BERGMAN: ENTRE EL DOLOR Y LA FURIA

El autor aprovecha el centenario del nacimiento de Ingmar Bergman para analizar los vínculos conflictivos y psicológicamente profundos de algunos personajes fundamentales de la obra del gran cineasta sueco.

 

Carl Ekdahl, uno de los personajes más torturados de la cinematografía de Bergman, humilla a su esposa alemana, Lidia, en una escena cuyo estremecedor efecto proviene de la intención manifiestamente hostil y degradante que nutre a la naturaleza discrepante de este verdugo circunscrito: “¿Sabes por qué te odio tanto, mein liebchen? Eres como un espejo. La amabilidad refleja amabilidad. La mediocridad refleja mediocridad. Veo contorsionarse tu cara. Sufres, pero lo soportas. Esa es la gran diferencia. Yo nunca lo soportaré”. La película es Fanny y Alexander (1982); el actor es Börje Ahlstedt. El efecto catártico de la frase condensa el esquema de relaciones presente en la obra de Bergman. La palabra clave de esa frase es soportar. Esa expresión —“soportar”— soporta la ambigua presión de invitarnos a pensarla en dos niveles: el primero se encuentra en el subsuelo (el cuerpo que sostiene un peso ajeno); el segundo remite a la planta superior (la conciencia incapaz de tolerar el peso propio). Esas coordenadas nos orientan, con ligeras o profundas articulaciones, por el sinuoso entramado de las relaciones humanas, desde Un verano con Mónica hasta Saraband. El que soporta reprime la furia y a la vez acepta el dolor y de esa manera contiene la angustia propia y ajena dentro de los límites de la compasión; el que no soporta libera la furia para rechazar el dolor propio sin medir las perturbadoras consecuencias de semejante descarga en el espejo humano al que se reduce el otro. Carl también soporta, aunque admitirlo constituya un reto imposible para su egoísmo trivial regado con alcohol.

El error consiste en pensar que Lidia soporta a Carl cuando en realidad ambos se sostienen a partir del juego de opuestos que representan. ¿Complementarios? La palabra parece demasiado precisa para un vínculo que, como ha sido usual en Bergman, remite a perfiles renuentes a las definiciones. Un poema de Cortázar lo sintetiza crudamente: “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”. Carl también, para verse no puede apartar su mirada de Lidia; el problema es la negación de su propio reflejo. ¿Qué puede ver Carl, un ególatra con veleidades de genio, en Lidia, una cantante frustrada no menos opaca que una silueta de hormigón? Narciso invertido, el reflejo no conduce a la atracción sino al rechazo. Un rechazo que, paradojalmente, se nutre de una gravitación tortuosa cuyo efecto es la distancia. Carl, para verse, necesita la opacidad de Lidia. Y es en esa ausencia de luz donde reconoce el vacío que lo hunde.

Carl sabe que una aproximación excesiva podría conducir al ahogo o al suicidio (fatídico destino sufrido por el tío de Bergman, también llamado Carl, en el que se inspiró el personaje).

 

En el film documental Liv e Ingmar hay una declaración de Ullmann que revela el lugar ocupado por ella en la díada aludida al comienzo de este artículo (el cuerpo que soporta el dolor en silencio al costo de reprimir la furia; la conciencia que descarga la furia en el otro para liberar el dolor): “por mi seguridad pasé a vivir como él quería, pues así él se sentía seguro”.

 

El pastor Tomas Ericsson en Luz de invierno (1962) también soporta su cruz, pero sin conmiseración. Rechaza con vehemencia el amor de Marta (Ingrid Thulin, en una de sus mayores creaciones), pero necesita humillarla para afirmar su autocastración. La resistencia es un recurso para tolerar la frustración. Carl, Tomas o el Jonas de Secretos de un matrimonio (1973), por citar tres caracteres marcadamente contrastantes, depositan la culpa o el rencor en el otro como un mecanismo de defensa para evitar que esa carga letal se vuelva contra sí mismos. Hay, por supuesto, en ese gesto distintos grados de inmadurez, autoaniquilación, egocentrismo. Sin la descarga neurótica la vida sería un doble infierno para estas criaturas retenidas en el desasosiego. Y así como Tomas necesita expresarle su rechazo a la sufrida señorita Lundberg, ella confirma entre los pliegues de esa hostilidad la certeza de una misión espiritual cercana al sacrificio (decir martirologio produciría un efecto demasiado melodramático). Si el pastor correspondiera al deseo de Marta, la materialización del compromiso amoroso enfrentaría a la señorita Lundberg a un vacío sin atenuantes; lo mismo le sucedería a Tomas si Dios le hablara en un lenguaje en que pudiera escucharlo. La indiferencia de Dios es lo que sustenta, aunque resulte absurdo admitirlo, la fidelidad del pastor a su tarea. La frustración los sostiene de la cuerda del absurdo y es en esa suspensión en la que se soportan para vivir.

El conflicto en Luz de invierno es más profundo y Marta Lundberg lo sabe desde el momento en que confiesa: “Si pudiéramos sentir seguridad para atrevernos a demostrar cariño. Si pudiéramos creer en una verdad. ¡Si pudiéramos creer!”. La rueda de la verdad había perdido su eje alcanzado por el hachazo escrupuloso del existencialismo. El cariño (Marta habla del amor pero le duele) parece condicionado, al menos en esa estructura, por un elemento de orden mental o espiritual anterior a la sangre y ajeno a la razón. ¿A esa creencia se refiere? ¿A la fe? Ella desea a un hombre atormentado por el silencio de Dios, sabe que esa discordancia interna no le impide a Tomas comulgar, celebrar la misa y hablar en nombre de los Santos Evangelios. La palabra se obstina en demostrar la fe necesaria para continuar. En cuanto a la seguridad, acaso sea lícito añadir que es justamente en los matices de la vacilación donde el arco emocional tensa su flecha y la pretensión de toda certeza parece contrariar los impulsos desbocados del deseo.

En el film documental Liv e Ingmar hay una declaración de Ullmann que revela el lugar ocupado por ella en la díada aludida al comienzo de este artículo (el cuerpo que soporta el dolor en silencio al costo de reprimir la furia; la conciencia que descarga la furia en el otro para liberar el dolor): “por mi seguridad pasé a vivir como él quería, pues así él se sentía seguro”. Una seguridad forzada es lo más parecido a una hamaca columpiándose en un precipicio.

En Secretos de un matrimonio Marianne (Ullmann) ejerce el arte de soportar los menoscabos de Jonas (Erland Josephson) apelando a una mordaza: “Ciertas cosas deben vivir en la oscuridad, fuera de la vista”. La inmadurez del planteo parece fraguar el desenlace de la pareja calcado de un dato autobiográfico que Bergman destacó en Linterna mágica: la humillante separación de su esposa Ellen. El silencio es el modo de librarse del lecho de clavos que tanto perturba la salud emocional de Marianne. Lo que la palabra calla lo dice el cuerpo en el idioma categórico de los síntomas. Jonas sale del juego y Marianne debe soportarse. Un soporte necesita de una estructura firme para cumplir su función, un soporte en el aire es un oxímoron. La comprobación de esta reciprocidad vuelve aún más inestables los vínculos, puesto que reconocer al otro como un bien o un mal necesario hace vibrar las paredes de la debilidad y pone en crisis el único recurso posible: la negación.

Entre el dolor y la furia existe la misma distancia que entre la represión o el temor y el pasaje al acto. En las películas de Bergman la furia es la cara visible del dolor, su configuración de iceberg, y nosotros, en tanto espectadores, nos ubicamos en el centro de las tensiones irresueltas con la misma convicción de Grace Paley al afirmar: “siempre he despreciado esa línea recta entre dos puntos”.

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Gustavo Provitina
Es Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Docente en el UNA y en la FBA (UNLP). En 2012 estrenó el largometraje El Sur de Homero en el Fesaalp. Desde 1999 conduce el programa Los misteriosos espejos por LR11 Radio Universidad. En 2013 ganó el primer premio en la categoría ensayo por el libro El Cine-Ensayo de El Fondo Nacional de las Artes. Colaboró en la revista Contratiempo, Todo es Historia, Pichuco, Guregandik y El extranjero. Desde 2009 publica en el blog Contraplano71.

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