LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

LOS MONSTRUOS ARBITRARIOS. SOBRE COLOSSAL, DE NACHO VIGALONDO

<Por Álvaro Bretal>

El autor analiza pormenorizadamente pros y contras de la cuarta película, lindera entre el mainstream y la rareza, del realizador español.

Los monstruos arbitrarios ByN

Colossal, el cuarto largometraje del español Nacho Vigalondo, cuenta la historia de Gloria (Anne Hathaway), una treintañera amante de las fiestas y con problemas de alcoholismo que es abandonada por su novio, se muda de Nueva York a su pueblo natal y allí descubre, mientras intenta rehacer su vida, que cada vez que va a determinada hora de la mañana a cierto parque de juegos, en Seúl cobra vida un monstruo gigantesco que replica todos y cada uno de sus movimientos. ¿Suena ridículo? Así es. Pero eso no es un problema en sí mismo. El mayor logro de Vigalondo –también guionista– es, justamente, introducir una premisa fantástica absurda, jamás explicada, y mixturarla con la comedia romántica que, en definitiva –al menos durante su primera mitad–, Colossal efectivamente es.

La idea de introducir lo fantástico en la vida cotidiana no es nueva en el cine de Vigalondo. Ya sus primeros cortos entraban en una categoría que podríamos llamar ciencia ficción ultrarrealista, donde lo sobrenatural, futurista o extraterrestre se ocultaba detrás de fachadas demasiado normales. Por ejemplo, en la trilogía Código 7 (2002) un joven aburridísimo se levanta y prepara café como todos los días mientras una voz en off nos explica que, en realidad, el personaje está viviendo en una realidad virtual y es “Palmer Eldrich, el aventurero más valiente y poderoso de la galaxia”, atrapado en la fortaleza del Emperador Mechon en Urano, en el siglo XXV. La cantidad de planos utilizada es mínima y, por supuesto, brillan por su ausencia los efectos especiales: escuchamos la fascinante historia de Eldrich, pero solamente vemos a un tipo preparándose un café en la cocinita de su departamento. En aquellas primeras obras Vigalondo se interesaba por construir tensión y relatos fantásticos haciendo un uso virtuoso de sus poquísimos recursos. Eran, ciertamente, el triunfo de la imaginación. Con el tiempo, sin embargo, el cineasta fue contando con más y más presupuesto. ¿Qué hacer ahora, con tanto dinero y tantas opciones?

Las preocupaciones temáticas de Vigalondo no variaron demasiado en estos años. En sus tres largos anteriores también filmó aventuras llenas de acción en espacios reducidos; desde el interesante debut Los cronocrímenes (2007), un relato de viajes en el tiempo que transcurría en una casa de campo y sus alrededores, hasta la floja Open Windows (2014), su primer film en inglés, una historia de crímenes, secuestros y tortura narrada exclusivamente a través de la pantalla de una computadora. En Colossal sigue jugando con esta idea: los movimientos de un monstruo de dimensiones godzilleanas (el cineasta tuvo conflictos legales con Toho, la compañía que posee los derechos del personaje, por anunciar al proyecto como “la película más barata de Godzilla de la historia”) y de un robot tipo Mazinger, que están destruyendo la capital de Corea del Sur –provocando, obviamente, la muerte de cientos de personas–, son controlados por dos treintañeros en un pueblito ficticio de Estados Unidos llamado Mainhead.


La idea de introducir lo fantástico en la vida cotidiana no es nueva en el cine de Vigalondo. Ya sus primeros cortos entraban en una categoría que podríamos llamar ciencia ficción ultrarrealista, donde lo sobrenatural, futurista o extraterrestre se ocultaba detrás de fachadas demasiado normales.


La vida de Gloria es puro caos. Abandonada por su novio inglés, decide volver a su pueblo natal, donde no tiene amigos ni familiares. Sus padres están de viaje, y es el reencuentro casual con Oscar (Jason Sudeikis), un viejo amigo de la primaria y actual dueño de un bar, lo que le sirve para generar un nuevo circuito de vínculos afectivos. Oscar, soltero aparentemente adorable, le ofrece a Gloria un trabajo en el bar. ¿La consecuencia? Largas noches de cerveza y charlas, post cierre del local, con él y sus dos amigos Garth y Joel. El interés amoroso de Oscar por Gloria y el interés sexual de Gloria por Joel dan pie a un conflicto que terminará presentando el peor rostro de Oscar, y es este cambio de tono –de comedia romántica con una veta fantástica a drama sobre un acosador obsesionado– lo que resulta realmente inverosímil y problemático para Colossal.

El verosímil, está claro, no es una preocupación central de Vigalondo. El simple hecho de que el pueblo tenga un nombre tan absurdo como Mayhem sugiere que la narración es, en cierta medida, un juego de referencias y humoradas y, para disfrutarla, es necesario dejar de lado muchos cómos y porqués. No está mal. En una época en que son tan respetados los guiones ultraexplicativos (a nivel físico, psicológico, sociológico), Colossal se despreocupa de todo eso y se dedica a sorprenderse por los acontecimientos absurdos mientras va cruzando géneros y desarrollando a sus personajes. El inconveniente aparece, justamente, cuando los que tambalean y se vuelven poco creíbles son los propios personajes. Apenas la película termina de instalarse en un tono despreocupado y amigable el guión pega un volantazo. Esto sirve para sacarle más jugo a los monstruos coreanos: el enfrentamiento entre Gloria y el ahora peligroso Oscar se convierte en una lucha entre los bichos que representa cada uno. El nuevo Oscar, de tan malo, amenaza constantemente con usar su poder para asesinar seulenses, y Gloria es la única que puede detenerlo. A la comedia romántica, la fantasía y el drama sobre un acosador obsesionado hay que sumarle, ahora, un duelo final al típico estilo kaiju.

De alguna forma se vuelve necesario justificar ese cambio radical en el personaje de Sudaikis y resulta, entonces, que en realidad siempre había sido malvado y obsesivo. En un flashback que es lo más cercano que tenemos a una explicación, vemos a Gloria y Oscar de pequeños yendo a la escuela; cuando una ráfaga de viento se lleva una maqueta de Seúl hecha por Gloria, Oscar va a buscarla y, en un ataque de furia, la destroza a pisotones. Justo en ese momento cae un rayo y, así, quedan mágicamente “explicadas” tres cosas: la maldad de Oscar, la existencia de los monstruos y un llamativo tic de Gloria que consiste en tocarse la cabeza con bastante frecuencia. La decisión del flashback resulta llamativa porque, ciertamente, no aporta nada en términos narrativos. Pero el punto es que en Colossal se confunden dos tipos de absurdo. Uno, el del acontecimiento mágico que genera monstruos en Corea del Sur, no necesita ser explicado, sencillamente porque funciona y es, en cierto modo, la piedra angular de la lógica ridícula de la película. El otro es un volantazo psicológico que desestabiliza y quiebra un relato que hasta ese momento era ligero y disfrutable.

Como si una comedia fantástica no fuera suficiente, o como si siempre fuera necesario llevar las cosas un poco más allá, Vigalondo cae en la tentación de arrastrar a su guión –un poco, tampoco demasiado– hacia los terrenos de la grandilocuencia. Ese es el mayor inconveniente de su cine desde Los cronocrímenes: con más dinero y más minutos de metraje, el español parte de ideas ingeniosas (juegos temporales, reflexiones sobre la narración cinematográfica, uso inteligente de espacios acotados) pero termina perdiendo el control. Se entrega al cine industrial pero no parece tener un dominio total de aquello que lo vuelve, cada tanto, fascinante. Hay, sin embargo, algo positivo: Vigalondo es un director en constante búsqueda y, en ese sentido, da la impresión de que va a seguir ofreciendo ideas ingeniosas e infrecuentes en el mainstream norteamericano (Colossal es una rareza desde el trailer; se vende como una película especial y, en muchos sentidos, lo es). Sería bueno que esa fascinación por lo absurdo estuviera acompañada por personajes más sólidos y relaciones humanas verosímiles. Todos los géneros tienen su lógica y, así como Vigalondo aprendió desde temprano la dinámica del género fantástico para alterarla y jugar con ella, es una pena que en Colossal la comedia sea interrumpida abruptamente a la hora de película, quebrándose un ritmo que venía siendo encantador.

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Esta entrada fue publicada el 14 agosto, 2017 por en Crítica.

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