EL ÁNGEL: L’ENFANT TERRIBLE ARGENTINO

El autor vuelve a hablar de un director que le produce innegable fascinación. Y aprovecha también para dar rienda suelta a su afición de juntar el cine con la psicología.

 

No vi la mayoría de las películas de Luis Ortega. Pero vi Lulú y luego las series que lo llevaron a la fama como director de cine, lo que me habilita para arriesgar la hipótesis de que el hijo de Palito explotó en creatividad con el formato de series. Su momento más alto, desde mi punto de vista: Historia de un clan. Su segundo hito: El marginal (la uno al menos, la dos no la vi).

Lo que hizo en la película El ángel ya lo había visto en Historia de un clan. La atmósfera setentera y el retrato de la locura de uno o varios asesinos, más bien de una banda delictiva organizada en la que sus miembros mantienen relaciones un tanto patológicas entre sí (sexualidades desviadas de lo considerado correcto). Se expone en ambas un esquema de familia en el que existe una configuración edípica fuerte. A diferencia de lo que ocurre en Historia de un clan, en El ángel el lugar del padre lo ocupa, no el padre biológico, sino el padre del amigo de Rodeblo Puch, jefe solo formal de la organización porque el verdadero orientador de las acciones criminales es el propio Robledo. Aunque se puede llevar más allá la hipótesis psicoanalítica y decir que en El ángel hay dos padres: el biológico, que encarna el mandato ético, y el elegido, portador del discurso del mal.

Hay dos escenas que tienen lugar en el baño que tienden un puente entre los dos padres del mal. En una Fanego está sentado en calzoncillos y le dice al ángel que cometió un asesinato. Hay un clima un tanto incestuoso y homosexual. En la otra escena el padre, Awada, está sentado en el inodoro con el miembro marcado en el pantalón. Se complementa con la escena de El ángel en que Robledo conoce al padre del chino Darín y lo primero que llama su atención es un testículo saliendo de su bóxer. El padre es también el portador del falo, símbolo de virilidad y poder supremo. No hay que olvidar la tematización de la madre en la película El ángel, que como los padres está desdoblada, son dos, una moral y otra inmoral. Ambas dispensadoras de amor, uno incondicional, el otro más de orden carnal.

A diferencia de lo que ocurre en Historia de un clan, en El ángel el lugar del padre lo ocupa, no el padre biológico, sino el padre del amigo de Rodeblo Puch, jefe solo formal de la organización porque el verdadero orientador de las acciones criminales es el propio Robledo. Aunque se puede llevar más allá la hipótesis psicoanalítica y decir que en El ángel hay dos padres: el biológico, que encarna el mandato ético, y el elegido, portador del discurso del mal.

Hay otros directores que muestran configuraciones edípicas. Sin dudas Hitchcock, el pionero en esta materia, que como bien dice Zizec en su segundo y tercer período trata los edipos femenino y masculino respectivamente. En películas como La sombra de una duda o Notorius hay mujeres que se debaten entre el amor de dos hombres, uno de ellos representando la imagen paternal, aun sin ser el padre biológico. Generalmente estas figuras son lo que Zizec denomina como “ambiguas”. Portadoras del mal en alguna medida: El tío de la joven Charlie o Alex, el nazi que se casa con Alice. O en Psicosis y Los pájaros, donde es el hombre el que no puede consumar una relación sexual normal por el fuerte superyó materno, que permanentemente impide esa realización.

También se ven configuraciones edípicas en el cine de Dolan, con películas como Mommy y No es más que el fin del mundo. La madre es el núcleo organizador del universo ficcional creado por el director canadiense. El amor que emana hacia sus hijos, la garantía de unidad entre los hermanos, etc. También en la filmografía de David Lynch se encuentran este tipo de tratamientos, como analiza Zizec en su ya célebre documental Guía de cine para pervertidos, mostrando que el norteamericano se centra en la figura paterna autoritaria.

Hay quienes ven en El ángel un hito de calidad en nuestra historia cinematográfica. Yo creo que hay mucho de generacional en todo esto. Cuando fui al cine, la sala estaba colmada de jóvenes. Creo que la película recuerda un poco lo que ocurrió con Tango feroz para mi generación, que estoy un poco más viejo que antes. Nos fascinó y nos marcó. En ambos casos se hablaba de los idílicos setenta. En ambos casos, aunque desde distintos enfoques, de personajes que rompían el orden de “sana” convivencia y moralidad. Aunque hay que reconocer que la película tiene un estilo propio, soberbio diría, que se sirve del humor sardónico, la fotografía, la música, entre otros muchos elementos.

Voy a contar una anécdota final, que sirve de elogio para un histórico crítico de cine de nuestras costas. En cierto BAFICI al que asistí, hace ya algunos años, llegué al hall de un shopping que queda en barrio Recoleta, donde hay varias salas del festival, sin saber qué película ver. Dependía mucho de qué entradas iba a conseguir, ya que siempre se agota todo. Me encontré con Quintín y Flavia e intercambié algunas conversaciones cordiales con ellos. Les pregunté qué me recomendaban ver y no supieron, hasta que les dije que iban a pasar una película argentina llamada Lulú. Quintín me dijo “Ah! Esa es de Luis Ortega”. Su expresión denotaba que no era cualquier director sino uno que prometía y mucho. Su gesto no se equivocaba. Creo que es tan solo el comienzo en la carrera de un grande de la pantalla nacional.

 

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Alvaro Fuentes
Profesor de Filosofía (UNLP). Hace unos años dicta talleres de Cine y Filosofía en espacios de educación formal y no formal. Es editor del libro de análisis cinematográfico “La imagen primigenia, un enfoque multidisciplinar del cine”. Escribe y coordina en La Cueva de Chauvet.

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