LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LA VIDA AL FINAL DEL IMPERIO

<Por Francisco Goin>

What a Way to Go BYNPelícula documental de bajo presupuesto de dos horas y tres minutos de duración. Título original: What a way to go – Life at the end of the Empire (2007). Fue escrita, dirigida y editada por Timothy S. Bennett; la producción estuvo a cargo de Sally Erickson y la música original es de Chamber Corps. Realizada por VisionQuestPictures, LTD. Cuenta con la participación de una serie de personajes, mayormente artistas, militantes y ensayistas de la línea “doomsayers” (término traducible como: “profetas del apocalipsis”), incluyendo algunos moderadamente conocidos: Hannah Bennett, Thomas Berry, William Catton, Gerald Cecil, Douglas Crawford-Brown, John Delafield, Sally Erickson, Lyle Estill, Tom Grizzle, Richard Heinberg, Laurel Hopper, Barbara Janeway, Derrick Jensen, Jerry Mander, Tony Mayer, Stuart Pimm, Ran Prieur, Daniel Quinn, Carla Royal y William Schlesinger. Quien quiera ver la versión original gratuitamente puede ir a: https://www.youtube.com/watch?v=h2em1x2j9-o. Una versión subtitulada se ofrece en: https://vimeo.com/37072876. El texto completo de la voz en off y las entrevistas (en inglés) se pueden leer en: http://www.whatawaytogomovie.com/wp-content/uploads/2011/06/WAWTG-Screenplay.pdf.

El argumento puede resumirse del siguiente modo: el desarrollo humano está provocando un colapso de la capacidad de carga de nuestro planeta para sostener no sólo nuestra especie sino la de muchas otras. La insostenibilidad de nuestro estilo de vida es evidente, por lo que nuestro futuro es distópico, similar al de tantas películas post-apocalípticas contemporáneas. La única alternativa es volver a la naturaleza desandando el camino civilizatorio, al menos el de Occidente.

El tono general es pesado, sentencioso, fatalista, neomalthusiano, reaccionario, voluntarista y falaz. No hay revelaciones; abundan, por el contrario, las acumulaciones sentimentales. Pocas veces las conclusiones se desprenden de los postulados; por momentos, la mezcla equívoca de información y emociones repugna a los sentidos. Las simplificaciones abruman al espíritu racional y generan un malhumor constante que alcanza su clímax en la segunda parte. Cinematográficamente es mala con ganas: una acumulación de fragmentos de documentales y viejas series televisivas mechados con entrevistas en las que se nos dice que se viene el apocalipsis en diez, quince minutos más. El efecto es anárquico. Cuando no hay entrevistados, una voz dulzona empalaga el cerebro con su tono monocorde.

Por supuesto, todos somos culpables de todo: el Hombre es el Cretino de la Historia, de todas y cada una de las historias. Pero no algunos hombres, empresas, corporaciones o países: el Hombre, la Humanidad toda. El capitalismo es algo que se sufre, como la plaga o los mosquitos. A pesar de esto, para Bennett la sociedad no existe: el todo es una suma de individualidades, de egoísmos particulares que persiguen fines específicos. En síntesis: se nos muestra el infierno (la catástrofe global en ciernes); se nos echa la culpa de todo indiscriminadamente; por último, se nos prometen respuestas, aunque el bueno de Bennett no ofrece ninguna que sea creíble.

La visión de esta película es, no obstante, necesaria. Son los gruesos errores conceptuales de Bennett (o de quienquiera que esté detrás de este producto para entontecer las conciencias) los que nos iluminan al final. Estén preparados y no se coman el amague: millones de progres de cotillón van a lagrimear con las imágenes de Bennett, sin siquiera preguntarse qué era lo que olía a podrido detrás de cada fotograma.

La película, estructurada en cuatro partes a modo de metáfora ferroviaria, comienza con una advertencia: “Este documental es largo y denso. No trate de entenderlo todo la primera vez. Sólo deje que lo inunde; permítase sentirlo.” Ay, mamita. En la Parte uno: caminando dentro del tren, se ofrece una serie de apreciaciones del director sobre la narrativa que le fuera inculcada desde la infancia en torno a su lugar en el mundo, el rol del hombre, su destino, el planeta, cosas así. No se trataba de un corpus sistemático de enseñanzas. “Uno simplemente entendía que las cosas eran así: había peces para pescar, botes para remar, desfiles para observar, senderos para caminar”. Dicha narrativa condensaba los postulados del “American way of life” a la perfección: un uso ilimitado de los recursos planetarios, incluidos los energéticos, en el contexto de un continuo, infinito proceso de crecimiento económico y de un incesante flujo del consumo. Bennett recuerda así que su nacimiento coincidió con (1) una curva demográfica global a medio desarrollo (en 1958 el planeta tenía unos 3.000 millones de habitantes); (2) una concentración global de dióxido de carbono atmosférico que, en 1958, alcanzaba las 320 ppm (acrónimo de partes por millón) y (3) el comienzo de la actual oleada masiva de extinciones biológicas. Todo esto (4) sin la menor sospecha de que el planeta podía llegar a quedarse sin petróleo u otros recursos.

A estas premisas les sigue un interminable bombardeo sobre las consecuencias prácticas de los postulados anteriores. El detalle del deterioro planetario es francamente abrumador: golpea la vista, la consciencia, el ánimo de quien observa. Las calamidades son múltiples: ecológica, económica, climática, ecotóxica, agotamiento de recursos, extinción de especies, pauperización social, guerra, hambre, desolación y pestes. Los eventos reflejan una potenciación sinérgica: la escasez de recursos golpea el desarrollo económico e impulsa a la guerra y la conquista de unos países sobre otros. El documental abunda en indicios de que el colapso civilizatorio ha comenzado.

En la Parte Dos: El tren y las vías, se habla de consecuencias específicas de la acción humana sobre el planeta: en primer lugar, el evento conocido como Peak Oil (el momento de máxima extracción global de petróleo); luego, el cambio climático; seguidamente, los procesos masivos de extinción en la biota de todo el planeta; por último, el (según Bennett) apocalíptico crecimiento demográfico de nuestra propia especie.

La Parte Tres: La Locomotora, se dedica a macanear a lo pavote sobre la historia humana y el devenir de la sociedad en su conjunto. Nos enteramos, por ejemplo, que la Revolución Neolítica fue una revolución totalitaria (antes, durante el Paleolítico, éramos consumados demócratas, como todo el mundo sabe). Qué te digo, aparecen los ricos, se dispara la demografía humana, se consolida la inequidad, vienen las guerras, se arman los primeros imperios… en fin, una asquerosidad atrás de la otra. Para empezar aparecen las ciudades, esas aglomeraciones horrendas que impiden que podamos vagabundear libremente por los campos mirando las mariposas. Por supuesto, surge también la ciencia, ese perverso producto cultural que nos enseña que somos dioses con derecho al abuso y la depredación planetarias, los maníacos del Poder y del Control. Todo esto nos lleva, claro está, a una desconexión entre nosotros y la naturaleza, desconexión que resulta fatal para nuestras posibilidades como especie.

La Parte Cuatro: El Paseo, es de un nivel de idiotez que asusta, así que vayan preparados. Primero Bennett nos dice que si seguimos un segundo más sin hacerle caso seremos boleta. Todos; la Humanidad en su conjunto. Así que ojo, a portarse bien. Acto seguido nos aconseja: vuelvan al campo, a la naturaleza. Build a boat. A lifeboat. An Ark, lloriquea. Volvamos a la agricultura orgánica. Claro, lo que no dice es: “Miren, chicos, con mi esquema estarían sobrando unos 7.000 millones de seres humanos, pero eso es un daño colateral que la Naturaleza igual se lo va a cobrar. Seamos, en cambio, parte de los 100 o 200 millones de privilegiados que podrían lograr sobrevivir. Los Elegidos. Los chicos de la Permaculture y de la Sabiduría Natural”.

Verdaderamente enfurece el engendro de Bennett y su pandilla. Cada vez que uno de estos cretinos carga el tanque del auto, mueren cinco mil iraquíes. Pero Tim nos pontifica sobre la agricultura orgánica y el “desarrollo de visiones”. Uno los escucha lagrimear y le dan ganas de sopapearlos mientras les grita: ¿Por qué no están ahora mismo en Washington cortando calles, rompiendo el Capitolio, prendiéndole fuego a un par de senadores y generales? ¿Por qué no están agitando el sindicato de directores, productores y guionistas de Hollywood y, ya que estamos, el de carpinteros, actores, mecánicos, médicos, bomberos, soldados, granjeros, maestros, pidiendo por la paz mundial, para que su propio país, con el 5% de la población mundial, deje de consumir más del 25% de los combustibles líquidos de todo el planeta? Para que deje de cometer un genocidio tras otro. Para que abandone de una vez sus pretensiones imperiales. Para que deje de producir “intelectuales” que creen que la sociedad no existe.

A ver si se entiende nuestra crítica: no es que no nos preocupe el Peak Oil o el cambio climático. No es que pensemos que está todo bien y que las cosas se resuelven con un poco más de tecnología. Por supuesto que no. Lo que pretendemos es que las soluciones que surjan beneficien a la Humanidad en su conjunto, no a una ultra-minoría de ecofascistas incapaces siquiera de intentar un cambio en la realidad política de su propio país.

Segundos después de comenzada la peli se escucha una serie de voces en off, mientras se nos muestra una luna llena atravesando un cielo nublado. Una de las voces dice: “No se puede cambiar lo que está ocurriendo en Washington. No se puede cambiar lo que está ocurriendo en Irak.” Ese era tu verdadero mensaje, Tim. Lo que no se entiende bien es para qué nos diste la lata las dos horas siguientes.

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Esta entrada fue publicada en 19 octubre, 2015 por en Mundos distópicos y etiquetada con .

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