LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

CONCUSSION: VERDADES QUE CHOCAN

<Por Alejandro Noviski>

concussion ByNLa verdad ocultaConcussion en el original-, es la historia de un descubrimiento y sus avatares. Si pensamos en algunas nociones de Alain Badiou al respecto, podríamos preguntarnos si no se trata del relato de un acontecimiento.

El film se centra en el Dr. Bennet Omalu, un neuropatólogo forense nigeriano que a principios de este siglo descubre una patología producida por la práctica del futbol americano, a la que nomina como encefalopatía traumática crónica, enfermedad neurodegenerativa provocada por la acumulación de traumas cerebrales que generan diversos síntomas ligados a la demencia: estados confusos, pérdida de memoria, agresividad, depresión.

La puesta en escena de un médico revisando cadáveres para llegar a una verdad nos trae algunas reminiscencias históricas de hombres examinando cuerpos. Empezando por Leonado Da Vinci, cuya apasionada curiosidad lo llevó a la investigación de la anatomía a través de la disección de cuerpos humanos, plasmando sus resultados en sus “Cuadernos de anatomía”. Poco tiempo después, y con la apertura que implicaba empezar a estudiar los cuerpos sin los prejuicios escolásticos, Vesalio da el inicio a la anatomía moderna con su De Humani Corporis Fabrica, tratado en que logra desechar creencias que estaban basadas en la fe que se tenía en los escritos de Galeno. Posteriormente, es Harvey quien con su monografía De Motu cardis demuestra que la sangre vuelve al corazón a través de las venas.

La pasión por extraerle verdades al cuerpo continúa en la historia de occidente. Resulta inevitable no pensar en aquellos anatomopatólogos del siglo XIX, en cuyo clima se gestaron los precursores tanto del psicoanálisis como de las neurociencias modernas. Empezando por Jean Pierre Falret, quien sostenía respecto a las autopsias que “en todos los casos, sin excepción, era posible hallar en los enfermos mentales lesiones en el cerebro para explicar los diversos trastornos intelectuales y afectivos de la locura”; pasando por Griesinger, que definía a la psiquiatría como una “disciplina médica que trata de las enfermedades mentales de la corteza cerebral” y siguiendo hasta el mismo Charcot, cuya reputación inicial como neurólogo se basó en sus trabajos de elucidación de lesiones anatómicas asociadas con diversas enfermedades.

¿Qué une a aquellos hombres con la práctica apasionada de Omalu? Se trata de hombres que han intentado penetrar la sacra materia humana para descubrir el secreto orden de las cosas. El espíritu inquisitivo de Omalu se expresa hasta en su manera de trabajar. Antes de iniciar una autopsia le habla al cadáver diciéndole: “Tienes que ayudarme, estamos juntos en esto”; que el cuerpo hable. Un pequeño Leonardo, curioso e intempestivo, incluso con un aire de hombre del renacimiento; recordemos sino que la película comienza en un tribunal oral con Omalu presentándose como perito mediante una enumeración académica: Dr. por Enugu, Universidad de Nigeria; Maestría en Salud pública y epidemiología; Dr. ejecutivo certificado con especialidad en medicina de urgencias, certificado en patología forense, patología clínica y patología anatómica; y como dando una nota renacentista, una maestra en curso en la Escuela Real de Música de Londres en teoría de la música.

El suceso histórico que el film narra es simple: durante años, la Liga nacional de Fútbol de Estados Unidos (NFL), intentó ocultar indicios que señalaban que ese deporte podría generar trastornos cerebrales en un altísimo porcentaje de practicantes. Los enormes negocios que se veían comprometidos si esta realidad salía a luz hicieron que la organización nunca se dedicara a confirmar los datos, e incluso archivara algunos resultados de exámenes clínicos. Pero la historia tiene sus caprichos. Un fin de semana por la mañana le toca en turno al Dr. Omalu realizar la autopsia de una de las máximas estrellas de ese deporte; Mike Webster, una leyenda de los Pittsburgh Steelers, con un lugar ganado en el Salón de la fama. Insatisfecho con los resultados que arrojaba una autopsia de rutina que no lograba explicar las causas de la muerte, decide tomar la inapelable decisión de realizar una disección cerebral a fin de determinar las verdaderas causas de los trastornos psiquiátricos de Webster. La primera resistencia a tal decisión proviene de sus mismos jerárquicos, quienes le niegan el presupuesto necesario, lo que obliga a Omalu a solventar los costos con una investigación privada.

Inmerso en esta búsqueda comienza a realizar la disección cerebral en rebanadas y logra demostrar científicamente que el fútbol americano produce una patología cerebral: los miles de golpes en la cabeza que reciben los jugadores van produciendo microtraumatismos que a lo largo del tiempo alteran el funcionamiento cerebral. La corporación de la NFL, preocupada por acallar este descubrimiento, comienza una batalla contra el Dr. Omalu utilizando conocidos mecanismos: amenazas personales, difamaciones públicas en medios masivos, denuncias armadas en tribunales con jueces influenciables.

No es la intención de esta nota detenernos en la puja político-económica que pone en marcha este descubrimiento; baste al respecto la magnífica metáfora que utiliza el director de la clínica en la que trabaja Omalu para referirse al poder que tal conglomerado tiene en Estados Unidos: “te estás metiendo con la NFL, recordá que ellos son los dueños de un día de la semana en Norteamérica”.

Haré hincapié a cambio en resaltar algunos puntos menos visibles que evidencian las condiciones de posibilidad de este descubrimiento, y de sus imposibilidades previas. Y es que la pregunta que se hace Omalu, es bastante obvia. “¿Por qué un hombre saludable, hijo favorito de la ciudad, se volvió un hombre que se mutilaba y vagabundeaba, a los 50 años? Un ataque cardíaco fue cómo murió, pero no el por qué”. No es lo que sorprende la brillantez de la pregunta, sino más bien la ceguera de los médicos anteriores. ¿Por qué no hacerse esa pregunta antes? ¿Por qué Omalu sí se la hizo?

Existe una situación estructural para entender dicha ceguera. No se trata sólo del negocio colosal que se pone en peligro. Se trata más bien de que al señalar que la práctica del deporte nacional, del que el americano medio es fanático, puede ser nocivo para la salud mental, resulta un sacrilegio hacia una de las fibras más sensibles del American Way of life. En el marco de este modo de vida y del fanatismo por este deporte, la mera hipótesis de un daño causado por el fútbol americano adquiere un matiz de profanación. Y es acá donde se entra en juego la condición que tiene Omalu para poder penetrar sin velos en la búsqueda de esa verdad. Omalu es un outsider. No por ser un inmigrante africano, ya que tal condición no es excepcional en Estados Unidos. Lo que lo hace un outsider es su condición de alguien que, como llamaríamos en nuestro criollo castellano, “vive en una burbuja”. Omalu no mira televisión, no escucha radio, no se junta con amigos, no toca cuerpos vivos -como le hace notar el director de la clínica en referencia a su escasa vinculación con mujeres-, no practica deportes, ignora el futbol americano y desconoce a los ídolos populares. Su desconexión con su comunidad la sostiene hasta la irreverencia: “¿quién es Mike Webster?”, pregunta al llegar al hospital donde ha ido a parar el cuerpo del ídolo, “Es el mejor centro que ha habido en la historia”, le responden con irritación ante su ignorancia. “¿Y qué es un centro?”, vuelve a preguntar sin ponerse colorado.

Es decir, un médico desconectado de la tribu de su ciudad, de sus pálpitos, de los intereses comunes, estaba a la suficiente distancia como para que emerja en él una pregunta que en otra cosmovisión no tendría cabida. No la tiene en la mente de Julian Bailes, médico legendario de la NFL, quien se pregunta después de atender una de las últimas crisis de Mike Webster: “¿Qué es lo que no veo, un tumor?”. Bailes está dentro de la situación, incluido en ella, no puede ver. No hay resquicio en un americano medio para preguntarse sobre los daños que el deporte nacional puede hacer al cerebro, sencillamente porque el deporte nacional americano no puede hacer daño. Para alguien que jugó al fútbol desde niño, que transitó sus clubes, que tuvo ese deporte en el centro de su vida social, que mandó a sus hijos a practicarlo, el futbol es parte de la naturaleza norteamericana, y como tal no puede ser en sí mismo dañino. Es necesario que venga un outsider, un curioso foráneo para que una pregunta tan elemental emerja: ¿Qué le sucedió a este hombre?

Y aquí vale la pena detenerse para observar la vinculación existente entre ciertos hombres y la verdad o su búsqueda. Alain Badiou sostiene que la fidelidad al acontecimiento consiste en sostenerse y ser coherente en pensamiento y acción con aquella verdad emergente que altera el orden de una situación. Por algún motivo incógnito, la verdad genera sobre ciertos individuos una particular atracción y compromiso, cuya intensidad suele empujarlos hacia acciones que pueden ir, incluso, en contra de sus propios intereses. Como si la verdad tuviese un aura que raptara a ciertas personas. Tal el caso de Bennet Omalu. La historia nos destila otros frecuentados ejemplos: Hipatía de Alejandría, Sócrates, Galileo, Hannah rendt.

Finalmente, una reflexión sobre el azar y la verdad. Existe una coincidencia, Mike Webster muere justo el día en que el Dr. Omalu está de guardia en la clínica donde es derivado. Esta coincidencia habilita la posibilidad de una concatenación de hechos que no se habrían dado de no darse este azaroso encuentro entre Webster y Omalu. Ahora bien, ¿de qué se trata el azar? ¿Es  una circunstancia que aparece desde afuera, abrochando, por decir así, las redes de sucesos que acaecen para darles una configuración en un punto de hilvanado? ¿O el azar es, contrariamente, ese lugar por donde lo real que aún no ha sido representado irrumpe, una especie de fisura en la cadena de lo determinado, por donde la verdad hace su aparición?

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Esta entrada fue publicada en 21 junio, 2016 por en Crítica y etiquetada con , , , .

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