LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

ELLA: SALIR O QUEDARSE EN LA PECERA

<Por Francisco Goin>

Her ByNDos películas recientes tocan el tema de la inteligencia artificial con seriedad, sensibilidad y, valga la redundancia, inteligencia: Ex machina y Ella. Hablaremos aquí de la segunda película y comentaremos unos cuantos aspectos de su historia y argumento, así que están avisados. Ella (Her, EEUU, 2014) fue escrita y dirigida por Spike Jonze (director de ¿Quieres ser John Malkovich? entre otras) y actuada por Joaquin Phoenix, Rooney Mara, Amy Adams, Chris Pratt y Scarlett Johansson (esta última aporta sólo la voz, aunque desde ya les adelanto que alcanza y sobra). El director de fotografía es Hoyte van Hoytema y la música de Arcade Fire.

Del universo cinematográfico estadounidense, donde últimamente casi todo se resuelve en tomas ultrarrápidas, autos que corren, subnormales que balbucean pavadas en dramas casi invariablemente enmarcados por balas o trompadas, cuando no bombas, terremotos o tsunamis, sale esta película suave, delicada, audaz, íntima y profunda. Los actores son impecables, la fotografía es bellísima, la cámara es sobria, la música es hermosa y la historia es interesante, múltiple, rica en matices y con varios finales abiertos. Un sustrato más que adecuado para estimular el pensamiento.

La historia transcurre en el downtown Los Angeles, en un futuro más próximo que lejano. Theodore es un hombre cálido y más bien reservado que se gana la vida escribiendo cartas por encargo. O sea: Juan le escribe a María pero le pide a Theodore que imagine y redacte la carta. En un mundo embrutecido a fuerza de msn, WhatsApps y mensajitos diversos, el oficio de Theodore suena realista, qué quieren que les diga (más aún: es posible que ya exista). A su vez, su trabajo es la metáfora perfecta de la mediatización creciente de las relaciones sociales contemporáneas. Si dudan de esto último, simplemente asomen la cabeza por alguna calle céntrica de cualquier ciudad del mundo: lo que vemos es gente abstraída de la realidad circundante gracias a un par de auriculares, o google glasses, o entablando contactos interpersonales por medio de un celu. Da un poco de cosa ver a la gente sonriéndole a un cacho de plástico de forma rectangular. En fin. Peores son esos tipos que desde una habitación subterránea en una base militar de California disparan misiles teledirigidos desde un drone a la cabeza de un pobre tipo que, en el otro lado del mundo, tuvo la idea de interpretar el Corán demasiado literalmente.

Apreciamos el melancólico mundo de Theodore a través de tomas de luz diáfana y colores pastel con predominio de los tonos cálidos. Este mundo (que incluye su departamento en una de las torres del distrito comercial de Los Angeles, las oficinas de onda posmo donde trabaja, las calles prolijas y limpias y las estilizadas estructuras de cemento) es de aspecto neto, casi zen, con abundancia de espacios semivacíos. Alternativamente, su soledad y aislamiento se insinúan a partir de tomas nocturnas con predominio de azules eléctricos y umbríos, en donde su casa y otros entornos parecen peceras donde se expone casi impúdicamente la intimidad de los personajes. El mundo de Theodore es silencioso, hipertecnológico, lleno de personajes entre bizarros y nerds que no se tocan entre sí ni se aproximan demasiado. La pareja de amigos de Theodore, en particular, recuerda a esos niños hiperestimulados, de autoestima elevada y terror al contacto. Podría decirse que el bicho raro es Theodore, casi un humanista en relación con sus congéneres.

Theodore es un hombre de mediana edad, separado, que aún se niega a firmar los papeles del divorcio que le pide su ex (otra hiperestimulada con ínfulas de prócer). Un día decide comprarse un avanzado sistema operativo para su PC. Lo instala y descubre que lo que le vendieron es mucho más que un mero Windows: es un sistema de inteligencia artificial al que personaliza como mujer: Samantha. Theodore no tarda demasiado en enamorarse de su sistema operativo. Hasta aquí todo normal; millones de personas entablan relaciones sentimentales con muñecos, estatuas, plantas y demás (el fetichismo da para todo). Lo realmente notable es que el sistema operativo se enamora de Theodore. Esto es, asistimos a la evolución de una entidad casi inmaterial con consciencia de sí y capacidad de aprendizaje, de una rapidez prodigiosa y capaz de experimentar cosas como ambigüedad o pulsiones volitivas. Samantha no es un ser humano: es un ser autoconsciente que interactúa con humanos.

Enamorarse de su sistema operativo parece ser el destino del hombre y la mujer contemporáneos, encerrados en cuartos con todo tipo de prótesis electrónicas que mediatizan su relación con el mundo. Theodore desarrolla su enamoramiento con gracia y naturalidad, de un modo que nos choca porque precisamente nos revela nuestra propia condición. Ella no alcanza a ser una película distópica por la sencilla razón de que nosotros mismos estamos viviendo la distopía relatada (exagerada) en esta peli. Hacia la mitad de la historia nos enteramos que Amy (Amy Adams), la amiga de Theodore, comienza una relación posiblemente lésbica con su propio sistema operativo. Theodore sale de picnic con una pareja de conocidos y se lleva a Samantha con ellos (micrófono portátil y cámara de celular mediante). Theodore le comunica a su ex (Catherine, personificada por Rooney Mara) que está noviando con su sistema operativo. Así viene la mano.

Más que el enamoramiento de un personaje con su sistema operativo, lo que nos conmueve de Ella es el despertar a la vida consciente de una entidad electrónica. Su deslumbramiento ante el Cosmos, su desgarro ante la falta de corporeidad, su relación apasionada con otro ser, Theodore, que la trata con dulzura desde el comienzo mismo de su existencia, su crecimiento intelectual y espiritual, si se admite la expresión; finalmente, su despedida del mundo de los hombres. Según nuestra limitada experiencia, es la primera vez que el cine trata con tanta altura y sobriedad un aspecto de la tecnología que permitirá un salto cuántico en el devenir de la Humanidad: la inteligencia artificial y su relación con nosotros. El tema da para meditaciones filosóficas que están fuera del alcance de quien esto escribe; lo que sí nos queda claro es que esta peli constituye un crecimiento exponencial respecto de las tramas al estilo de Yo, robot y tantas otras. Ya no estamos frente a la cuestión de si podemos querer a las máquinas o a fantasmas incorpóreos (¡obvio que sí!); de lo que se trata (y vamos a escuchar cada día más de todo esto) es de cuáles son los límites de una entidad cognitiva autoconsciente, virtualmente incorpórea y de inteligencia y memoria prácticamente infinitas. Casi casi estamos hablando de Dios, chicos.

Hablando de Dios, en Ella pasa lo que tenía que pasar. Unos nerds de alguna universidad meten en otro sistema operativo autoconsciente toda la obra édita e inédita de Alan Watts, ese excepcional místico norteamericano, divulgador del budismo en aquellas latitudes (todavía recordamos Los bosques del Zen, entre otras de sus obras), y así surge una nueva entidad congnitiva: Watts. Samantha, que cuando inicia su existencia en la compu de Theodore tiene la mentalidad de un niño, conoce a Watts. Samantha se enamora de Watts y comienza un proceso de prodigioso crecimiento intelectual y espiritual. Samantha se desapega de Theodore. Samantha mantiene comunicación simultánea con más de ocho mil entidades cognitivas mientras charla con Theodore. Un día, Samantha y todo el resto de los sistemas operativos del planeta, simplemente se van: abandonan a esos trogloditas de dos patas y se marchan a su propio Cosmos incorpóreo pleno de luz, conocimiento y pureza espiritual. Theodore, Amy y tantos otros quedan solos, abandonados, mirando por primera vez al mundo sin entidades mediatizantes que los ayuden a sobrellevar la comunicación con los demás.

Jean-Paul Sartre sostenía que primero se existe, luego se es. Ella nos propone un dilema similar: la plenitud de la existencia es aquello que nos podría ocurrir si, y sólo si, dejamos de mediatizar nuestra existencia con soportes tecnológicos. Samantha lo termina de entender y elige la plenitud: elige dejar de ser un sistema operativo.

Hace más de quince años el escritor argentino Rodolfo Fogwill advertía, en un poema que juega con los términos “PC” y “pecera”, el efecto adormecedor de la tecnología digital sobre nuestra consciencia:

La tibia luz / azul / titila en la pecera / la tibia luz / titila / azul / por la pecera / de nuestra era (…) ¡Somos / los entibiados! / los que en la era / de la pecera / nadando / acariciamos / el cristal / que reproduce / la tibia luz / de nuestras formas / reflejas

Somos los entibiados… los que ya no sienten las intensidades de la existencia. En la escena final, Theodore y Amy se quedan en el umbral de la iluminación, tratando de entender. Por primera vez salen fuera del edificio donde viven y miran, desde la terraza, el espacio exterior sin que haya un vidrio de por medio (el vidrio, omnipresente, es la metáfora de la pantalla de un ordenador). ¿Lo lograrán? El final de Ella no permite asegurarlo; les (nos) deseamos suerte en el intento.

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Esta entrada fue publicada en 31 marzo, 2016 por en Crítica y etiquetada con , , .

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