LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

EN EL CIELO SUPLENTE

<Por Roman Ganuza>


gilda-bynEn un aire tentado de misterio, Gilda sigue cantando que “amar es un milagro”. Filmar también parece ser un milagro y no sólo por el prodigio técnico que lo permite. Así lo testimonia el imponente producto encabezado por Lorena Muñoz (directora) y Natalia Oreiro (protagonista). El torrente de Gilda, no me arrepiento de este amor, me arrastró hasta una orilla inesperada. La fiesta visual con que se evoca a quien -de acuerdo con su explicitado anhelo- buscó convertirse en la “abanderada” de la música tropical, fue suficiente para disolver ese blindaje conceptual que recorta a las curiosidades más saludables. En mi caso, tanto el género como sus más emblemáticas criaturas revistaron siempre en una zona no visitada. Pero Muñoz me ha involucrado en el tema por su inteligencia y sensibilidad. Porque supo atrapar a Gilda en el andarivel de la magia. Se puede advertir que el ambicioso objeto de su trabajo como directora resulta inversamente proporcional a la humildad de su enfoque. Muñoz se atiene tanto al acontecimiento Gilda que la resucita, la devuelve al presente junto con esa atmósfera enriquecida por las tonalidades del ensueño y la tragedia.

La obra de Muñoz no juzga ni explica a la cantante, simplemente la adora. Sí, su cámara adora a Gilda/Natalia con la pasión propia del fan, y eso inflama al film haciéndolo latir con un vértigo que contagia. Esa vena inherente al relato le permite trascender el biopic previsible o el musical oportuno, aun cuando estos compongan una parte inextricable del resultado final. La sala lo corrobora, juntándonos a los curiosos con los devotos. Estos últimos saltan de la butaca, casi a mitad del film, cuando Oreiro arranca “No me arrepiento…” mientras que los analíticos empezamos a tener más trabajo con nosotros mismos que con cualquier otra cosa. ¿Acaso nos gustaría más bailar que pensar? (sedimentos de una experiencia que hace del ver un verse).

Queda claro que en el amplio paneo que la película realiza sobre la vida de Gilda, Muñoz y Oreiro se apropian de algunos de los atributos menos evidentes de Miriam Alejandra Bianchi (Gilda). Una pasión por cantar, dolorosamente detenida en su niñez: ese es el tópico que riega por igual la vida de la cantante y su afortunada versión en el cine. Ahí se fundamentan la tristeza expresiva y la luz de su segundo nacimiento. Son los matices inconfundibles de su rostro y están por demás presentes en la pantalla. Son signos, suavemente polares, que edifican su candidez final y, casi a pesar suyo, facilitan que se la convierta en objeto venerable. La película me lleva a través de esa mutación dulce y difícil que con los materiales de la maestra jardinera agobiada de renuncias, armará un hito comercial y un símbolo masivo. El montaje dispuesto por la directora copia cabalmente la progresión. Sobre la resolución ya madurada de Gilda, la voracidad comercial y publicitaria se potencia y coagula su identidad graficada: la corona de flores, la mirada hacia lo alto, la levedad virginal del color, confirman una calculada insinuación de lo angélico.

Pero al margen de ese abuso, Gilda es también la mujer que ha cruzado la realidad trazando un verdadero surco de heroína. Próxima y palpable, la veo dudar, temer, sentir el fuerte tironeo de culpa familiar. Veo cómo experimenta también el cansancio y la desazón. Ingresa al riñón oculto de la “movida tropical”, peregrina por sus túneles sórdidos y clandestinos, se legitima en el interior de una legalidad paralela y de mayor vigencia, sortea los códigos que rigen en el amplio mundo que la cultura tenida por tal no atiende ni entiende. Sale golpeada y fortalecida, su promoción artística ha nacido entre revólveres y puñales. A la hora del mito, cuando se la quiera postular como ángel de urbano hilado, le sobrará recorrido, tendrá acreditado su propio descenso a los infiernos. Muñoz exprime bien los colores de esta elipse, desarrolla el poder escénico de sus convergencias y contrastes. Un logrado retrato a cargo de Roly Serrano corona el segmento de las oscuridades.

El paso de Gilda es pedregosamente ascencional y dibuja aquella estructura mítica asimilable a las grandes proyecciones de un cielo alternativo. Se acopla con derechos a la iconografía casera que refulge en esa bóveda cercana. Enmarcada de atrevidos azules, guarda una altura que se niega a negarse, sugiere sogas de colgar ropa pendiendo de una pared sin revoque, lomos de cartel anunciando obras pensadas para anunciarse, tinglados de clubes y estrellas de papel plateado en la cima de una escalera.

Es en esta condición de familiaridad y de unción espontánea donde estaciona su vigencia el panteón de unas deidades tiernamente incompletas: El Diego, Deolinda Correa, Andrés Cruz Gil y tantas decisiones de un imaginario escasamente consultado por la usina de ídolos heredables. Esta intimidad comunicativa que los proyecta vive con abundancia en las imágenes que organiza Muñoz. Por mediación de su obra entiendo ahora lo que no entendía, intuyo la probable cifra de Gilda como suceso. No ya la mecánica portadora de una alegría envasada en porciones, sino la encarnación del “derecho a la alegría” justamente entre quienes padecen para alcanzarla, las incansables  y casi planificadas oposiciones de lo inmediato. Esto la vincula lejanamente con el mayor mito popular argentino, cuyo poder icónico todavía despierta fecundas incomodidades. El amparo, la sanación, son hijuelas de ese halo continente. Gilda como hechizo fue mucho más la elección de otros que un fruto de su propia elección. Muñoz sintetiza esta dinámica en una escena bisagra. Canta Gilda en la Unidad Penitenciaria y en un momento, sus manos se encuentran y dialogan con las de los reclusos, se enciende ahí una corriente condenada a la aceleración. Se abre el puente que une el escenario con el santoral. Gilda, en términos clásicos, reconoce allí su destino y comienza a cabalgarlo.

Toti Gimenez, sobreviviente del trágico final en la ruta 12 y última pareja de la cantante, sugiere que ella solía fantasear con hechos inexistentes, que atribuía a ciertos encadenamientos de su vida un carácter mágico, sostiene en definitiva que la cantante deliraba. Desde la perspectiva ofrecida por el film, bastaría que una ínfima parte de su historia fuera como fue para reconocerle el derecho a leer su propia parábola en claves no convencionales. Poco importa, porque incluso en la faz deficitaria de su saga artística y personal, de seguro y fácil inventario, la excelente dirección de Muñoz y el memorable protagónico de Oreiro, me dejan en ese perplejo punto en el que únicamente la emoción consigue responderle a un testimonio como este, bellísimo por lo desbordadamente  humano.

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3 comentarios el “EN EL CIELO SUPLENTE

  1. Maxi
    24 octubre, 2016

    Excelente nota, exquisita!!!!

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  2. Rosa Liliana
    25 octubre, 2016

    Felicitaciones Román, y gracias por regodearme con un lenguaje tan exquisito.

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  3. Pingback: EN EL CIELO SUPLENTE | ruhlpablo

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Esta entrada fue publicada en 24 octubre, 2016 por en Sin categoría y etiquetada con , .

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