LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

BAFICI 2016: EL TEOREMA DE LA FORMA ABSOLUTA

<Por Álvaro Fuentes>

El Hitchcock de las pampas


El aura3Contando con poco tiempo para ver películas en el festival, me fui inclinando rápidamente hacia lo seguro. Recorriendo la muestra de Bielinsky, me encontré con la grata sorpresa de que sus primeros cortos eran proyectados en pantallas atornilladas a la pared y de las que salían unos auriculares que uno se calzaba, para ver de pie esos preciados materiales fílmicos en óptima calidad. Me sentía como Theodore mirando la publicidad del sistema operativo, en esa especie de shopping-caverna, frente a la pantalla hipnótica.

A raíz de que se publicaba una entrevista que le hicimos a Bielinsky hace tiempo con La ventana indiscreta (revista de cine y filosofía), estuve también en la presentación de un libro sobre el director de Nueve Reinas y El aura, y además vi nuevamente las dos películas como para hacerme un panorama completo de la fugaz obra de quien para muchos fue el mejor director argentino.

Habiendo sido asistente de importantes directores, en la entrevista ya mencionada, nos decía que la dirección era uno de los oficios más complejos del mundo porque requería conocer aspectos de muchas áreas técnicas, y por lo tanto tener un conocimiento integral del intrincado arte. Sin dudas, un concepto muy hitchcockiano con la salvedad de que Bielinsky, a diferencia del director inglés, también escribía sus guiones. No significa que Hitchcock no controlara la etapa del guión, porque aún cuando de sus textos cinematográficos se ocupaban grandes guionistas de la industria, era él el que los encargaba en base a novelas que le interesaban y luego se ocupaba de de-construir, en la etapa de dirección.

Pero en Bielinsky el proceso es aún más integral que en el director inglés. Nos decía en la misma entrevista, ante preguntas bastante obsesivas de nuestra parte, que la escritura del guión y la dirección eran procesos completamente diferentes uno del otro. En el primero, lo que primaba era la pura fantasía, mientras en el segundo se debía lidiar con problemas del mundo concreto para poder concretar la idea original.

Cuánto talento se perdió para el cine argentino con la muerte de Fabián Bielinsky. No quiere decir que no haya otros directores, está Szifrón por ejemplo, pero a este último lo veo más como un gran artífice de historias, tramas ingeniosas y diálogos antológicos. Es claro que sabe cómo se debe filmar, pero Bielinsky tenía el don de hacer poesía con las imágenes. Ni mejores ni peores que las habilidades de Szifrón. Simplemente únicas en su género y por ese motivo invalorables.

Bielinsky hablaba más con la imagen que con la historia, aún cuando sus historias podían ser brillantes. El aura tal vez refleje eso mejor que Nueve reinas. En el reciente visionado de ambas obras me volví a ver más sacudido por la de 2005 que por la de 2000. Hay cierto pulso de libertad desenfrenada en el relato de la última película del director. Parto de que ambas obras son brillantes, pero en la segunda la oscuridad y la libertad son aspectos que la vuelven sumamente atractiva.

Un teorema para Bielinsky

Una idea extraída de otro documental que tuve la oportunidad de ver en este BAFICI, El teorema de Santiago, sobre el proceso de creación de El cielo del centauro de Hugo Santiago, ayuda a pensar el arte de ciertos directores. Los miembros del equipo que asistió al director argentino radicado en Francia, todos pertenecientes a la productora independiente El pampero cine, contaban que no tenían la costumbre de trabajar con guiones tan técnicos. Hugo Santiago había planeado escena por escena, movimiento de cámara por movimiento de cámara, incluso antes de ver las locaciones en las que trabajaría probablemente. El discípulo de Robert Bresson traía una forma de hacer cine diferente y excesivamente meticulosa.

No es mi intención hablar de las películas de Hugo Santiago en esta nota, simplemente de esta curiosa concepción del cine, reflejada en el documental ya mencionado. Si bien Bielinsky hizo la salvedad en aquella entrevista de que el director, a diferencia del guionista, debe lidiar con problemas de la realidad, me pregunto hasta qué punto un creativo como él podía prever lo que quería filmar. Porque los planos de El aura, como los de Nueve reinas, son puestas en escena absolutamente calculadas y meticulosas. Cada elemento del plano, en todos los niveles, forma composiciones perfectas.

En la misma entrevista le preguntábamos si El aura era una película más personal que Nueve reinas y en la que se interesaba más por el ritmo que por la trama. Concedió que si bien la trama empezó siendo una cuestión central, gradualmente otros elementos fueron ganando preponderancia. Me animo a arriesgar que eran los aspectos más vinculados a la forma los que fueron ganando preponderancia.

Leía una frase de Jorge Zanada, profesor de la facultad de cine de La Plata, que decía que la forma dispuesta para transmitir un contenido dramático, es lo propiamente cinematográfico de una obra. Creo que algo de esto es lo que parece querer explotar al máximo Bielinsky en su segunda película. No quiere decir que en Nueve reinas no haya pleno despliegue de la forma. Los ángulos de encuadre, los tiempos de la toma, los precisos y sigilosos movimientos de cámara, el montaje sutil, y demás aspectos técnicos, son excelsos en la ópera prima de Bielinsky. Simplemente pienso que El aura (a diferencia de Nueve reinas que todavía estaba más encorsetada en la convención de la trama y el guión) parece un manifiesto a favor de la forma como elemento expresivo último del cine. Es la forma del plano la sustancia que da vida al relato.

Morbo y premonición

Se lee la película de 2005 como un viaje interior del personaje de Darín, el taxidermista. Una especie de travesía interior subjetiva. Comparto esta visión, a la que agregaría que el taxidermista se enfrenta en esta película con el fantasma de su propia perversión, a la que da rienda suelta, la deja obrar libremente y la contempla no sin una poderosa fascinación.

No es novedad decir que la escena en que el taxidermista sigue al sobreviviente del tiroteo, hasta verlo morir en un lugar alejado, sin hacer nada para ayudarlo, es una escena antológica del cine argentino. Es el puro morbo del sujeto liberado de toda inhibición moral. Es el espectador de cine resguardado en el anonimato de su mirada oculta, que contempla una realidad oscura y no responde al llamamiento moral de socorrer al herido. Lo ve morir como observador puramente pasivo de los hechos.

Nueve reinas es del año 2000. El corralito argentino, que restringió el acceso de los ahorristas a sus depósitos bancarios, una de las mayores estafas de los sectores financieros en la historia argentina, es de 2001. Dicho maremoto económico fue anticipado por Bielinsky en el final de su ópera prima, muchos recordarán, cuando Darín quiere cobrar el cheque que le deja el millonario español y el banco cierra sus puertas porque “los de arriba se fugaron con toda la guita”.

Se habla del Bilinsky mago, que había heredado de su familia el gusto por los trucos de magia, que llevaba a la pantalla el arte de la prestidigitación, de mostrar una realidad pero estar escondiendo algo que pasa por detrás, y que se revelará sobre el final del relato. Pero dónde se enmarca este acto de la adivinación del futuro que se advierte en una de las películas más perfectas de la historia de nuestra cinematografía. Dónde enmarcar la premonición de su propia muerte, no esperada por nadie salvo quizás por él, en una de sus más tempranas obras: el cortometraje La espera, de 1983, basada en una ficción de Jorge Luis Borges.

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Esta entrada fue publicada en 7 mayo, 2016 por en Horror y Suspenso, Sin categoría y etiquetada con , , .

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