto nadie apostaría a su favor; a pesar de ello da pelea y gana. El protagonista observa en El blanquito a una criatura cuya existencia le brinda, no sólo sustento económico, sino también moral.

La fatalidad recae sobre Aniceto al desprenderse de su gallo, su orgullo, su amuleto de la buena suerte. En el instante previo al suspiro final se aferra al gallo de igual modo que lo haría un niño que le ofrece seguridad por las noches. No desprenderse de la infancia y querer recuperarla lleva a Aniceto a la muerte.

“…el purrete que llevo en mi hombría, mataría a aquél hombre que hubo en mi niñez…” [7].

Favio en su último film del período blanco y negro nos propone un juego especular en el que propios y ajenos se ven atrapados por la imagen que de sí mismos proyectan en el otro. Don Vila ve en el Sr. Fernández el joven que en el pasado fue; y Sr. Fernández en don Vila al viejo que sería.

Desde hace veinticinco años Don Vila y Fernández conviven en el rectángulo del salón que oficia de negocio. Ya para ese entonces Don Vila era tan viejo como ahora y Fernández sigue siendo un niño en el cuerpo de un hombre. En ese rectángulo los seres y las cosas parecen quedar embalsamados, condenados a reiterarse.

La escena onírica en la que Fernández sueña con el negocio, una voz de niño lo llama; es la suya o, mejor dicho, la de aquél que fue e inconscientemente aún es. Sentado en el mástil del cartel, Fernández -niño- le pregunta a su alter ego de adulto: ¿Hasta cuándo Fernández, hasta cuándo? Estoy cansado de esperar [8].

Conclusión

En la infancia se encuentran las potencialidades de aquél hombre que en un futuro dejará de ser promesa. Sin embargo, estas películas interrogan qué pasa en caso que no suceda así, que quede trunco. Cuántos hombres habrá que siguen siendo niños al llegar a edad adulta, reclamando por su libertad y sus deseos.

Polín, Aniceto y Fernández dejan a un lado la máscara bajo la cual el halo cinematográfico los reviste para transformarse en sujetos cuya historia merece ser contada. Al igual que Sísifo, están condenados a subir una roca por la cuesta de una montaña una y otra vez. Quizás sea soñar, soñar [9] un medio para habitar el espacio.

[1] Giorgio Agamben, “Infancia e historia”.

[2] Crónica de un niño solo, El romance del Aniceto y la Francisca… y El dependiente

[3] Extraído de la novela “Lolita” de Nabokov (pág. 9): “…la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esa isla intangible de tiempo hechizado donde Lolita juega con sus semejantes…”.

[4] Alude al título de la obra de Bruno Schulz “Madurar hacia la infancia”.

[5] Cfr. B. Schulz, Ksiega Listow,, op. Cit., pág. 73.

[6] Extraído de “El rostro enigmático de la infancia” (pág. 19) de Jorge Larrosa.

[7] Versos pertenecientes al poema “Jardín zoológico” de Homero Manzi.

[8] Extraído del film El dependiente.

[9] Film dirigido por Leonardo Favio (1976).

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Un comentario el “LEONARDO FAVIO, UNA MIRADA SOBRE LA INFANCIA

  1. Mariano
    14 octubre, 2015

    Hay una frase de Favio que me encanta y dice así: “aquel que ve a un niño en necesidad y lo asiste… ese es mi hermano”

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Esta entrada fue publicada en 12 octubre, 2015 por en Ensayo y etiquetada con , , , , , .

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