LA CUEVA DE CHAUVET

ARTE PRIMIGENIO DE IMAGEN EN MOVIMIENTO

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

<Por Nicolás Alejandro Míguez>

El autor debuta en La Cueva de Chauvet con un análisis puntilloso de la cuarta temporada de Bojack Horseman, una de las series de animación más exitosas de Netflix.

bojack ByN

La nave insignia de la animación de Netflix volvió, y lo hizo en gran forma. El proyecto de Raphael Bob-Waksberg muestra signos de maduración y, lo que en los primeros capítulos parecía una parodia más sobre el mundo de Hollywood, se transformó en una crítica despiadada sobre los bajofondos de la miseria humana, una descripción aguda de la soledad y la tristeza que se esconde bajo la opulencia y la popularidad. El mundo de los animales antropomorfos es un brillante análisis sobre los vínculos cada vez más deshumanizados y deshilachados de nuestra época. En tiempos de influencers y exhibición de lujos por redes, Bojack Horseman viene a describir sardónicamente los claroscuros de la modernidad líquida, los lazos rotos, los fracasos constantes: el lado b de la fama efímera.

Bojack no es una serie más. Cada capítulo parece un fino trabajo de orfebrería, donde la trayectoria de los personajes va formando capas que se superponen y se complejizan. Como en The Wire, la variación del peso de los protagonistas (con sus entradas y salidas) es un recurso para el desarrollo genérico. Las tramas se bifurcan pero en un momento encuentran puntos de conexión. Bojack es el punto de referencia, pero no se encierran en su universo: es una agria alegoría de las relaciones humanas vistas de diferentes formas: la amistad, la pareja, el trabajo, el género. Y con respecto a esto último, vale indicar que una de las características de la serie es la presencia de personajes femeninos fuertes y con rasgos propios: Princess Carolyn (la hiperkinética agente que vive tensionada entre las presiones del trabajo y sus deseos de formar una familia), Diane (la feminista lúcida e irónica que escribe notas relevantes sin lectores), Sarah Lynn (una mezcla tóxica de Lindsay Lohan y Miley Cyrus; una prodigio sexualizada que, cuando llegó el momento del descarte de la industria, desbarrancó). Esta temporada se suman tres: Hollyhock (una niña caballo que va a ser el hilo conductor de los tormentos de Bojack, de su intento constante e inconcluso de transformación), Beatrice (la madre de Bojack, senil y cruel) y Katrina (jefa de campaña —y ex esposa— de Mr Peanutbutter, que hace recordar la brillante interpretación de Lindsay Duncan en el primer capítulo de Black Mirror). Por eso no extraña que la ácida mirada de la actualidad incluya una dosis de feminismo (y el abordaje de temas como la asexualidad y la adopción de homosexuales); el filtro del absurdo se transforma en un filoso mensaje.

Como en nuestro crudo mundo real, la televisión es el marco de las polémicas, es el espacio  de discusión. Todo pasa por ella, desde lo más inocuo a lo más grave. Los analistas no son los implicados, no son los padecientes; sin embargo, son los que hablan, elucubran; la autoridad prestada les permite hablar sin saber. En esta temporada, los guionistas vuelven a subir la apuesta: en el país de la industria militar, de la portación por enmienda constitucional, se preguntan si la tenencia de armas para defensa personal puede ser una consigna feminista (en la anterior, trataron con desparpajo el tema del aborto; la cuestión de la autodeterminación de las mujeres es una constante). Las licencias temáticas permiten hacer una crítica corrosiva de género: la palabra legítima es la del hombre blanco (hay dos escenas memorables: en una cuatro tipos están hablando en una mesa redonda sobre el aborto, en otra un conductor se jacta de poder opinar sobre algo que desconoce por el solo hecho de ser lindo. Si no fueran tan tristemente reales sólo sería anecdótico citarlas). La crítica incluye la misoginia de Bojack (por parte de Hollyhock) y sus “polvos de una noche”.


La televisión es el marco de las polémicas, es el espacio de discusión. Todo pasa por ella, desde lo más inocuo a lo más grave. Los analistas no son los implicados, no son los padecientes. Sin embargo, la autoridad prestada les permite hablar sin saber.


La crítica política está presente: en tiempos de Trump, era evidente que la relación farándula-política iba a pasar por la piedra de los guionistas: Mr Peanutbutter, el bonachón con pocas luces esposo de Diane, va a buscar convertirse en el gobernador del Estado; detrás de él, una jauría de desalmados conservadores huelen el acceso al poder y a los negocios y ponen en marcha una campaña llena de mugre y posverdad. Pero no se quedan ahí. En el medio se cuela el debate sobre el fracking y el modelo de representación política imperante. El desgaste de la figura del político profesional (incluyendo a los que cuentan con éxitos de gestión) en beneficio de las celebridades acompañadas por tecnócratas despiadados, la democracia de los ánimos sociales encuestados, la elección por gustos compartidos, son elementos de la actual cultura política que la serie lleva al absurdo. Pero no mucho: Trump no salió de un repollo.

Con respecto a las interpretaciones, párrafo aparte merece la brillante composición de Will Arnett. Hacer convivir las crisis existenciales con el egocentrismo empedernido sin perder el tono y la empatía es una empresa casi imposible; el atormentado patetismo y la búsqueda infructuosa de redimirse hacen de Bojack un anti-héroe melancólico. El intento de cambiar se vuelve quijotesco: su vida es un castillo de naipes esperando que la tormenta arrecie. La voz de Arnett lo vuelve reflexivo, amargo. Los soliloquios muestran su faceta cruel y triste; los diálogos con la madre senil —que lo confunde con una vieja criada— destilan veneno, retuercen viejas heridas y explican aspectos de la personalidad de Bojack (que se refuerzan con los flashback, datos de su infancia triste y solitaria). Otro punto alto es Amy Sedaris: el crecimiento de Princess Carolyn como un personaje que no sólo está encadenada a Bojack sino que padece sus dificultades de cumplir con sus proyectos se sostiene en el gran trabajo de la actriz. Aaron Paul continúa como en las temporadas anteriores: las entrañables tonterías de Todd (los payasos dentistas en tiempos de remake de It [Eso] son un poco perturbadores) lo atan como personaje; parece ir rezagado en comparación con los demás.

En la parte técnica también hay aciertos (el montaje de inicio de los capítulos son un ejemplo): durante una catarsis de Bojack, un soliloquio cruel y deslenguado, se ven trazos gruesos y discontinuos en un fondo acuoso (como en la etapa primigenia de la animación moderna); antes, se cuenta una anécdota de Todd en un fondo beige con líneas y sombreados negros. Canibalizan los recursos disponibles (aunque la experimentación es marca de fábrica: vale recordar la audacia de prescindir casi por completo de los diálogos en un capítulo), lo que no puede verse como homenaje sino como apropiación creativa. La mejora en la calidad de la imagen congenia con la ampliación de los recursos utilizados y con la musicalización a medida (esta vez no hay una canción representativa, como “Parade” de Kevin Morby). Bojack trabaja en unidad, los efectos de los guiones se refuerzan en una sólida estructura. La serialización y la descentralización del protagonismo beneficiaron la consolidación de la estructura narrativa y la profundidad de la psicología de los personajes. Ahora lo absurdo es la antesala a la estocada: los gags siguen presentes, pero en función de la tensión dramática, de la mueca amarga. La mentalidad meta-textual de los guionistas los lleva al detallismo extremo, con los correspondientes excesos verbales (la cantidad de juegos de palabras es nocivo).

Si buscáramos filiaciones literarias, Bojack Horseman estaría cómodamente en el universo de John Cheever (comparten el gesto de describir el sórdido mundo de máscaras que los alimenta y la ductilidad para la comedia trágica) y en los momentos más absurdos de Raymond Carver (por ejemplo, “Parece una tontería” o “Catedral”). La serie es la expresión de la infelicidad traducida en constantes atracones de consumo, en excesos de alcohol y drogas (ya no hay tantos como en el pasado, porque la progresión de los personajes permite explorar los sinsentidos y las contradicciones), de la búsqueda de respuestas incómodas. Un mundo de lazos débiles, de imposibilidades compartidas, de frustraciones y malas decisiones. Junto con el chiste sutil viene la comprobación amarga de que tenerlo todo a mano no es garantía de felicidad, que el abismo está cerca, que detrás de escena está la vida con sus encrucijadas, que las luces y la pompa pierden sentido cuando el show termina. La vida es una patada en la uretra, dijo Bojack borracho en una entrevista. No para de darse la razón.

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Esta entrada fue publicada en 25 septiembre, 2017 por en Series y etiquetada con , .

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