LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

MARES REVUELTOS. PINCELADAS EN TORNO A IT’ S SUCH A BEAUTIFUL DAY, DE DON HERTZFELDT

<Por Álvaro Bretal>

Nota originalmente publicada en el portal letercermonde.com, aunque esta versión tiene algunas modificaciones.

Hertzfeldt ByN“Una película amarga de Don Hertzfeldt”. Esas son las palabras que se leen al comienzo de Ah, L’Amour, la primera obra del cineasta norteamericano. Una linda carta de presentación, sin duda. Al final del corto, que dura apenas dos minutos, aparece otra frase que ayuda a entender cómo es el universo de Hertzfeldt: “Agradezco especialmente a mi buena amiga, la cafeína”. Amargura, cafeína y un poco de nihilismo es lo que proponía Hertzfeldt en 1995. Un digno representante de la juventud norteamericana de los noventa, podría decirse. O, al menos –no sea cosa de generalizar innecesariamente–, de eso que nos han dicho que fue la juventud norteamericana de los noventa. Pero ojo: hay poca relación entre Hertzfeldt y, digamos, unos Beavis and Butt-head. La cosa viene más por el lado del Richard Linklater de Slacker o de Pavement. Con la banda de Stephen Malkmus comparte, entre otras cosas, la capacidad de construir un universo personal apelando a una especie de “minimalismo obligado”. Es decir, un despojamiento que surge estrictamente de los recursos mínimos con los que se trabaja. Si en el primer Pavement –el de Slanted and Enchanted– había lo-fi y estructuras reiterativas, en el primer Hertzfeldt había una página de cuaderno con personajes sencillos (extremidades como palotes, cabezas como círculos) que intentaban parodiar situaciones de la vida cotidiana a través de interacciones básicas y violentas. Pavement, con el correr de los discos, fue construyendo discos más largos y rebuscados, repletos de desvíos, arabescos y callejones sin salida. La potencia de los orígenes fue desapareciendo. Hertzfeldt jugó diferentes cartas con el correr de los cortos y, cuando creyó haber madurado lo suficiente, entregó la que hasta el momento es su mejor obra: la trilogía It’s Such a Beautiful Day (2012).

El protagonista de esta trilogía (Everything Will Be Ok (2006), I Am So Proud of You (2008), It’s Such a Beautiful Day (2011): tres cortos que, unidos, fueron estrenados como un largometraje) es Bill, un hombre con una vida normal. Tal vez demasiado normal, demasiado reiterativa y ligeramente solitaria. Y aburrida. Muchos artistas tomarían a este personaje para explotar sus peores facetas desde la burla. Hertzfeldt se vincula con Bill. Sin tratarse necesariamente de una película autobiográfica, el cineasta empatiza con el personaje desde una perspectiva que no es la del entomólogo sádico, pero tampoco la del romántico que encuentra loas a la vida en los elementos más triviales y cotidianos. Recordemos: Hertzfeldt, como lo sugiere el nombre de su compañía productora (Bitter Films), hace películas amargas.

Volvamos a Bill: es un hombre de cuarenta y pocos años, cuya mejor –y según sabemos única– amiga es su ex novia. Usa sombrero y tiene una enfermedad que, con el transcurso de los cortos (que en total suman una hora), irá empeorando. La vida de Bill es narrada por una voz en off que, a tono con su vida, es “neutral”. Uno de los grandes logros de It’s Such a Beautiful Day es que a través de ese tono de voz, busca –y logra– apelar a la emoción. Porque a diferencia de los primeros cortos de Hertzfeldt, repletos de gags, violencia y humor absurdo, acá tenemos una estructura compleja. Compleja a nivel humorístico, a nivel emocional, a nivel cinematográfico y a nivel filosófico. Tal vez la más evidente de estas complejidades sea la más inmediata, es decir, la visual. Hace rato que Hertzfeldt (que también es ilustrador, guionista y productor de todas sus películas) dejó el formato de fondo blanco con monigotes de tinta negra. De a poco fue introduciendo color y, en The Meaning of Life, la obra anterior a la trilogía en cuestión, empezó a cruzar la animación con otras técnicas.

En It’s Such a Beautiful Day esta mixtura es el elemento estético clave: muchas veces, en un mismo plano, hay imágenes animadas y no animadas, enmarcadas en recuadros difusos. Los bordes son siempre negros, las imágenes nunca ocupan toda la pantalla. Esto tiene varias funciones: por un lado, como queda claro, permite a Hertzfeldt trabajar con diferentes recursos en un mismo plano. Lo más interesante es, sin embargo, el uso que le da en términos de puesta en escena: la forma de la película es la forma de la mente de Bill. Porque la enfermedad de nuestro protagonista lo lleva a olvidar cosas y reemplazarlas por otras, producto de su imaginación. Algunas cosas son visibles, otras están sumidas en un vacío que encuadra, le da forma, a esa porción que podemos conocer. Y así es como volvemos –otra vez– a Bill y a sus actividades cotidianas. Esa voz en off escéptica, que sostiene el ritmo de la película y desarma a los espectadores, narra acontecimientos de la vida de Bill que parecen tener distintos niveles de relevancia. La anécdota, lo mínimo, la desidia, la vida entendida como una sucesión de momentos pequeños e intrascendentes, parece ser la base filosófica de It’s Such a Beautiful Day. Parece, pero no lo es. Al igual que en Slacker (y es algo extensivo a la obra de Linklater en general), la concepción de fondo demuestra una vitalidad, una pasión cauta, que sólo aparece cuando uno se toma el trabajo de establecer un vínculo con la forma propuesta.

En el caso de estos tres cortos devenidos largo, vincularse con la forma significa poder vincularse con la psiquis de Bill, cuyo contenido y su no contenido, sus presencias, ausencias, engaños, juegos y delirios, nos son transmitidos con un grado nunca verificable de veracidad. Las cosas que importan son las cosas que le importan a Bill y nada más: encuentros incómodos en la calle con conocidos y desconocidos, sueños perturbadores (por ejemplo, un hombre con cabeza de pescado y un caño saliendo de su panza, que repite “El caño tiene una fuga”), recuerdos de la infancia, anécdotas familiares, pantuflas de El rey león, conversaciones con su ex novia sobre manatíes gigantes, y la progresiva pérdida de la memoria, que lo lleva a hacer las mismas cosas una y otra y otra vez. Bill no parece mayormente preocupado por esto, o al menos no parece darse cuenta. Se distancia cada vez más de una sociedad a la que entiende mecanizada, basada en rituales ridículos. ¿Es por su carácter solitario o es por su enfermedad? Probablemente las dos cosas confundiéndose, dislocándose mutuamente. Hertzfeldt trabaja en ese límite casi imposible que es también la materia de Inland Empire, el último largometraje de David Lynch. Lo único que es cada vez más claro, a medida que avanza el metraje, es la muerte. Palpable, envuelve a un Bill ya quebrado, que va a visitar a su padre a un geriátrico y le dice “te perdono” aunque, como aclara el narrador, “ninguno entiende exactamente qué significa, pero el anciano llora de todos modos”. Y todo, créase o no, sin sentimentalismo de por medio.

Otra influencia: el cine experimental norteamericano de los sesenta y setenta, principalmente Stan Brakhage. Con su cámara, Hertzfeldt captura árboles otoñales, ventanas, viento, llamaradas, luces confusas, bosques amarillos, mares revueltos. Hay color y blanco y negro y chispas y gotas de lluvia que empañan la cámara. Hay, en definitiva, un elemento lúdico que abarca todo y que, a través de la libertad que deviene sorpresa constante, es lo único que nos permite respirar un poco en el entorno asfixiante que nos propone la película. Con imágenes de un Bill pequeño sonriendo junto a otros niños, entre perturbadoras historias sobre su familia, nos dicen: “Le deprimió lo lejanas que le parecían las fotos, cómo sus ridículos yoes posteriores se habían apropiado de aquel niño feliz ya muerto y habían llevado al desastre su vida”. Fragmentos de sombra que se vuelven todo. ¿Qué le pasa a Bill? ¿Qué es cierto y qué es delirio? ¿Podemos confiar en el narrador? ¿Podemos confiar en las imágenes de su pasado, de su presente, de su futuro? Una respuesta tentativa es que, al igual que en Pavement, en It’s Such a Beautiful Day lo esencial es la distorsión.

 

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Esta entrada fue publicada en 12 julio, 2016 por en Ensayo y etiquetada con , , .

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