LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

EN Y DESDE CUALQUIER LUGAR DEL MUNDO

<Por Pablo Osorio>

Lost in translationMientras los miembros de La Cueva de Chauvet (director y escribas) estaban en una reunión, cenando y teniendo discusiones editoriales, yo, en un largo viaje, con innumerables escalas, en incontables aeropuertos, sobre cambios horarios desorientadores, escribo esto. Pasaporte en mano, pienso que muchas veces, si no casi siempre, el espectador de cine en este idioma se forma con películas dobladas al castellano; ya antes de aprender a leer de corrido, el futuro cinéfilo mira largometrajes extranjeros, de Disney por ejemplo, con sus personajes y canciones, los entiende, los disfruta, se educa sentimentalmente sin la necesidad de un subtítulo.

Las películas dobladas, desde algunos años, se han naturalizado; ya se nos pasa desapercibido, primero por obra de los canales de aire (con excepción de la televisión pública) y luego por la magia de la televisión por cable (también con excepciones), el hecho de que tres o cuatro personajes compartan la misma voz en un mismo film o que todos los adolescentes de todas las películas de un mismo canal tengan el mismo timbre femenino en sus voces. El doblaje más que un acto de traducción e imposición de una voz que no es la del actor en un personaje, es la homogenización de las voces y expresiones a un español latino (neutral) o, en el peor de los casos, ibérico.

Podríamos pensar que la película doblada es un estado último para el valor aurático del film como obra de arte, recuperando así algunas categorías del archi-citado ensayo de Walter Benjamín[1], porque algo de la interpretación se pierde en el doblaje y al mismo tiempo, por natural, tengo que confesarlo, luego de intentar varias veces verlo en su idioma original, me cuesta mucho concebir el universo Simpson si no es en su clásico doblaje.

Me pregunto cómo le llegarán al espectador norteamericano las películas no habladas en su idioma. ¿Dobladas o subtituladas? El cine, la industria, siendo uno de los padres de la criatura, rara vez discute la cuestión. Hay apenas algunos ejemplos (si el lector recuerda alguno más no dude de apuntarlo en los comentarios, desde ya, muchas gracias) que pueden llegar a dar una idea. En El mundo según Wayne II (1993), el protagonista, Wayne Campbell, cerca de la mitad de la película tiene un duelo de artes marciales con su suegro; antes de la pelea hay un desafío verbal, en un momento la voz de Wayne cambia y, a pesar de que las palabras han dejado de aparecer, el actor sigue moviendo la boca como si todavía las pronunciara. La referencia y objeto de burla del pequeño gag son los doblajes a destiempo característicos de las películas de artes marciales asiáticas que desembarcaron en EE.UU durante los 70. Años después Quentin Tarantino jugaría con el mismo motivo en sus Kill Bill pero ya no con un tono burlón sino en clave camp. Otra escena en la que se mira de reojo el doblaje se da en Perdidos en Tokio (2003) de Sofía Coppola, en ella Bill Murray, a poco de entrar al hotel, enciende la televisión y empieza a hacer zapping, en ese recorrido se encuentra a sí mismo actuando, payaseando, en una película o programa de televisión de fines de los 70 o principios de los 80, doblado al japonés. Murray cambia el canal, no se interesa. Lo curioso es que otro film no japonés aparece en la televisión de los personajes de Perdidos en Tokio: La Dolce Vita de Federico Fellini. Pero la película italiana aparece en su idioma original.

Mientras comienzan las maniobras de descenso del avión, llego a una primera y pequeña conclusión por la cual, el cine en su ideal utópico no toca el audio de las obras maestras, eso lo puede hacer el director si hace una versión extendida cuando sale el DVD; y esas obras que son más bien (entre súper comillas) “berretas”, esos productos cocinados que rellenan horas de televisión y vuelos de aerolíneas de cuarta categoría… esos que se doblan a cualquier idioma, tonada o dialecto que haya… No hay problema, decía Alf. Por supuesto, esto es una ilusión, porque yo, como muchos, vimos por primera (y a veces por única vez) grandes obras de Ford, de Huston, de Wells, de Leone, de Truffaut, de Herzog, de Coppola papá, de Kubrick, en castellano. Y la berretada, esas pelis que andan flojitas de papeles con el tema del aura, esas, dependiendo del nivel de posmodernismo imperante en el realizador o el espectador, también puede ser arte, u otra cosa.

Llego al aeropuerto internacional de Tan Son Nhat en Saigón, escala previa en Colón (Panamá), después de salir del aeropuerto de Ezeiza. En todos los vuelos pasaron la misma película, mala y cosmopolita, titulada Spanglish (2004). Protagonizada por Adam Sandler, Téa Leoni y Paz Vega, Spanglish, como comedia no hace reír ni al representante de Sandler y como historia romántica (cualquiera que la haya visto puede dar fe) no enamora realmente a nadie. El principio constructor del film es la diferencia idiomática entre la sirvienta mexicana (Vega) y los patrones estadounidenses (Sandler y Leoni), pero qué ocurre cuando la diferencia pasa sobre el tamiz homogeneizador del doblaje. Ahí, en ese momento, Spanglish se convierte en otra cosa; no en un vestido que simplemente muestra o deja a la vista las costuras, sino en uno que está hecho de puras costuras, que muestra las dudas de los dobladores ante el film, las charlas con los supervisores y el poco respeto… sobre todo eso. Al fin y al cabo ¿cómo es el doblaje de Spanglish? Sencillísimo, los personajes mexicanos (latinos) hablan el típico castellano neutral habitual de todos los doblajes y los personajes gringos, esos, hablan un castellano afectado, con tonada sobrepoblada de dobles erres, palabras en inglés, o sea prácticamente hablan un spanglish para crear una “otredad casi inexistente”. Esa otredad casi inexistente en el doblaje se crea de otro modo. Tanto en Rango (2011), el western animado sobre un camaleoncito, como Down to Earth (2001), esa peli en la que Chris Rock muere y reencarna en un multimillonario blanco, hay un personaje que habla castellano en su versión original; en el doblaje, ambos personajes hablan castellano en su variante rioplatense, con abundantes “che” y “pibe”, ese idioma que se habla en mi próximo destino.

Tengo la sensación de que el espectador de una película doblada, a su modo, también debe actuar frente a la pantalla, debe hacer de cuenta que el sentido de las palabras del idioma original pasó al doblaje, sino es cuestionar demasiado. Actuar es un modo de aceptar aunque no pasivamente porque, como ya lo he demostrado, las películas dobladas y sus espectadores discuten a las originales, a las obras maestras inclusive y a veces suben la voz.

Aeropuerto de Ezeiza, nada que declarar, es de madrugada y me quedan unas horas antes de que pase ese bondi que te lleva a Retiro o a la estación de trenes de Ezeiza, si es que pasa. Voy a aprovechar unas horas para dormitar, mientras concilio el sueño pensaré mi próximo artículo para La Cueva, puede ser la idea del amor en la obra de Wong Kar Way, el tiempo en la obra de Christopher Nolan o, en tono polémico, opino quién es el mejor director de cine argentino en estos días. Es curioso que llegar a destino a veces signifique ir continuando.

[1] Benjamín, Walter. “La obra de arte en la época de reproducción técnica”. en: Conceptos de filosofía de la historia. La Plata, Editorial Terramar, 2007.

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Esta entrada fue publicada en 11 abril, 2016 por en Crítica y etiquetada con , .

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