LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

EL CINE EN DIÁLOGO: SOBRE DOS PELÍCULAS DEL ÚLTIMO FESTIFREAK

<Por Álvaro Bretal>

La vida de alguien ByNCine y música, cine y teatro, cine y televisión. En la edición número once del FestiFreak pudieron verse, al menos, dos películas que ponen en escena entrecruzamientos entre el cine y otras disciplinas estéticas. Una de ellas, La señal, es un telefilm dirigido en 2007 por Rodrigo Moreno y Vivi Tellas para Canal Siete. La otra, La vida de alguien, es el cuarto largometraje –y último hasta el momento– de Ezequiel Acuña. En la primera, esas otras disciplinas en cuestión (el teatro y la televisión) trascienden el mero lugar de dispositivo narrativo para pasar a formar parte del proceso creativo del film. Si bien no ocurre lo mismo con la música en La vida de alguien, la nueva película de Acuña se distingue por poner en juego una serie de problemáticas y escenarios familiares para muchos treintañeros de clase media, con una narración transparente y sin caer en el costumbrismo.

La señal formó parte de la sección “Las películas invisibles”, compuesta por tres films argentinos de las últimas décadas con poca difusión y repercusión. Su trama es sencilla: una actriz (Rosario Bléfari, haciendo de ella misma) se encuentra en los estudios de Canal Siete para filmar una puesta teatral de “La gaviota” de Chéjov. Como el actor de la obra nunca aparece, un empleado del canal sin experiencia actoral (Nahuel Pérez Biscayart) debe reemplazarlo. La historia funciona como excusa para explorar los estudios del canal y su dinámica laboral. Aunque no se trata de un cruce entre ficción y documental (nada sale, en definitiva, del terreno de lo ficcional), La señal dialoga constantemente con su propio proceso creativo, en tanto los técnicos y empleados del canal que trabajaron en la filmación de la película aparecen delante de la cámara haciendo de ellos mismos.

Los pasillos de Canal Siete son amplios y desoladores. Parecen fríos, tal vez por las fuertes luces blancas que los iluminan. No parecen muy transitados, lo cual suma a la amplitud, el frío y la desolación. En una de las primeras escenas de la película, vemos un local donde venden peluches, adornos y otras chucherías. Esa suerte de bazar de baratijas en miniatura está dentro del canal. Moreno y Tellas lo muestran con sorpresa y, a la vez, con cierta naturalidad. Durante la hora veinte de película descubriremos que la existencia de ese comercio es coherente con un tono general de desconcierto que reina en los pasillos del canal. Los empleados van y vienen, correteando, entrecruzándose, entre las lógicas de teléfono descompuesto propias de todo edificio de oficinas y las actividades específicas de un canal televisivo. Una escena ubicada al comienzo del film, que involucra a Pérez Biscayart probando cuchillos y pistolas de utilería en su propio cuerpo, demuestra que la mirada de los directores está más cerca del extrañamiento delirante que del naturalismo.

Parte de un ciclo de telefilms que tenía como finalidad volver a desarrollar “ficción de calidad” en Canal Siete (antes, claro, de su transformación en Televisión Pública) y que consistía en películas dirigidas en colaboración por un director de cine y uno de teatro, La señal es una propuesta arriesgada que, a través de su experimentalidad, se posiciona en las antípodas de la media televisiva argentina. Según comentó Moreno al final de la proyección, esa experimentalidad tiene como origen el descubrimiento de que entre la primera transmisión televisiva argentina (el acto político de Juan Domingo Perón del 17 de octubre de 1951, conocido como el Día de la Lealtad) y el surgimiento de los canales de televisión, pasaron varios meses. En ese período, hipotetiza Moreno, la televisión debe haber sido un terreno de experimentación, lejos de las necesidades comerciales que predominarían más adelante. El intento por recobrar ese carácter libre, sin las ataduras del costumbrismo y la medianía narrativa, son el norte de La señal, que desde su título refiere a aquella primera transmisión inaugural y a una reflexión general en torno a las posibilidades y limitaciones del formato televisivo. Dos de los técnicos que participaron de la transmisión del 17 de octubre de 1951 aparecen en la película de Moreno y Tellas, haciendo de unos técnicos que observan “la señal” televisiva con mirada severa. Por encima de estos planos más conceptuales que narrativos en torno a “la señal” y varias imágenes de aquella mítica transmisión inaugural, se va construyendo la historia de Bléfari y el empleado devenido actor, que también tiene al teatro como eje clave.

La puesta de “La gaviota” que puede apreciarse es sencilla y funciona como una excusa para desarrollar el resto de la trama. Bléfari y Biscayart se enamoran: con reminiscencias de Jacques Rivette, la historia ficcional y la ficción dentro de la ficción se mezclan, confundiéndose. Tras la proyección, Moreno y Tellas contaban que la filmación de La señal despertó a Canal Siete de un aletargamiento de décadas: desafíos como construir una puerta de cartón o generar humo para simular niebla en la puesta de “La gaviota” resultaban sumamente entretenidos para decenas de trabajadores que hacía mucho que no participaban en la filmación de una ficción (ni de casi ningún programa en general: a comienzos de la década de 2000, Canal Siete se encontraba en uno de sus peores períodos históricos, con una bajísima producción de contenido propio). La idea terminó siendo, entonces, darle un uso a todo lo que encontraran dando vueltas por los pasillos y las salas del canal. La estructura abierta y libre de la película les permitía introducir cualquier elemento y hacerlo funcionar con cierto éxito. Varias ideas del film nacieron durante el proceso de filmación, con la sola finalidad de darle un uso a algún objeto lleno de telarañas. El edificio y los trabajadores del canal resultan, entonces, tan centrales en la construcción de La señal como los propios actores y directores; una soltura infrecuente no sólo en la televisión argentina, sino en la ficción argentina en general.

A diferencia de La señal, el cuarto largometraje de Ezequiel Acuña presenta una sobriedad narrativa que es, al mismo tiempo, depuración de un estilo y continuación de una temática-reflexión iniciada en Excursiones (2009), su obra anterior. La vida de alguien (2014), programada en la sección “Juventud en marcha”, narra la historia de un guitarrista que decide rearmar a su vieja banda de rock en vísperas de la edición del –único– disco que grabaron, ocho años atrás. Ocho años es mucho tiempo, y en ese período el guitarrista Guille (Santiago Pedrero) y el cantante Pablo (Matías Castelli), se distanciaron de los otros dos miembros de la banda. Con uno de ellos, Nico (Ignacio Rogers, mostrado exclusivamente en flashbacks que ponen en escena momentos bellos de su relación con Guille), ocurrió algo fuerte y, para Guille, difícil de poner en palabras. El misterio en torno al presente de Nico es uno de los aspectos centrales del film. Sin embargo, en ese misterio (que, por supuesto, nunca cumple con las expectativas generadas durante las casi dos horas de metraje) y en la escena forzada en que termina develándose, se encuentra uno de los aspectos más flojos de la película.

Más allá de ese inconveniente, de cierta inconsistencia narrativa y algunas actuaciones poco convincentes, La vida de alguien es disfrutable y una muestra palpable del salto experimentado por el cine de Acuña entre su segundo (Como un avión estrellado, 2005) y tercer largo (Excursiones). Acuña narra mejor que antes, y de un momento a otro sus películas se volvieron curiosamente universales: los conflictos entre amigos y la remembranza del pasado trazan líneas que pueden atravesar a casi cualquier espectador. El contexto es el de la banda de rock de gira (ahora La Foca está conformada por Guille, Pablo, el hermano menor de Nico en bajo, un baterista y Luciana, una tecladista/corista interpretada por Ailín Salas) y la relación amorosa que nace entre Guille y la nueva tecladista de la banda. Como ocurría en Excursiones, los vínculos entre un pasado supuestamente positivo, idealizado por algunos personajes, se contrasta con un presente en el cual ese pasado es revisionado. Durante el transcurso de la película, descubrimos que el pasado no era necesariamente mejor que el presente, porque la distancia construye una mirada mitificada que poco tiene que ver con la realidad.

La vida de alguien tiene poco y nada de los lugares comunes de las películas sobre bandas de rock: ni descontrol, ni peleas por cuestiones de ego, ni personajes caídos en desgracia. Por el contrario, Acuña se mantiene en un tono medio difícil de lograr, un híbrido entre drama y comedia seca, con personajes entre irónicos y tiernos. Ningún personaje se conoce en profundidad; la búsqueda personal sigue siendo el nexo fuerte entre sus films. La juventud que retrata Acuña se distingue por la nostalgia y el autodescubrimiento, lejos del desencanto total propio de otros cineastas de su generación. El otro, clave de lectura de gran parte del nuevo cine argentino de corte antropológico, no está presente en su cine: desde su debut con Nadar solo (2003), Acuña viene optando por mirarse a sí mismo y a sus amigos, con menos euforia que melancolía. El pasado es un fantasma al que es necesario domesticar para que no nos devore. Sin embargo, prima la belleza, y domesticar al pasado no implica desencantarlo del todo: los planos huidizos que evocan la amistad entre Guille y Nico están plagados de risas y juego, tanto al comienzo como al final del film.

Dos de las proyecciones argentinas más atractivas del último FestiFreak, tanto La señal como La vida de alguien apuestan a la vitalidad (formal en el primer caso, narrativa en el segundo). No se trata de películas perfectas: en la de Moreno/Tellas no todas las ideas funcionan en el mismo nivel, y la de Acuña termina siendo una suerte de versión menor de Excursiones, no tan redonda, con algunas escenas no del todo logradas. En sus propuestas estéticas diferentes –aunque no necesariamente antagónicas–, los dos films ofrecen un pantallazo de la amplitud del FestiFreak, y de su voluntad tanto de proyectar las últimas obras de directores relevantes como de rescatar “viejos” films perdidos. En este sentido, es particularmente celebrable la proyección de La señal, película que en parte por su origen televisivo y el formato en que fue filmada, y en parte por su rareza formal, no ha disfrutado de la repercusión que se merece.

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Esta entrada fue publicada en 21 octubre, 2015 por en Sin categoría y etiquetada con , .

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