LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

CINE, RAZÓN, IMAGEN

<Por Roman Ganuza

camisa-bynEn la introducción de su nota sobre la tiranía icónica de las remeras, Álvaro Fuentes Lenci parece solicitar una habilitación del tema que huelga a priori tan solo con apelar al nombre mismo del portal. A propósito de este y del tema que se dispara,  recuerdo una breve euforia juvenil cuando me sedujo la lectura de Arnold Hauser con la fascinante idea de que el primer arte tuvo su origen en el hambre, en la necesidad fisiológica del cazador. Aquel libro me regalaba la explosiva convergencia entre el materialismo más afinado y lo mejor del psicoanálisis: el hombre invocaba al alimento a través de un efecto empático, la magia de la imago (proceso irracional mediado por códigos racionalizables) era quien ostentaba la clave de la vida y dibujar el búfalo prefiguraba o aseguraba su real captura. La necesidad se sublimaba, las ganas de comer promovían la representación. Esta genealogía de la imagen no autorizaba vuelos muy altos y ese fue quizá el motivo por el cual el discípulo más indócil de Freud lo acusaría finalmente de ser un pesimista de la cultura, de considerar vana y accesoria la producción simbólica total de la humanidad. Efectivamente, y pese al opaco tono del fatalismo alumbrado en Viena, yo allí tenía cuando menos la visión del bípedo implume (Unamuno)  como un animal equipado no solo con posibilidades creativas, sino incluso condenado a crear en razón de una originaria ineptitud, una falla genética que le impone para sobrevivir, creer en lo que no existe, y además representarlo, o de representarlo a través de una imagen para procurar que eso exista: mosaicos, dibujos, pinturas, esculturas, arquitectura y toda una historia visual que cobra aceleración copernicana con el cine, serian las hijas no deseadas del error perpetuo. No menos lo recuerdo a Mac Luhan y a su tesis del tránsito de un mundo sonoro a otro visual y la apremiada presunción de un regreso al punto de partida. Tampoco dejaba de asombrarme el prurito semítico oriental respecto al rango de la imagen en la revelación: La iconoclastia bizantina incorporaba algunos aspectos muy atendibles, se preservaba del fetichismo, desconfiaba y temía que el icono pudiera ocultar más de lo que muestra en tren de prevalecer. Por supuesto, estas graves inflexiones sobre la imagen, proferidas generalmente por cabezas mucho más fecundas que la que corona mi torso, me llenaron de preguntas apabullantes. La respuesta previsible y digna de mi ADN fue el diferimiento de la cuestión. Pero ayer leo esta nota y admito que el problema sigue vivo y esperando.

Comparto la preocupación de Álvaro aunque no sufro (por ahora) la acechanza textil que lo acorrala (uso camisas). Sí entiendo que el problema tiene aristas serias y profundas en tanto participo de la vieja y esotérica idea de que la ropa es nuestra segunda piel y dice mucho más sobre nosotros de lo que habitualmente creemos. Las herramientas de identidad servidas o prestadas, instantáneas, no procesadas, reductivas, han cobrado fluidez en un mundo donde disminuye la vocación crítica, eso es muy probable. El recurso a la irracionalidad aparece más desembozado, se torna industrial. Definirse portando una marca de zapatillas, referencias a deportes que uno no practica o lugares que no conoce y en idiomas que no maneja, sugiere una práctica de la indistinción antes que una dramática adhesión alienante. Tal o cual remera están “buenísimas” aunque no se sepa bien por qué, o peor, aunque no importe la razón de las supuestas bondades. Noto que escribo a salvo de hundimientos etimológicos dado que, como se insiste en casi en cualquier lado, razón viene de “logos”, y el “logos”, menos investigado, también significó algo cercano a denominación en aquellos albores donde causa y nombre podían ser confundidos o intercambiables. Gambeteo entonces la inquietante posibilidad de que razonar sea encadenar arbitrarias “denominaciones”.

Y si la búsqueda de “razones” puede, como en el caso de Álvaro, guiar la elección de una prenda, asoma con mucho mas evidencia la presencia de lo racional a ambos lados de la creación cinematográfica. El cine supone e impone, por las condiciones de su discurso, la racionalidad del consumidor, de acuerdo. La nota de referencia esta cruzada por dos direcciones opuestas: atrapa en primer término la suerte descentrada de la imagen-producto y gira luego para contener al cine dentro de las prácticas subjetivas que computan la intervención de lo racional. Vibrantemente quisiera coincidir, pero temo que mi amor por el cine este apremiando la rúbrica.

Desde hace  varios años veo casi una película por día. Tomando en cuenta la expectativa de vida en Argentina, me quedarían – de no mediar imprevistos- unas siete mil jornadas. La cantidad, por suerte, es menor a las películas que aun no he visto. Tengo asegurada para mi vejez – si no quedo definitivamente excluido del consumo eléctrico-  una maravillosa diversidad. Venero los filmes de Cukor, de Huston, de Dmitryk, de Nicholas Ray, de Visconti,  de Dassin, de Cacoyannis, de Sorrentino, de Favio. He visto mecánicamente casi todo lo que hicieron Katarine Hepburn, Ingrid, Bergman, Anna Magnani, Jeanne Moraeu, Melina Mercuri y ya ando detrás de Glenda Jackson. Tengo un cuadro con una imagen de Marcello Mastroianni cruzando alguna calle de Roma que nunca deja de emocionarme. He memorizado el guión de diálogos de “El Padrino”, he visto “Grand Prix” de John Frankenheimer más de diez veces y sé que la última no ha sido tal (invariablemente me acongoja el accidente de Yves Montand en Monza). Vería infinitamente “Azul profundo” de Besson. Recientemente, mientras intentaba escribir sobre “Persona” de Bergman como alegoría del no ser, creí conseguir para mi suegra la trilogía “Sissi” de Ernst Marischka, producto edulcorado hasta lo siniestro que presenta al rutilante matrimonio del último Habsburgo en clave de Disneylandia. Pensé que solo prendería el proyector para que ella y mi mujer lo vieran y sin embargo no pude retirarme. Quedé prendado al boato austrohúngaro con sus luminosos rojos y blancos, a los dorados barrocos del palacio de Schoenbrunn, a la góndola imperial cruzando los canales de Venecia, a las fiestas húngaras con sus danzas agitadas, a la juventud de Romy Schneider, los bosques de Baviera, las lúcidas cabalgatas de la indómita Wittelsbach y todos los detalles escénicos de una superproducción clásica. Vi “Motin a Bordo”, de Lewis Milestone, tan solo para espiar, si fuera posible, los inicios del romance entre el monstruo sagrado (Brando) y la bella Tarita de Tahití. Encuentro interesante casi todo lo que esté filmado y ridículamente, apoyo mi consuelo en Leibnitz, para quien no había texto que no tuviera algún encanto.

En los párrafos anteriores he confesado todo esto especialmente frente a mí mismo. He tratado con ello de adquirir algo de pudor y de prudencia a la hora de enrolarme, siguiendo mis deseos, en el lado racional de la frontera trazada por Álvaro Fuentes Lenci.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 15 febrero, 2017 por en Crítica y etiquetada con , .

SECCIONES

Introducí tu dirección de correo electrónico para seguir esta revista virtual y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

EQUIPO DE TRABAJO

Director:
Álvaro Fuentes
Escribas:
Ezequiel Iván Duarte
Mariano Vázquez
Francisco Goin
Gustavo Provitina
Alejandro Noviski
Pablo Ceccarelli
Álvaro Bretal
Giuliana Nocelli
Juan Jorge Michel Fariña
Pablo Osorio
Morena Goñi

Redes sociales

A %d blogueros les gusta esto: