LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

MANN POR VISCONTI: UNA EMBRIAGUEZ DEL ALEJAMIENTO

<Por Roman Ganuza>

El autor bucea las profundidades estéticas y filosóficas de la novela de Thomas Mann, que el director italiano llevó a la pantalla, con inusual apego a su espíritu.

muerte-en-venecia

Adán Buenosayres, inagotable personaje de Leopoldo Marechal, en una noche de peregrina indolencia y vino abundante, encara un espinoso surco reflexivo: Se pregunta si el arte no es el punto donde se detiene un proceso o sendero espiritual capaz de sobrevolar al arte mismo o que incluso se encuentra destinado a ello. Sugiere que la resolución estética es esa experiencia que si en origen ha sabido desprenderse y ha consumido fuego liberador, no ha querido ir más allá de la propia complacencia. Como un gesto retentivo del operador que ha sufrido el proceso creativo por la incertidumbre, por la acechanza de la infecundidad, o por unos primeros productos que no se acercan a lo esperado, pero sin dejar de apostar a satisfacciones personales de rara intensidad si su obra consigue confirmar estilo. Así late la sospecha, lanzada como pregunta, de que se habría traicionado un mandato, regresando antes de tiempo y sirviéndose de aquello a lo que, en justicia, el oficio del artista debería tributar. En el caso de Thomas Mann, esta pregunta o incisión sobre la presunta nobleza de lo artístico, puede decirse que es omnipresente. Se la ve con fuerza en “Doktor Faustus”, muy sutilmente en “Carlota en Weimar”, pero se vuelve explícita con “La muerte en Venecia”. Aunque coincidentes en desconfiar de la soñada identidad entre ética y estética, la diferencia entre ambos autores es que para Marechal, la coagulación de lo artístico interrumpe algún tipo de elevación, mientras que para Mann, autoproclamado “escritor burgués de la decadencia” y por lo tanto bastante huérfano de cielo, lo que la pulsión artística conlleva, por fuera de sus pretextos, es una índole disolvente, de prescindencia moral. El arte sería entonces una especie de dique, con lo que estaría ocultando tanto o más de lo que presume mostrar. El personaje de Gustav Von Aschenbach -eco indudable del propio Mann- a propósito de la dirección que toma la sensibilidad artística, alude más de una vez al carácter “ilícito” de la misma. Tiende esta expresión desde aquel mundo en retirada al que Mann/Aschenbach proclaman pertenecer y validar casi constitutivamente. De ser el caso, la obra, la producción, tendería a ser siempre desbordada por resultar un inestable compromiso entre la disciplina formadora y el desorden providente. Tal estado de situación, francamente freudiano, asegura muy poco y no deja de remitir a la rica proporción de finales oscuros entre artistas genuinos.


El gran Luchino ha sorteado el coto técnico que la imagen le impone y ha traducido aquella atmósfera general del libro rodeando al personaje con encuadres plenos de sugerencia. Es verdad que ha tenido en el legendario Dirk Bogarde una carnadura altamente sensible, casi un avatar visual del Aschenbach literario.


Aschenbach, el personaje de La muerte en Venecia, asiste al tardío desmoronamiento del arte en tanto soporte individual. O, de otro modo, al descubrimiento desconcertante de que su obra y su quehacer específico, tal vez hayan funcionado como un falso continente. La explosiva necesidad de viajar, de distanciarse, lo lleva de Munich a Venecia en un correlato que también lo desplaza de la escritura vivida como riguroso culto, al obsesivo embelesamiento visual con Tadzio, el misterioso joven que veranea en el mismo hotel al que ha arribado urdiendo este imprevisto escape de sí mismo. El juego de Mann, minuciosamente irónico, apenas se divisa en la formulación del propio Aschenbach respecto a la embriaguez de su giro senescente. Con forzado énfasis, asimila a Tadzio, el adolescente cuya belleza imperativa condensa edades y orientaciones, con aquel peldaño ascensional del Fedro, en el que la consagración a lo bello es informada primeramente a los sentidos. Pero este proceso dentro de Aschenbach, es descripto por Mann de un modo tan perturbador y ambivalente, que la remisión al texto platónico se enturbia. Lo sensual, en esta Venecia decididamente simbólica donde se resumen las ideas de intemporalidad, belleza agónica, añoranza del goce juvenil, podredumbre, malestar y muerte, se resiste a ser un mero vehículo y agita el tormentoso subsuelo del protagonista, amurallándolo en la coartada filosófica. De ese modo la estética -que para Benedetto Croce era la invención romántica de una ciencia de la fantasía- se reincorpora a la antigua unidad primigenia con una fuerza sísmica. Es muy poco lo que queda en pie. El viajar de Aschenbach se vuelve el equivalente de un perderse, una dulcificada toma de distancia. Acomete el olvido de su propia centralidad que, largamente construida, desprende sobre la ciudad de los canales unos últimos y defensivos pliegues. Secretamente expansiva, la fascinación tanática indica el momento radical de la “estética” para este artista en fuga, y así lo intuye entre las compelidas tribulaciones que acompañan su “viaje”: “… ¿no es acaso la nada una forma de perfección?…” Tanto la película como el libro, reflejan un ambiguo y personalizado itinerario de la relación con la belleza, una elipse vuelta sobre el punto de partida, que les confiere a ambas su cualidad exponencial, encabalgada. Visconti ha capturado esa flexión sobre los límites de lo formal que rezuma en toda la novela, pero además ha llegado a la proeza de narrar desde fuera las agudas refracciones que los sucesos promueven en la subjetividad de Aschenbach. La novela misma es un afilado tránsito interior, ya que los demás personajes y lugares revistan más como enclaves simbólicos estructuradores. El gran Luchino ha sorteado el coto técnico que la imagen le impone y ha traducido aquella atmósfera general del libro rodeando al personaje con encuadres plenos de sugerencia. Es verdad que ha tenido en el legendario Dirk Bogarde una carnadura altamente sensible, casi un avatar visual del Aschenbach literario. La afinidad entre el texto y el filme es de naturaleza similar a la existente entre la esencia de lo artístico y ese velado atractivo de morir. Visconti ha entendido sobradamente unas palabras nodales colocadas por Mann en el arranque del texto: “…la insatisfacción es la naturaleza más íntima del talento…”. He ahí la dinámica cuya pervivencia pasará por encima del logro, la serenidad y el prestigio, promoviendo en el protagonista la repentina y ardiente necesidad de una “lejanía”. El relato también connota y circunda la pluralidad erótica que con frecuencia asaltara la propia vida de Thomas Mann. Por su parte Visconti, de quien María Callas aguardó largo tiempo en vano una correspondencia pasional sin entender que la indiferencia del director no era personal sino genérica, tal vez haya tenido su propio Tadzio en el esplendor físico de Helmut Berger, auténtico Adonis del celuloide. Con lo cual, es pensable que el director italiano resultara igualmente cautivo de los tópicos desgranados por la novela, incluso desde ese lugar suyo, más recortado que el del escritor alemán. Estas proximidades, seguramente han sumado para que un texto tan complejo haya sido llevado al cine con asombrosa fidelidad, constituyendo una de las mayores excepciones de la entente literario-cinematográfica. Especialmente por su gen indagatorio y delicadamente confuso, “La Muerte en Venecia” se trepa a la cima de ese mismo arte que Mann y Visconti, aquí convergentes, desnudan por momentos en una empresa de sutil profundidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 31 agosto, 2017 por en Ensayo y etiquetada con , , .

SECCIONES

Introducí tu dirección de correo electrónico para seguir esta revista virtual y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

EQUIPO DE TRABAJO

Director:
Álvaro Fuentes
Escribas:
Ezequiel Iván Duarte
Mariano Vázquez
Francisco Goin
Gustavo Provitina
Alejandro Noviski
Pablo Ceccarelli
Álvaro Bretal
Giuliana Nocelli
Juan Jorge Michel Fariña
Pablo Osorio
Morena Goñi

Redes sociales

A %d blogueros les gusta esto: