LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LOS TEXTOS POSIBLES, LAS VIDAS POSIBLES

<Por Álvaro Bretal>

00000-mpls_snapshot_00-40-02_2016-09-22_23-41-191957. A los dieciséis años, Ricardo Piglia emprende un viaje en auto con sus padres. No es un viaje común y corriente: su padre está huyendo de Adrogué, una ciudad que no le resulta fácil de habitar tras el derrocamiento de Perón. El nuevo destino es Mar del Plata. Tras ese viaje urgente y doloroso el joven Piglia empieza a escribir un diario personal. Esos diarios, que tratan temas personales y diversos, serán el origen de su carrera como escritor. La faceta literaria de Piglia continuará desarrollándose en la intensa vida cultural marplatense que le aguardará del otro lado de la ruta y que le brindará la oportunidad de vincularse con gente nueva y estimulante.

2015. Casi cincuenta años después, el documentalista Andrés Di Tella lleva a cabo un proyecto inusual: desempolvar los 327 cuadernos (“nunca los contó”, dice Di Tella en los primeros minutos del film) escritos por Piglia a partir de aquel viaje a Mar del Plata para que sean leídos por el propio escritor, vinculándolos con viejas filmaciones tanto caseras como televisivas y periodísticas. En el medio surgen una serie de reflexiones sobre el paso del tiempo y la persistencia de la memoria a través de la escritura. En el medio, también, comienza a desarrollarse una rara enfermedad degenerativa en el cuerpo de Piglia. El documental captura –no puede eludir– ese deterioro, y lo hace con cariño y sutileza.

Las filmaciones elegidas por Di Tella para dialogar con los diarios son diversas. Algunas de ellas se ven con nitidez, producto de un trabajo técnico notable. Otras conservan una textura desvaída, tal vez porque ya no puedan ser mejoradas bajo ningún procedimiento técnico. En ambos casos, ese material fílmico creado con los fines y las intenciones más variados abre un abanico de tensiones que enriquece al documental. La tensión más evidente es aquella entre los textos de Piglia y el material fílmico: a veces la relación es clara; otras, compleja y oblicua; cada tanto, directamente, misteriosa. Otras filmaciones no hacen referencia a fragmentos de los diarios sino a comentarios del escritor surgidos durante las conversaciones que entabla con Di Tella. La otra tensión surge entre la imagen limpia propia del digital de la película y las distintas texturas del material reproducido. En esa tensión se representan algunos de los temas clave del documental: el pasado, el archivo y la memoria.

Una de las características más llamativas de 327 cuadernos es la gran cantidad de temas que logra abordar sin alarde ni caos. Di Tella tiene, entre otras virtudes, un gran control sobre el material. De hecho, cumple un rol incluso más fuerte que el de organizador: Di Tella es un personaje tan importante como el propio Piglia. 327 cuadernos es, en cierto modo, un documental sobre ambos. Para cualquiera que siga de cerca la carrera del director esto no debería resultar novedoso: una de sus marcas como cineasta es asumirse como sujeto activo en sus obras. Sus intereses e interrogantes, por más íntimos que sean, aparecen explicitados en casi todos sus documentales. Como síntesis, podría decirse que estos intereses tienen que ver con los vínculos entre arte, historia y política, y con los entrecruzamientos entre lo íntimo y lo histórico. O, en palabras de Piglia, “momentos históricos que te tocan personalmente”.

Los cuadernos de Piglia constituyen un microuniverso del cual –no podría ser de otro modo– el documental sólo retrata una parte ínfima. Sí es posible adivinar, sin embargo, una multiplicidad de formas, de ideas, de fines, de necesidades y de abordajes a la escritura. Al comienzo de la película Piglia nos muestra unas listas que aparecen en uno de los primeros cuadernos. Una incluye nombres de boxeadores, otra es una lista de compras de almacén, la tercera –la más llamativa– incluye una curiosa variedad de temas: amor, política, teatro, fútbol, cine, literatura y sentido de la vida. El propio Piglia desconoce a qué hace referencia esa lista, aunque admite que la inclusión de “sentido de la vida” le resulta maravillosa. El poder de los diarios íntimos no reside tanto en conservar recuerdos que de otra forma desaparecerían, sino en plasmar ideas y momentos que se prestan constantemente a ser resignificados. En 327 cuadernos, la memoria hace a la vez referencia al presente y al pasado; las zonas llenas de recuerdos y las zonas llenas de interrogantes conforman un retrato del Piglia actual. Consciente de esa complejidad, Di Tella trabaja con filmaciones de archivo que refieren directamente a los diarios y los recuerdos de Piglia (la muerte del Che Guevara, el regreso de Perón a la Argentina) y también con otras que, para el espectador del documental, se prestan a múltiples interpretaciones. Las imágenes de los boxeadores y del caballo hacia el final de la película tienen, por otra parte, una enorme potencia narrativa, en tanto parecen referir a la lucha del escritor contra su enfermedad degenerativa y funcionan como un bellísimo clímax emocional.

Hay otro tema interesante, que abre 327 cuadernos y lo sobrevuela hasta el final: ¿qué hacer con esos papeles? Al comienzo del film, Piglia piensa seriamente en la posibilidad de quemarlos, aunque antes, dice, le gustaría darles algún uso. Ese uso es, en parte, el documental que estamos viendo. También podemos ver que el escritor le dicta a una mujer fragmentos de los diarios mientras ella los pasa a computadora. Esas son dos de las transformaciones que sufren los cuadernos durante el film, pero tal vez no sean las únicas. Di Tella muestra y oculta, pero no para generar misterio; muestra y oculta porque se trata de un material tan personal y caótico, tan denso y espiralado, que una parte de su abordaje siempre va a quedar en la sombra. Una sombra que tiene, también, sus recovecos y multiplicidades: es la sombra de lo íntimo, pero también de lo posible, de lo deseado, lo imaginado y lo secreto.

La sola presencia de Piglia es un pequeño triunfo del documental. Se trata de un personaje cálido y querible. Sin embargo, el triunfo mayor es mérito de Di Tella y de su capacidad para dotar de volumen y color a cada una de esas capas de memoria y reflexión que el escritor va narrando. “Un diario de un escritor es también un laboratorio de experimentos; no tanto de experiencias, más bien de experimentos”, sugiere Piglia. La selección de textos refuerza esta idea: la mayoría de los fragmentos leídos son –aparentemente– ficciones, proto-cuentos o proto-novelas que permiten vislumbrar ese cajón de posibilidades que son los cuadernos del escritor. En los diarios los límites entre ficción y realidad se difuminan. Ese carácter difuso se complementa con la dificultad para rastrear la inspiración, el contexto, el origen de los relatos. En un diario lo posible es todo, porque casi todo es tentativo. Piglia también enfatiza la centralidad de lo posible, aunque haciendo referencia a su propia vida: cada decisión construye a la vida en una dirección; el resto queda en las sombras de lo que podría haber sido. Los diarios íntimos, con sus páginas viejas y sus garabatos apenas comprensibles, tienen la capacidad de sostener en el tiempo ideas sobre el pasado que, de no habernos tomado el trabajo de escribirlas, habrían desaparecido para siempre. Parece evidente, pero es ese trabajo el que permite que, con el paso del tiempo, la memoria trunca configure nuevas vidas y relatos. El potencial creativo de eso que nunca fue es, tal vez, el tema más interesante del documental.

 

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Esta entrada fue publicada en 23 septiembre, 2016 por en Ensayo y etiquetada con , , , , .

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