LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

TRES D: EL CINE COMO JUEGO Y FIESTA

<Por Pablo Ceccarelli>

Nota publicada originalmente en Pulsión nº2: militar el cine.

Tres D 2En 2013 se presentaba la tercera edición del Festival Internacional de Cine de Cosquín. Allí, Rosendo Ruiz rodó durante los 5 días Tres D, una película acerca de y situada en esta misma ciudad y evento. Tomando elementos de ficción y documental, se narra la historia de Matías y Micaela, dos jóvenes realizadores que llegan a Cosquín, para registrar entrevistas y los sucesos durante esta ceremonia. De esta forma, en el film se encuentran retratados realizadores, críticos, programadores, periodistas, proyectoristas y espectadores que forman parte de esta suerte de reunión comunitaria en una ciudad del interior del país.

Para comenzar, podemos establecer una relación entre el análisis que el filósofo Hans-George Gadamer realiza sobre el arte, en relación con su base antropológica: el arte como Juego, Símbolo y Fiesta. En esta ocasión, nos concentramos en el primero y el tercer concepto.

Cuando el autor se refiere al “juego”, él establece que no se puede pensar a la cultura sin su componente lúdico, siendo la función elemental de la vida humana. Sin embargo, el juego incluye también la “razón”, en cuanto a que hay establecidas unas reglas en lo lúdico que permiten desarrollar esta actividad, sin que el fin mismo esté atado a una noción racional. Esto en Tres D es explícito en las entrevistas que se presentan de los realizadores. Aquí, los cineastas delimitan, cada uno con su propia postura, cómo son las reglas del juego en cada una de sus propuestas. Pero por otra parte, lo lúdico implica también un “jugar-con”, en el sentido que un espectador, ante el acto de observar ese juego, se contagia del movimiento y no despega su atención. El autor define este proceso como la participatio y lo describe como el “hacer comunicativo” que posee el juego, donde siempre se dejan espacios abiertos para que el espectador pueda rellenar y seguir construyendo una obra de arte. Cosquín es el festival de cine en las salas, y al mismo tiempo los jóvenes en la calle juegan a la pelota mientras un perro los observa queriendo intervenir. Los espectadores pueden intercambiar sus opiniones con los jugadores, como en el intercambio que José Campusano hace con una espectadora que, no acostumbrada a su cine, le da una mirada negativa sobre lo que vio en su film. O como en la entrevista a Germán Scelso, donde se lo interroga sobre el título de su film y cómo lo relaciona con la propuesta que establece en él.

Por otra parte, el arte como “fiesta” es definida de manera contundente: esta es comunidad, es siempre “fiesta para todos”. Contrario al “trabajo” (aquí lo remplazaría por el término “tarea”, en su orientación más tecnicista), que nos separa y divide, en la celebración no hay aislamiento y todo está congregado por un objetivo en común que provoca la unión. Pero la fiesta no es sólo ruido. También le corresponde lo que el filósofo menciona como el “silencio solemne”, como cuando se observa un monumento artístico, un mural, una pintura, etc. Ese silencio, es el mismo que se produce en la sala oscura del cine. Lo que se está perdiendo en los tiempos contemporáneos ante los precios cada vez más inaccesibles de los cines comerciales, que desemboca en resguardarse en la intimidad de las pequeñas pantallas de nuestros hogares, es lo que los festivales tratan de mantener intacto. El silencio solemne, la comunión en la oscuridad (muchas veces confundida o malinterpretada como “pasividad”), la proyección en fílmico, son una de las tantas tradiciones festivas cinematográficas que aparecen en Tres D. Es una forma de traducir y transmitir de generación y generación las estructuras cinematográficas, de poder seguir viendo esas películas del período clásico que Jorge García reclama como obligatorio. Ya que como dice Gadamer:

“tradición no quiere decir mera conservación, sino transmisión. Pero la transmisión no implica dejar lo antiguo intacto, limitándose a conservarlo, sino aprender a concebirlo y decirlo de nuevo. De ahí que utilicemos también la palabra ‘transmisión’ (Ubertragung) como traducción (Ubersetzung)”

Esto no quiere decir que sean inválidas las nuevas lógicas surgidas con el digital, a las cuales se les dirigen las críticas más conservadoras. Ya que justamente son estos nuevos formatos de registro y proyección los responsables del surgimiento de la gran cantidad de festivales y películas que existen en la actualidad en nuestro país.

Quizás la escena más representativa de la película sea aquella en que el personaje de Matías, al observar que se está gestando un debate entre Nicolás Prividera, Jorge García y Alejandro Cozza, se levanta de la mesa donde estaba tomando un café y se dispone a filmarlo con su cámara DSLR. En un mismo plano, se puede ver a Matías encuadrando, la cámara y reflejado en el lente, a los críticos hablando. Aquí se encuentran las “tres dimensiones” de la producción del “acto cinematográfico” (parafraseando al “acto fotográfico” de Philippe Dubois) en un mismo plano: el realizador, el dispositivo y el espacio registrado. Pero también, “ese acto no se limita trivialmente al gesto de la producción propiamente dicha de la imagen (el gesto de la toma), sino que incluye también el acto de su recepción y de su contemplación” (Dubois, 1986). Es decir, la cuarta dimensión somos nosotros contemplando el plano que se filmó. De esta forma, el juego y la fiesta se encuentran comprimidos en este plano. Realizadores, programadores, espectadores, críticos, reunidos en un acto de construcción del plano, del debate que el personaje de Matías observa y escucha atentamente, al igual que hacemos nosotros como espectadores.

“Nadie va a decir que va a hacer una película para Cannes” se dice en esta charla.[1]. Y es que también existen otro tipo de festivales. Los que pertenecen al establishment cinematográfico. Donde se genera un mercado del cine independiente, sobre todo los de las geografías centrales. Allí se estandarizan los patrones estéticos de las películas que ellos aceptan (además de tener que pagar para entrar) y se establecen los criterios para valorar internacionalmente al cine. Y allí es donde muchos cineastas apuntan para poder establecer su legitimidad como artistas.

Más allá de los hallazgos que pueden encontrarse en Tres D como película, es de suma relevancia reflexionar a partir de ella sobre la realidad que nos toca vivir actualmente. RAFMA, la red que nuclea varios de los festivales de Argentina, ante la posibilidad certera de que las nuevas autoridades del INCAA no brinden financiamiento a estos eventos, resaltó el valor que tienen los festivales de cine en nuestro país: como motor de la diversidad cultural, en el fortalecimiento de los lazos de intercambio entre realizadores y público, y entre productores y cineastas, en el desarrollo del federalismo y la pluralidad de voces, y como posibilidad de abrir espacios alternativos de exhibición frente a los cines comerciales y las distribuidoras internacionales. Todas estas cosas corren riesgo de perderse en la actualidad.

Nosotros debemos construir y apoyar la permanencia de los festivales como espacios de reunión por y para el cine en todas sus representaciones. Que sea una reunión de las distintas miradas de la realidad y de todas las diversidades. Que permita que el juego siga teniendo movimiento constante. Que el festival de cine sea verdaderamente la “fiesta de todos”.

De lo contrario la fiesta se convertirá en la celebración de los privilegiados. Y “la fiesta de todos” será simplemente un apodo nefasto e hipócrita, como el film de Sergio Renán. Donde la celebración era sólo para las almas distraídas por el pan y el circo, mientras los excluidos podían simplemente escucharla desde lejos, en las dimensiones de la miseria, la censura y la tortura.

[1] A veces sí: http://www.el-nacional.com/escenas/Lorenzo-Vigas-Cannes-Berlin-Venecia_0_673732859.html

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Esta entrada fue publicada en 18 julio, 2016 por en Especial: la crítica de cine, Sin categoría y etiquetada con .

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