LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

BACANAL DE CINE EN MAR DEL PLATA 2015 (II)

<Por Álvaro Fuentes>

Crónicas desde Salt Lake City

plan 10 ByNLa última edición de Mar del Plata fue muy bien recibida por la crítica en general, más allá de cierto sentimiento compartido de desorganización, señalada por Quintín en un temprano artículo de cobertura, pero también por la mayoría de la gente en los pasillos de las salas.

Dichos problemas, sin embargo, no lograron empañar un entusiasmo que creo tuvo mucho que ver con la vuelta al staff del crítico Fernando Peña, que también es curador y coleccionista de películas. Su retorno como director artístico del festival de Mar del Plata, creo yo, fue una de las claves de la buena recepción que tuvo en la crítica la reciente edición.

Su impronta como programador se notó, por la gran presencia de cine argentino clásico, así como de retrospectivas y proyecciones de clásicos en alta calidad. Un festival de cine, además de traer películas actuales, acerca al público películas que de otra forma sería difícil ver en pantalla grande y que hacen al gran patrimonio universal del cine.

En lo personal, creo que lo mejor de la programación tuvo que ver con la diversidad de las propuestas. Muchos de los programadores son los mismos de ediciones anteriores, como el caso de Marcelo Alderete, más volcado a un cine arte y responsable seguramente de la presencia de muchas de las figuras orientales que pasaron por Mar del Plata.

Otro programador que sigue trabajando en las sombras del gran festival argentino es Pablo Conde, coleccionista de VHS y cuya sección, con el nombre de esos anticuados artefactos que revelan el paso del tiempo para muchos como yo, sigue vigente en la franja nocturna del festival. Siempre trato de ver las propuestas de la sección VHS, porque me fascina lo que allí se proyecta, no solo por la naturaleza de esas fantásticas aventuras de bajo presupuesto del cine norteamericano, sino porque se proyectan en calidad VHS, lo que les da un sabor muy especial, sumado a un público entusiasta que vive las proyecciones como si estuviera viendo su banda de rock favorita.

Fue también Pablo Conde el encargado de traer a Trent Harris, director independiente norteamericano. Lo primero que vi de él fue Plan 10 del espacio exterior, película de 1995. En la charla posterior, el director contó que de una película suya anterior se había dicho que era la peor de la década, por lo tanto con el título de su siguiente obra pretendió homenajear a Plan 9 del espacio exterior, de Ed Wood, que pasó a la fama como la peor película de la historia.

Hay que partir de la base de que esta ficción fantástica de Trent Harris, Plan 10, es muy distinta a todo lo que acostumbramos ver proveniente del cine estadounidense, y del cine en general. Es cine independiente en estado puro. ¿Cómo hacer una película sobre conspiraciones de mormones alienígenes, desde un cine de bajísimo presupuesto? Con una desbordante creatividad y muchísimo sentido del humor.

Todo en Plan 10 es una especie de tomada de pelo a los lugares comunes del cine de género: la protagonista que, movida por su curiosidad, intenta develar un misterio de los mormones en Salt Lake City, vinculado a las filiaciones alienígenas de esta comunidad religiosa. Su hermano hacker hiper aparatoso que le ayuda a develar los enigmas. Un vecino exhibicionista que ella espía desde su ventana todas las noches. Y así. La risa sacude todo el tiempo por el tono sarcástico que nutre cada escena.

Cuando días más tarde le pregunté por sus influencias en el cine, Harris explicó que él proviene de la pintura, habló del dadaísmo y otros movimientos pictóricos. Eso se refleja en muchas imágenes de Plan 10, pero fundamentalmente en la resolución de la escena de sexo de la película, donde no hay cuerpos desnudos desparramados en ninguna cama. Es simplemente el vecino exhibicionista, sonriente, subido en su moto, que avanza en sentido ascendente delante de una luna llena gigante, como si estuviera flotando en el aire, y agarrada de él la protagonista, también en la moto, con cara de estar descubriendo el mundo.

Harris también contó que en Salt Lake City, de donde él es oriundo, se le inculcó desde muy chico la doctrina de los mormones y así aprendió sus códigos religiosos. Si bien él no adscribe a dicho credo, lo conoce en profundidad. Aún cuando pertenece declaradamente al género fantástico, Plan 10 fue muy cuestionada dado que muestra a los mormones como una secta secreta con rituales sexuales y vinculaciones con extraterrestres.

Luego del impacto de Plan 10, acudí a la proyección de The Beaver Trilogy, filmada en tres partes, la primera en 1979, la segunda en 1981, la tercera en 1985, pero recién estrenada en 2001. Resulta que a fines de los setenta Trent Harris, mientras está filmando, apunta con la cámara a un joven que saca fotos en las carreteras. Se ponen a conversar mientras Harris sigue filmando. Se trata de un sencillo joven de veintiún años que se encuentra sumamente entusiasmado de estar siendo grabado para la televisión y que según le cuenta es imitador. Realiza frente a la cámara imitaciones de John Wayne y Sylvester Stallone.

A partir de ahí, Harris decide seguir a este personaje, que por las noches se dedica a imitar a una cantante famosa de Estados Unidos, vistiéndose de ella y cantando con voz de mujer. La cámara de Harris registra esta transformación nocturna del personaje, en el vestuario mientras es maquillado, al ponerse la peluca y luego durante el show. La situación es tensionante dado que permanentemente está aclarando que él es hombre, pero que se divierte haciendo lo que hace. La cámara parece interpelarlo, exteriorizando una mente atormentada que bordea lo patológico.

Finalmente, la cámara se despide del personaje. La película prosigue con las interpretaciones de dos actores distintos en el papel del joven: la de Sean Penn en 1981 y la de Crispin Glover en 1985 (el que hace del padre de Michael Fox en Volver al futuro, más conocido como “McFly”). Brutales ambas recreaciones de aquél ser conflictuado, hechas por dos incipientes actores que luego serían estrellas de Hollywood. En el final de ambas representaciones ficcionales hay alusiones a una escopeta e intentos de suicidio.

Cuando terminó la película, aproveché para preguntarle a Harris cuál había sido el acuerdo que había establecido con el chico imitador, cuán real era que iba a salir en televisión como él creía. Harris adquirió una expresión sombría, a la que parecía estar acostumbrado luego de llevar la película por el mundo, y explicó que el joven había tenido un intento de suicidio un par de días después de esa filmación, sin lograr quitarse la vida. Contó que muchos habían considerado que lo había manipulado, aunque con el tiempo pensaba que el joven lo pudo haber manipulado a él. Como si de alguna manera, interpreto de las palabras de Harris, se hubiese querido despedir del mundo mediante ese testimonio audiovisual, utilizando la cámara del director como mero instrumento de sus propios designios.

El director de The Beaver Trilogy contó que el joven antes de intentar suicidarse, lo llamó para pedirle que no publicara esas imágenes. Harris tardó más de veinte años en decidirse finalmente a hacerlo. Fue probando con distintos actores las imitaciones, intentando hacer del registro real que había conseguido una ficción, hasta que finalmente la obra cobró la forma definitiva de una trilogía compuesta de un testimonio real y dos ficcionalizaciones.

Obviamente, cuando hice la pregunta no sabía lo que había detrás de esta película, que según el propio Harris lo sigue como una pesadilla interminable. Fui finalmente a una clase magistral dictada por el director, y cuando Pablo Conde (igual de movilizado) invitó a que los espectadores que habíamos estado en la proyección de The Beaver Trilogy compartiéramos lo que habíamos experimentado con la película, pude expresarle que me había parecido absolutamente premonitoria del estado actual de la cultura norteamericana. Le dije que su documental se había adelantado treinta años o más al de Michael Moore Bowling for Columbine (de 2002, es decir un año posterior al estreno de The Beaver Trilogy) y que había logrado plasmar en esas crudas imágenes el problema del exitismo, el anhelo de aparecer en televisión del ciudadano medio norteamericano, el sentimiento de fracaso y la tendencia autodestructiva de muchos jóvenes en ese país.

No sé como habrá tomado Harris que me refiriera a “la decadencia de la cultura norteamericana”, cuando la traductora le explicaba lo que yo estaba diciendo. Supongo que los norteamericanos también escuchan ese concepto con frecuencia. Mucho habló del arte en esa conferencia, dio consejos prácticos a los cineastas que se acercaron a escucharlo. Se trata de una persona íntegra, a pesar del golpe recibido en los inicios de su carrera como cineasta, y humilde, a pesar de su increíble talento.

Creo que el arte muchas veces es la manifestación que en medio de la devastación de las cosas erige una voz más humana. Es una manera piadosa de relacionarse con el mundo, que en la búsqueda incansable de belleza logra transmitir el necesario optimismo y hace más tolerable nuestro paso por la existencia.

Primera parte de la cobertura acá

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Esta entrada fue publicada en 17 noviembre, 2015 por en Sin categoría y etiquetada con , , .

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