LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

PRESAGIO: MÁS Y MENOS RECURSOS PARA EL CINE

<Por Álvaro Fuentes>

Presagio ByNPresagio es la ópera prima de un director de la ciudad de Buenos Aires, Matías Salinas, que pasó por el Festival Rojo Sangre y que también ganó el premio a mejor película latinoamericana en el Festival de Cine Fantástico “Nocturna” de Madrid.

Se trata de una obra fuertemente experimental. El cine bueno y con mucha producción puede ser una experiencia gratificante, pero no hay nada como una buena película hecha con menos recursos, pero con desbordante capacidad creativa. Ahí es cuando quienes dedicamos parte importante de nuestra vida al oficio de analizar el cine damos con esa sal tan preciada del objeto cinematográfico.

Decir que la película trabaja con pocos recursos técnicos es errado, mejor sería decir que su presupuesto fue bajo. El arco de recursos que utiliza, dentro de sus posibilidades monetarias, parece ilimitado. Aparentemente fue filmada en dos formatos. Uno de ellos, dedicado a toda la parte de la narración que refiere al pasado del protagonista, en que atraviesa una crisis por el accidente automovilístico de su mujer y su hijo, tiene una imagen más sucia y granulada. Con mis escasos conocimientos en tecnología de filmación, diría que la imagen parece la de una cámara digital de uso doméstico. Pero imagino que no es así, debe estar retocada, aunque sirve mencionarlo a los fines de ilustrar el tipo de imagen de esas escenas.

El efecto de granulado se acompaña de cierto filtro tonal que parece dar fuerza a algunos colores. Una de las primeras tomas es una composición muy precisa, que cuenta con pocos colores: el rojo de un Renault 12 tipo camioneta, el verde de árboles y pasto a los costados de la ruta, y un cielo de nubes grises entre cuyas grietas asoma la luz intensamente amarilla del sol. La línea amarilla que pasa por el centro de la ruta completa el círculo de colores de la composición. El cielo nublado está montado sobre el resto de la toma, demostrando que no sólo se juega con los filtros tonales de la imagen, sino también superponiendo capas.

Estamos, por lo tanto, frente a una película que no escatima en el uso de recursos aún cuando el presupuesto haya sido escaso. El otro formato, el de las escenas de un presente en que el personaje es interrogado por el terapeuta en un consultorio, es de una imagen limpia, más típicamente cinematográfica. Lo que podría ser tomado como herejía para los cánones del cine convencional, que no mezcla formatos de filmación, y menos registros limpios con registros más sucios, esta película lo convierte en potencialidad técnica variando los climas según la naturaleza de la imagen.

El tipo de registro, más realista, perteneciente a las escenas de la terapia, refuerza la idea de que los psicólogos están para “traer a la realidad” a los pacientes. Lo artificioso del tratamiento de las imágenes del pasado reciente, en que el protagonista parece al borde de la locura, refuerza cierto tono surrealista de la narración.

Sobre los tipos de plano, diría que la cámara filma todo desde multiplicidad de ángulos posibles, alternando con detalles que suceden alrededor de los hechos, como ceniza que se desprende de un cigarrillo haciendo que este caiga del cenicero o el aleteo de una paloma que levanta vuelo desde una antena de edificio. Pero también se detiene en los detalles del hecho mismo que se narra. En la situación de terapia, por ejemplo, vemos el juego de las miradas entre paciente y terapeuta, que parecen vivir la sesión como una terrible guerra psicológica, como si fueran enemigos letales. El protagonista observa enfermizamente hacia un punto del amplio living-consultorio. El terapeuta, que parece estar en todos los detalles de lo que ocurre, observa hacia el mismo lado y divisa en una de las mesas el frasco de Clonazepam. Luego mira al paciente y le dice que debe poder controlar sus vicios. Al escuchar las palabras del terapeuta, el protagonista le devuelve una mirada llena de resentimiento. Las reacciones de la mirada son un elemento que parece obsesionar al autor de esta obra. Son reacciones casi espasmódicas muchas veces, furtivas, presas del miedo en ocasiones, y también sumidas en un trance creativo.

Las transiciones entre toma y toma, entre escena y escena, también demuestran un gran despliegue de recursos y creatividad. Recuerdo dos puntualmente. Una luna que parece incrustada en el negro del cielo, de golpe parece estar flotando en la superficie de un café que el protagonista se acerca a la boca. La imagen nos llevó de un instante al otro casi sin que nos diéramos cuenta. Otra transición se vincula más a un uso flexible de los recursos sonoros: en medio de la terapia, el protagonista pide silencio al terapeuta, aunque también podría ser al espectador, con el dedo índice sobre los labios. Con el “shhh” que se escucha acompañando ese gesto, la imagen se funde con la de olas de mar rompiendo, cuyo sonido parece prolongar el anterior.

Siguiendo con el tema del sonido, hay una escena en que los tecleos de una máquina de escribir, que son un elemento sonoro protagónico a lo largo de todo el relato, parecen convertirse en espaciados latidos de corazón. El protagonista tiene miedo de dejar de escribir, dado que alguien parece amenazarlo, y por eso golpea las teclas frenéticamente. El juego simbólico de los sonidos acompaña la trama. Pero el fundido de teclas y latidos se vuelve aún más orgánico, cuando vemos la mano presionar la barra espaciadora de la máquina de escribir. Permanece unos instantes sobre ella y luego la suelta dejándose caer. El ritmo no regular de ese golpe de dos instancias parece el latido de corazón. Algo similar ocurre cuando vemos un ave levantar vuelo desde la antena del edificio. El ruido de metal sacudiéndose parece el de teclas de una antigua máquina de escribir.

Queda hablar del guión, meticulosamente articulado y digno de un narrador obsesivo, como el personaje de su ficción. Hay que destacar que además de director, Matías Salinas también es guionista de su película. Mientras nos cuenta la historia del escritor atormentado por la pérdida de su familia, mediante la voz en off del mismo personaje relata momentos de la novela que escribe. El escritor de la ficción da vida a un aficionado a la caza como él. Le dice en cierto momento al terapeuta que debía crearlo con algún rasgo en común consigo mismo, para poder involucrarse.

Para ir cerrando estos comentarios, se destaca la simplicidad del principio para generar terror. Un misterioso hombre de traje, al que no le vemos la cara porque un paraguas la cubre, descalzo, caminando por una ciudad desierta, que podría ser San Bernardo en pleno invierno, otro elemento que refuerza el terror, sobre todo en aquellos que hemos tenido ocasión de visitar esas ciudades fuera de temporada.

Presagio es una película que me hace pensar que lo cinematográfico tiene reglas propias y bien definidas. Cada escena está construida cinematográficamente, es decir con procedimientos propios del cine pero puestos al servicio del relato. Contando con pocos recursos económicos, la película es sin embargo rica en recursos técnicos y narrativos, con lo que compensa y al mismo tiempo potencia la propuesta. Resta esperar con ansias la próxima producción del director.

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Esta entrada fue publicada en 22 agosto, 2016 por en Crítica y etiquetada con , , , .

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