LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

ALBERT PINKHAM RYDER, PINTOR DE OSCURIDADES

<Por Francisco Goin>

Albert. P. RyderLa primera mirada a las pinturas de Albert Pinkham Ryder suele ser desconcertante. Uno no entiende por qué se detiene, una y otra vez, en esas masas informes de colores apagados, oscuros y de tonos homogéneos. Las formas de Ryder son imprecisas, de un modo que cuesta entender dónde termina una y dónde comienza la otra. Los fondos son silenciosos e insondables. Sus cuadros son pequeños y de proporciones extrañas. Las pinturas son frecuentemente alegóricas o remiten a un mundo de sueños, mitos o literaturas lejanas. Hay una impronta religiosa en su obra, en la que el tema de la muerte es frecuente.

Albert Pinkham Ryder vivió setenta años, entre 1847 y 1917. Su cuerpo está enterrado en el lugar donde nació: New Bedford, Massachussets, sobre las costas de Nueva Inglaterra en los EEUU.  De joven participó en la Guerra de Secesión estadounidense; poco después abrió un restaurante, luego fue dueño de un hotel. Viajó cuatro veces a Europa en donde pudo admirar el realismo francés de la Escuela de Barbizon y el realismo holandés de la Escuela de La Haya. Sus pinturas, sin embargo, poco tienen de realistas. Ryder cultivó fama de hombre excéntrico, solitario y taciturno. Los cuartos en donde vivía eran famosos por la suciedad y el desorden. Nunca se casó y tuvo pocos amigos. Entre 1880 y 1900 produjo obras que aún perduran en la memoria del Arte. Se calcula que pintó alrededor de 160 cuadros, si bien las falsificaciones de su obra superan el millar. Nunca firmó ni fechó sus pinturas. Se le adjudica haber sido el pionero del Modernismo norteamericano; sus obras suelen ser catalogadas dentro del Tonalismo, como también del Simbolismo.

El estilo pictórico de Ryder suele ser calificado como único. Se caracterizaba por la aplicación de manos superpuestas de óleo frecuentemente alternadas con barniz. A veces aplicaba cera de velas o alcohol sobre la superficie de los lienzos. Pintaba y repintaba sus obras; a veces volvía a pintar sobre la capa previa aún húmeda. El resultado es que sus pinturas eran altamente inestables: con el tiempo se oscurecieron y craquelaron de un modo tal que poco tenían que ver con la obra original. Esto ocurrió en vida del artista, quien pasó sus últimos años intentando repintar sus trabajos. Lo notable del caso es que sus obras eran de por sí oscuras y de límites difusos: como consecuencia de una infección ocular en la niñez, Ryder no soportaba las luces brillantes y no percibía los detalles.

Los temas pictóricos de Ryder abundan en establos, bosques, roquedales, escenas marinas, caballos y vacas. Sus marinas son extrañas en el sentido de que no respetan el formato tradicional del género (horizontalmente alargado). Sus pinturas refieren a momentos crepusculares o nocturnos. Las escenas son mágicas, literarias, taciturnas, quietas, sosegadas. Alexander Elliot, el editor de arte de la revista Time, lo consideraba el pintor lírico más importante nacido en su país. Dijo de su obra: “Sus pinturas evocan no el golpe de la revelación, sino el sentimiento de los niños que se sienten perdidos y vueltos a encontrar en un mundo extraño y deífico“.

El patio de la granja“El patio de la granja” (1874), una obra temprana, muestra una escena casi íntima: un caballo atado a un carro, un gallo, tres pollos y posiblemente un pato subido a un carro abandonado en la parte de atrás de una casa que linda con un establo. El cielo nos muestra la luz de la tarde, que impacta su claridad sobre la casa. El caballo está quieto, el gallo expectante. Algo podría ocurrir, o no, en la puerta de la casa. La extraña quietud de la escena evoca momentos de la infancia.

Espíritu del Otoño“Espíritu del Otoño” (1875) es una de sus obras más pequeñas (13 centímetros de ancho). Vemos a una figura femenina en el claro de un bosque. La figura tiene la cabeza reclinada, en actitud reflexiva; se adivina una mano sobre su pecho. Los hombros están cubiertos por una chalina oscura; el resto de su cuerpo está cubierto por un vestido blanco. Adivinamos una actitud de aceptación de lo inexorable, lo irreversible del tiempo.

El viejo molino“El viejo molino bajo la luz de la luna” (1885) no permite apreciar con claridad el paisaje. Las aspas de un molino dominan la mitad inferior de la imagen; la luna, baja en el cielo, se ubica casi en el centro. Al fondo se adivinan unos cerros; entre ellos y el molino podría haber una lengua de mar, un lago o un campo de cultivo. La escena parece salida de un sueño; la sensación es de angustia.

Luz de luna“Luz de luna” (1887) muestra una pequeña lancha de madera, posiblemente de pesca, sobre las aguas agitadas del mar en la noche. La lancha se agita en el oleaje; la vela cuelga, casi desprendida. Dos hombres se inclinan sobre un costado de la lancha, posiblemente en actitud de recoger las redes. Por delante y por detrás de la lancha, una luz pálida tiñe el océano.

En el establo“En el establo” (1900) nos muestra a dos caballos junto a unos postes, mientras un hombre inclinado vierte pienso sobre el suelo donde caminan un gallo, una gallina y cinco pollitos. La pintura es oscura; lo único que se distingue con claridad es el caballo blanco. A su izquierda apenas se adivina un caballo zaino. La escena es quieta y reposada. Cada cual está en lo suyo, excepto los caballos: sin que podamos ver sus ojos, sabemos que se están mirando; podría incluso decirse que conversan.

Pegaso despegando“Pegaso despegando” (1901) nos muestra un paisaje difuso. El caballo alado, montado tal vez por Perseo, tal vez por Belerofonte, aparece en actitud de tomar vuelo mientras dos figuras femeninas lo observan, estáticas. El fondo, por el contrario vibra extrañamente. Trazos violentos de tonalidades blancas sugieren un oleaje al fondo; el cielo es rosado, sucio, como grumoso. La escena provoca extrañamiento y melancolía. Varias cosas se evocan en esta imagen: el tiempo y su pérdida, los afanes del hombre y el lado misterioso de los mitos.

El estanqueEn “El estanque” (sin fecha) se nos deja entrever la eternidad. Un paisaje plácido sin otros personajes que unos pocos árboles flanqueando una pequeña laguna. El fondo es difuso y de tonos rojizos. El cielo acompaña con tonalidades grises contrastando con el ocre de la tierra. El estanque está ahí, quieto y sin memoria, perdido en algún lugar del Cosmos.

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Esta entrada fue publicada en 22 mayo, 2017 por en Ensayo y etiquetada con , , .

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