LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

ESTOS HOMBRES QUE ESTÁN SOLOS Y ESPERAN

<Por Pablo Osorio>

Dedicado al director de esta revista, al borde de un ataque de nervios.


red-sun-1971-bynHay algo perfecto en The Magnificent Seven, la nueva y la vieja, esta brisa de perfección la poseen también la parodia de la misma The Ridiculous 6 (2015) y la versión para niños, made in Pixar, A Bug’s Life (1998); aunque si algunos de los films mencionados son caracterizados como vientos, el ojo del huracán se llama Los siete samuráis (1954) dirigida por el sensei y shogun en cine Akira Kurosawa.

La perfección, con mayúscula o con minúscula, en japonés o en inglés, de chistes burdos o para niños, creo yo, está construida en lo compacto y conciso de su estructura, en la simpleza de su propuesta que, con la precisión de un mecanismo de relojería, funciona de la siguiente forma: “Se toman siete tipos, siete outsiders, que no tengan nada que perder y, porque no tienen nada que perder, la casualidad los encuentra luchando por el bien”.

Siempre me llamó la atención que el tic-tac de las películas de samuráis encajara con tanto arte y comodidad en el western. Varios nombres conjugan una confirmación de los que acabo de decir: Por un puñado de dólares (1964) de Sergio Leone, remake de Yojimbo (1961) de Kurosawa; Blind Justice (Richard Spence, 1994) remake de Fight, Zatoichi, Fight (Kenji Misumi, 1964). Que elementos de una cultura, de un subgénero completo, pasen con tanto acomodo a otra, a otro, no puede ser sólo por malabarismo y esgrima de director, guionistas y actores. No, debe haber algo más, un hilo que une los vasos comunicantes, un pegamento, el que abre el camino y, ya que está, lo pavimenta, el tipo social que pone el cuerpo, que es puro cuerpo, incluso el mismo cuerpo. Ya sé, un historiador, un geógrafo, un antropólogo dirán: este pibe es un salame, mirá la gilada que dice. No va a ser ni la primera ni la última vez. Quiero decir que son lo mismo, sujetos que transitan y de transición. Piénsese en los comienzos y finales de ambos tipos de films. Los cowboys y samuráis llegan y se van de los pueblos. Transitan territorios y épocas, encarnan sufriendo la transición de una época a la otra. Los samuráis viven el fin de la era Tokugawa (1600-1868), del feudalismo, y el comienzo de la era Meiji (1868-1912), que significó la entrada a la modernización para el Japón. Los cowboys tienen su antes y después con la Guerra de Secesión (1861-1865), suceso bélico que homogeneizó el sistema económico y propició la rápida industrialización del país del norte, o sea, la modernidad. Tanto samuráis y vaqueros, como vaqueros y samuráis, se muestran siempre como resabios de una época anterior, salvaje o de honor, dependiendo de los valores del personaje.

A tal punto, los personajes son el mismo o son lo mismo que, cuando uno entra en los territorios del otro, no sólo no desentona sino que con lo que sabe y con lo que es, arma flor de equipazo con el local. Recuérdese que Tom Cruise fue El último samurái (Edward Zwick, 2003), Toshiro Mifune asoló el lejano oeste con Charles Bronson en Sol rojo (Terence Young, 1971) y el vaquero interpretado por Josh Hartnett se unió al samurái Yoshi en el obnubilado mundo de Bunraku (Guy Moshe, 2010).

Un samurái argento y el western gaucho

Alguna vez Rodolfo Beban contó que, para preparar el papel de Moreira, Favio le pidió que mire películas de Kurosawa, haciendo especial hincapié en las actuaciones del ya antes evocado Toshiro Mifune. Este dato apenas anecdótico modificó ciertas ideas que me había hecho con respecto a Juan Moreira (1973). Vi con otros ojos los gritos, el andar y el temple del personaje. Visto como un samurái, Moreira me pareció distinto; es más, los mismísimos samuráis me parecieron distintos. Después de todo, los gauchos también son los cuerpos que hacen, quedan y sufren, transitan y son transitados, por la modernidad. Los gauchos fueron los soldados de las batallas por la Independencia, en la disputa entre unitarios y federales y en las campañas que dictaminaron las matanzas de la Conquista del Desierto. No quiero decir que Favio plantee que gaucho y samurái son lo mismo, quiero remarcar que el director vio que uno y otro sujeto comparten demasiado y que uno nos da elementos para entender y construir al otro.

Aballay. El hombre sin miedo (Fernando Spiner, 2011) es una película de vaqueros, una de vaqueros a lo John Ford, pero con gauchos, y los gauchos no la macanean, muy por el contrario lo hacen muy bien, como si ellos mismos fueran cowboys. Puede que lo sean. Es más, todo lo que podríamos atribuir al western, si es que el western es un idioma con sus tiros, villanos, héroes y heroínas, no está en el cuento de Antonio Di Benedetto en el que se basa el film. Y el film, a pesar de recurrir a los lugares comunes del western, no queda como copia sino que habla de lo propio todo el tiempo.

Quizá –y acá dejamos tranquilas a las ciencias humanas– samuráis, cowboys y gauchos no sean lo mismo, aunque el cine los iguale, no en un acto de simplificación ni mucho menos, sino en un acto más complejo de universalización, incluso de despojo y compresión de las diferencias, en un acto de humanidad. Después de todo, el cine queda… y los accidentes de la historia, la lejanía de los continentes y las diferencias étnicas son apenas circunstancias.

Nota relacionada de Álvaro Fuentes

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Esta entrada fue publicada en 31 octubre, 2016 por en Crítica y etiquetada con , , .

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