LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LOUIS MALLE, EN MEMORIA

<Por Gustavo Provitina>

Louis MalleEl 23 de noviembre de 1995, hace veinte años, en Los Ángeles, se apagaba la vida de Louis Malle. Su nombre, para los espectadores actuales, es  menos conocido que el conjunto de obras que legitimaron su merecido lugar en la historia del cine mundial. Prematuramente asociado con la nueva ola francesa sin otro criterio que su pertenencia a la misma generación y lugar de origen de los realizadores surgidos de la redacción de Cahiers du cinema, el estilo de Louis Malle analizado a la distancia parecía tener muy poco en común con la estética preconizada por esos autores. La película más cercana a esa mirada probablemente sea Ascensor para el cadalso (1957). El tono mesurado de la cámara virtuosa de Malle, el rostro inquietante de Jeanne Moreau, la mirada nerviosa de Maurice Ronet, los claroscuros del  París insondable fotografiado por Henri Decae y la música punzante de Miles Davis preconizaron en esa, su segunda película -antes había filmado El mundo del silencio en codirección con Jacques Cousteau- el cine francés de la década siguiente. ¿Cómo omitir en esta crónica la marcha incesante y sensual de Jeanne Moreau por las calles del viejo París biselada por el sonido inconfundible de Miles Davis?  El acento descriptivo de la cámara merodeando la oscuridad de esa pareja condenada al error anticipa el sentido metafísico que distinguirá al policial francés en los años sesenta. El peregrinar borroso de Jeanne Moreau, digamos también,  nos hace pensar en el vagabundeo difuso que Antonioni le pedirá en La noche unos años después. La tercera película de Malle, Los amantes, le hará exclamar a un Truffaut mesurado en sus definiciones: Louis Malle ha realizado la película que todo el mundo lleva en su cabeza y que sueña en realizar… Guillermo Cabrera Infante[1] definió a Los amantes  como un ensayo sobre el amor, y lo es desde el momento en que el, ya mítico, director francés abre todos los ángulos posibles para interpelar al amor. Dicho en otros términos: Louis Malle retrató con delicada precisión la corrupción de los lazos humanos, el abandono y la hipocresía analizando la introspección psicológica de Jeanne mediante uno de los recursos inconfundibles del cine francés de ese momento: la voz en off,  esta vez no utilizada desde el monólogo interior sino a través de la focalización de un narrador omnisciente. El escritor cubano también analizó el planteo estético de Malle para describir la consumación amorosa: En ‘Los amantes’ hay una sola gran escena de amor y está realizada con el menor número posible de elementos. Un cuerpo horizontal, un suspiro en aumento, dos manos que se estrechan con tensión y un susurro… Bernard y Jeanne sellarán su amor en la secuencia más hermosa de la película, bajo el clair de lune maravillosamente fotografiado por Henri Decae, uno de los directores de fotografía más inspirados de la historia del cine francés, con esa música gloriosa de Johannes Brahms: el segundo movimiento del Sexteto Nº 1 para cuerdas. Malle filma el amor absoluto, poético y despojado de todo lujo material que se consuma en la soledad de la campiña una noche de luna. Bernard, en un arrebato lírico inusitado, recitará los versos de Lucía, el célebre poema Alfred de Musset[2]La luna se alzaba en un cielo sin nubes/ como un largo velo de plata que de pronto se inundase/ Ella vio, en mis ojos, resplandecer su imagen/ su sonrisa parecía un ángel

La vena poética que Ascensor para el cadalso y Los amantes parecían anunciar se quebrará drásticamente en  la transposición cinematográfica que Malle hará de la novela de Raymond Queneau: Zazie en el metro (1960). Retomará, poco después, la senda de la introspección psicológica de una conciencia profunda en su transposición de la novela de Pierre Dreu La Rochelle: El fuego fatuo (1963). El maestro francés analiza con su cámara la situación de un espíritu atormentado al que todo lo toca aunque él no pueda tocar nada y deba resignarse a arder solitario y arrumbado en las llamas de su propio fracaso.

La plasticidad de Malle, su absoluta idoneidad en el manejo del lenguaje, le permitió abordar sin restricciones técnicas ni expresivas todos los géneros. Hacer un relevamiento de sus mayores aciertos sería injusto en alguna medida pero no podemos despedirnos de esta crónica sin mencionar algunas de las obras por las que siempre será recordado:  Viva María, Calcuta, Un soplo al corazón,  Lacombe Lucien, El unicornio, Adiós a los niñosVania en la calle 42

Recordar a Louis Malle a veinte años de su muerte es una forma de preguntarnos, también, en qué se ha convertido el cine francés desde su partida hasta la actualidad y, a la par, estimular una retrospectiva crítica de su obra a los fines de penetrar y contextualizar la huella categórica de su legado artístico.

[1] Cabrera Infante, Guillermo. Un oficio del Siglo XX,  Barcelona, El País/ Aguilar, 1994.

[2] Lucía era el segundo nombre de Aurore Dupin (George Sand), notable escritora y amante de Alfred de Musset.

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Esta entrada fue publicada en 23 noviembre, 2015 por en Sin categoría y etiquetada con , .

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