LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LA MUJER QUE NOS DEBÍAN

<Por Roman Ganuza>

jackie-1 bynEternizado su drama por aquella filmación providencial y casera de Abraham Zapruder, Jacqueline Lee Bouvier lucía en la funesta mañana de Dallas un llamativo traje de dos piezas de paño en color rosado. Eso la distinguía nítidamente cuando, espantada por los disparos que destrozaban a su marido, intentaba un confuso movimiento sobre la parte trasera de la limusina presidencial. Son imágenes que aventajan al cine, ya que ostentan la vibrante crudeza del documento. Hartamente difundidas, no pierden nunca su sino rotundo e inapelable.

Jackie, el fuerte film de Pablo Larraín, nos despierta en el interior de la publicitada tragedia y lo hace reteniendo la atmósfera de terror y sorpresa que irradia la filmación de Zapruder. Nos ingresa en lo no contado de lo muy sabido y recorre magistralmente ese túnel torpe y profano de los sucesos que le siguieron inmediatamente al magnicidio. Este reverso narrativo de la tremenda jornada completa un lugar pendiente. Resulta oportuno y artísticamente necesario, se trata de algo que faltaba hacer. Expone los latigazos de sangre coagulada sobre la pollera y el rostro de la mujer que, de Dallas a Washington, viaja barruntando el explosivo vuelco de su suerte.

Lo que vemos allí nos inclina a recortar un protagónico superior al propio film. Pero sería una visión corta, porque la imponente construcción de Natalie Portman apoya su solidez en un guion excelente, pleno de ritmo e inteligencia, con diálogos exactos y a veces resonantes, y en un director que obtiene el mayor provecho de esta afortunada reunión de elementos. Increíblemente, el singular rostro de Portman logra sostener, de punta a punta, tres significados centrales y simultáneos: Una perplejidad frente al vaciamiento abrupto, con su aplastante novedad de que el poder no está totalmente donde parece y que esto se aprende a balazos; un orgullo radicalmente desafiado por las circunstancias, donde comienza a desovillarse la demorada incomodidad con los códigos del clan Kennedy; y finalmente, una íntima desolación, sutilmente doble, por asistir al final de algo que quizá no existía (la pareja presidencial era una prolongada impostura).

Una entrevista concedida en Georgetawn, a una Jackie ya  endurecida por la desconfianza, es el pretexto del director chileno para desplegar el flashback que estructura al film mediante una cascada de tiempos y perfiles. Con acierto, Larraín convoca el almibarado debut de la flamante primera dama, primer paso de la exposición que convierte a todo el fenómeno Kennedy en un producto que irá quedando fuera del control de sus miembros. Con una naturalidad laboriosa, Jackie muestra a sus compatriotas la residencia presidencial, habla de muebles y decoraciones. Libre de aprehensiones que pudieron serle útiles y saludables, alude con devoción a la fantasmal presencia de Lincoln entre esas mismas paredes. Es 1961, y ella debe consolidar la confianza pública capaz de traducirse en votos. El pueblo visita el interior de su templo regente, guiada por una seducción plena de cálculo. Es ya el tiempo de lo masivo, de los hechiceros televisados. Mostrar es indispensable para ganar y no menos para ocultar. Jackie Kennedy, más propiamente elegante que bella, más prolija que espontánea y más altiva que digna, ingresa electrónicamente a los hogares americanos, los enternece con sobrias anécdotas sobre embarazos y trivialidades de una formación conyugal diseñada hacia afuera. Hay guerra fría, hay tensión continental atómica, hay sombrías proyecciones desde el Caribe, hay tropas peligrando en el vientre vietnamita, pero una feminizada paz hogareña campea en el segundo piso de la casa blanca. Jackie es el artífice de esa dulzura insolente. Dos años después, la funcional sonrisa se ha esfumado. Jackie se desespera uniendo en su regazo los trozos de su marido. Comienza a masticar un dolor que se debate entre la pérdida personal y la derrota política. El asesinato implica una retirada de la adictiva arena donde el matrimonio supo pelear, ganar, y subsidiariamente, fingir. Ahora debe decidir sobre el funeral, debe hablarle a los hijos, debe soportar la forzada adustez del ávido reemplazante, debe  buscar una casa y debe llevarse de Washington lo poco que le queda. Pero fundamentalmente, debe enfrentar la extraña refracción de la muerte sobre el ejercicio incesante de una ficción. O, de otro modo, debe verificar cierto fracaso de la muerte, cierta inhabilidad para empujar la restauración de la verdad: “… en algún  punto  perdí el hilo, dejé de distinguir qué era lo real y qué era lo actuado…”  le hace decir a la protagonista un guión justicieramente premiado. Y es en este segmento donde el film delata la perspectiva de Larraín. Jackie ocupa ambas caras de un mismo estigma que bien la arroja a la gloria como a la tragedia. Esto se sincera en lo fenomenal de su viudez, en la desproporción de un funeral con estilo de campaña que no consigue esconder su vocación de asaltar la memoria.

Oliver Stone (JFK) habilitó un vuelo heroico para Kennedy en una película que supo o necesitó omitir a Jackie. Lee Thompson, en El magnate griego, capturó la cómoda jubilación política de la mujer que agregaba el Onassis a la celebridad alargada de su nombre. Larraín, en cambio, eligió moverse en una zona espinosa, que decanta dudas en la protagonista y en el espectador respecto al sedimento final del kennedismo. El director chileno reflejó desde la alcoba las pobrezas silenciadas bajo aquella forma de sueño épico que se potencia gracias a la cruel interrupción organizada por la intolerancia. Pero también le abrió las puertas al arco de sus posibles, pese a no pocas sombras de oportunismo y ambivalencia. Resumió esta visión en una exquisita escena: Asida al inquebrantable catolicismo del clan, Jackie intenta la purga espiritual y su confesor la invita a consolarse imaginando la posibilidad de que las proclamas políticamente audaces de la presidencia que ella acompañó devotamente, aunque hayan alcanzado su maduración en la fragua de la ambición personal, sabrían desprenderse de ese absorbente drama político para perdurar por sus propias virtudes, pero sin dejar de requerir para ello el sacrificio definitivo de unos protagonistas inusualmente celosos.

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Esta entrada fue publicada en 20 marzo, 2017 por en Estrenos y etiquetada con , , , .

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