LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

SAM SHEPARD, COMO SI ESTUVIERA EN EL MUNDO DE LOS VIVOS

<Por Gustavo Provitina>

El autor hace un homenaje al dramaturgo norteamericano, luego de su partida física, y con sus palabras lo retiene entre nosotros.

Sam Shepard ByN

Amy, el personaje de Al Norte, una de las creaciones de Sam Shepard que acaso debamos visitar con mayor frecuencia, murmura en la soledad de su angustia: Haz como si todavía estuvieras en el mundo de los vivos. Shepard murió en su casa de Kentucky pero su obra se resiste a confirmar ese dato. Sam está de pie en el mundo de los vivos a pesar de las lápidas, las necrológicas y los titulares de los diarios del mundo que con absoluta propiedad informan su muerte a los 73 años. Shepard está, para nosotros que crecimos a la luz de su imaginario torrencial, en un estado intermedio al igual que Eamon, el protagonista de Lengua Silenciosa, se encuentra con un pie en cada mundo.

Los personajes de Shepard se debaten entre lo tangible y lo imaginario, tropiezan con los delirios de sus vanos impulsos que tensionan la cuerda de las pulsiones animales en beneficio de la sublimación civilizada. La locura siempre es alarmante dice una voz sufriente en No era Proust. Shepard era un experto en desencarnar voces, en hacer flotar las limitaciones emocionales de sus criaturas superadas por el solipsismo de la angustia como sucede en Los gatos de Betty o en Viviendo según el cartel. Su escritura define la herencia de múltiples tradiciones cuyo arco se extiende desde el legado de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX hasta los referentes ineluctables de la literatura europea. La figura de Shepard, sin embargo, remite a la generación beat. El eco de Kerouac parece resonar en el merodear frenético de esas criaturas tristes, insatisfechas, renuentes a salir del hoyo donde se consumen sus vidas. Travis (¿por qué no llamarlo “travel”?), el personaje de Paris-Texas, constituye un ejemplo palmario de ese deambular entre fronteras bajo el peso salvaje de las frustraciones. ¿De dónde viene Travis al comienzo de la película de Wim Wenders? Del infierno. ¿Adónde vuelve una vez cumplida su misión? Al infierno. El tránsito entre dos dimensiones del infierno es la huella visible de Travis empecinado, por una vez al menos, en hacer lo correcto.  Wenders refiriéndose a la calidad del guión de Shepard dijo: era algo más grande de lo que nunca imaginé. Tomando esa frase del realizador alemán podríamos agregar que la grandeza de ese texto brilla aún más en los intersticios de lo que no se muestra. La dinámica interna de esa escritura produce un efecto hipnótico que traspasa la pantalla y busca su lugar en la conciencia del espectador. Wenders declaró: La historia nos arrastraba como si fuera un torrente. La sensación de ser arrastrados por ese caudal de incertidumbres bloquea, a la par, toda posibilidad de juzgar las elecciones morales de los personajes. Shepard se encarga de disipar esa tendencia al explorar las motivaciones psicológicas y existenciales de esos seres atravesados por la vida otorgándoles razones que la razón desconoce, como hubiera dicho Pascal. El deseo de Travis para ocultarse de su propia derrota era: perderse en un vasto país donde nadie le conociera.  Huir es lo único que sabe hacer porque no logra sostener las relaciones.


Shepard ha sido, probablemente, el mejor exponente de su generación en esa difícil tarea que consiste en transformar la literatura en grafía audiovisual. Leemos sus cuentos y hasta sus obras de teatro como si fueran películas.


La metáfora del viaje como eufemismo de la muerte parece redundante tratándose de Shepard. Las criaturas del autor de Paris-Texas se desplazan por carreteras hostiles y muchas de ellas comparten el mismo plumaje que Dean, el personaje de On the road, la ya mítica novela de Kerouac.  Entrar en el mundo de Shepard es reptar entre las huellas de destinos inestables. Los relatos que ratifican esa imagen quien los ha leído no los olvida: Coalinga a mitad de camino, El ojo parpadeante y tantos otros, pero no es el propósito de este escrito proponer un catálogo. Shepard ha sido, probablemente, el mejor exponente de su generación en esa difícil tarea que consiste en transformar la literatura en grafía audiovisual. Leemos sus cuentos y hasta sus obras de teatro como si fueran películas. El punto de partida de la solidez de sus planteos superaba el dominio de las tensiones dramáticas y el arte de la composición y se instalaba en una dimensión todavía más profunda: la estilización de la vida misma, su precisión para modelarla en términos poéticos sin afectar la apariencia de realidad que aprendió de sus pares: Hemingway, Faulkner, Miller, Salinger, Carver y tantos otros.

El párrafo final de este retrato inconcluso de Shepard no podía eludir la cita de uno de sus monólogos ya que la primera persona era la distancia óptima para su cáustica manera de esculpir la soledad humana. Imagino a Shepard del otro lado de la vida, en el espacio sin tiempo, diciéndonos esta frase que cierra uno de sus mejores cuentos: No tengo idea de en qué ciudad estoy. No importa. Tampoco tengo ni idea de a qué ciudad voy. No tengo planes…

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Esta entrada fue publicada el 1 agosto, 2017 por en Ensayo.

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