LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

THE LOBSTER, ENTRE LO INDIVIDUAL Y LO COLECTIVO

<Por Morena Goñi>

The lobster¿Cómo sería el mundo si todos estuviéramos obligados a vivir en pareja? Digo vivir pero implicaría mucho más que eso; ser exactamente iguales al otro: escuchar la misma música, caminar al mismo ritmo, tener el mismo grado de miopía, sangrar al mismo tiempo. De lo contrario, si algún desventurado fuera encontrado circulando en soledad, sería arrestado por la policía y enviado a una institución correctiva en la que tendría un plazo de 45 días para enamorarse. De no lograrlo, el soltero iniciaría una metamorfosis kafkiana que lo convertiría en un animal. Justamente The Lobster (su traducción al español es La Langosta) es el animal en el que el protagonista elige convertirse en caso de no superar su estadía en el Hotel.

Así se presenta el último largometraje del griego Yorgos Lanthimos, un nuevo y oscuro producto en el que el desprejuicio se vuelve un imperativo para disfrutarlo. Con el surrealismo que suele caracterizar su obra, Yorgos crea una historia distópica que, enhorabuena, no necesita recurrir a las hecatombes tecnológicas para crear un ambiente desagradable. Así como en Kynodontas (Canino 2009), Yorgos Lanthimos hace uso de un humor tétrico que en varias ocasiones talla en el espectador una mueca indefinida, y por ello incómoda, de gracia y espanto. Y en ese intersticio yace lo que considero su virtud. Debemos sacar a esta película -y tantas otras- del rígido encasillamiento de videoclub -comedia, drama, acción-, para adentrarla en géneros híbridos, como puede ser el caso del Absurdo. Lo particular de este género es que la historia se desarrolla al margen de todo principio ético o moral conocido, y que la comedia y la tragedia se dan en simultáneo. Una escena de la película que lo grafica puede ser la siguiente: una mujer salta por la ventana de un piso diez en un intento completamente fallido de suicidio, ella yace en el piso mutilada y sus gritos de agonía se reiteran unos tras otros. Por algún mórbido motivo, la sala del cine estalla en risas.

The Lobster transcurre en tres escenarios: la Ciudad (lugar en que sólo se puede vivir en pareja), el Hotel (correccional de solteros) y el Bosque (lugar en que sólo se puede vivir en soltería). Todos ellos conforman un totalitarismo distinto regido por normas rigurosas y puniciones para quien disiente. En muchos casos, los castigos llegan a la mutilación física.

Lo interesante de la película es que propone una dualidad que está en constante tensión; un adentro colectivo -las parejas en la ciudad- y un afuera individual -los solteros en el bosque-. Tanto el adentro como el afuera tienen en su vértice una autoridad tiránica que las gobierna, la administradora del hotel y la líder de los solteros respectivamente. A su vez, las dos partes están en tensión porque el adentro persigue e intenta devorar al afuera. Los integrantes del hotel son regularmente llevados al bosque a cazar solteros (sí, a cazar con escopetas). Por cada soltero que se caza, el integrante del Hotel recibe una extensión de su estadía. Como una guerra de posición y una de guerrillas, el adentro llega al bosque con armas y uniformes y el afuera se camufla y sincretiza con su entorno. Esto opera en simbolismo tonal con lo que el bosque ha sido a lo largo del tiempo: el escenario de lo desconocido, lo prohibido, el espacio de la otredad. Su reverso es la ciudad, espacio civilizatorio por excelencia.

En términos freudianos, el bosque sería la instancia del Ello, pues se rige por lo agresivo, lo sucio, lo primitivo y es la instancia más individualista. La ciudad sería el Superyo sádico que se constituye colectivamente y es impuesto al individuo. En esta tríada, el Yo podría estar encarnado por la mucama, personaje frágil y periférico que trata de satisfacer ambas instancias, el Superyo/ciudad y el Ello/bosque, propiciando un puente entre ambos pero sin identificarse con ninguno. El Hotel se desprendería de la Ciudad como heredero paterno de sus preceptos, que persigue con elegancia el deseo de normativizar a sus integrantes.

Por otro lado, es apremiante ver a Colin Farrell rompiendo con su apática y mala actuación; nada de testosterona, nada de bombas, nada de frases trilladas; sólo una gran panza y un bigote displicente que recuerda las peores épocas en la estética del hombre. Ah, y un perro, Coronilla, que en realidad es su hermano, quien tiempo atrás no logró superar la prueba del Hotel.

No sería aventurado decir que tiene varios aciertos técnicos, como es el caso de las cámaras lentas. Éstas no son usadas con fines espectaculares, abuso cotidiano en el cine actual, sino como creadoras de sentido. Mayores de edad tropezando en cámara lenta al ritmo de Tempo di Valse, hacen de esta película un manifiesto de lo que la comedia debiera ser para aquellos que no tienen un humor fácil.

Arremetiendo contra su propia tradición, el cineasta griego desecha las virtudes del Banquete platónico y resalta sólo sus anomalías. La normativización del afecto llega al total despropósito, transformando la metáfora de la media naranja en una completa pesadilla. Es una perversa redefinición del individuo, tanto de aquél que teme al amor en el hotel como aquél que teme la soledad en el bosque. Este escenario que opone, juzga e idealiza el ser y el deber ser, no puede tener otro final que el del protagonista encarnando a Edipo y replicando su tragedia. En ella, la mutilación ocular es ley.

En un momento en que los tráiler superan a las películas y en el que la producción de imágenes nos desborda, The Lobster se hace un lugar en mi lista de “Películas retorcidas que no le gustarían a mi abuela”. Recomendada.

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Esta entrada fue publicada en 30 mayo, 2016 por en Cine y Psicología, Mundos distópicos, Sin categoría y etiquetada con , .

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