BLADE RUNNER 2049: RESPUESTA A UNA PREGUNTA

No podía faltar un análisis de la segunda parte de la famosa película distópica a manos de nuestro especialista en el género que, aventuramos, considera a la de Ridley Scott su película favorita.

 

El título original es Blade Runner 2049; la dirección es de Denis Villeneuve; entre los productores ejecutivos figura Ridley Scott; el guión es de Hampton Fancher y Michael Green; la historia, de Hampton Fancher, está basada (es un decir) en la obra Do Androids Dream of Electric Sheep?, de Philip K. Dick; la música fue realizada por Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch; la fotografía es de Roger Deakins y el montaje de Joe Walker. Entre los protagonistas se destacan Ryan Gosling (el Agente K), Harrison Ford (Deckard), Robin Wright (la Teniente Joshi), Dave Bautista (Sapper Morton), Ana de Armas (Joi), Sylvia Hoeks (Luv), Carla Juri (Ana Stelline) y Jared Leto (Niander Wallace). Dura dos horas 43 minutos, así que vayan al baño antes de entrar. La trama argumental es lo de menos. Nuestra calificación es de ocho puntos sobre diez. Vayan a verla.

Pasaron treinta años desde la pesadilla industrial de la primera Blade Runner. Ahora nos muestran la pesadilla postindustrial de 2049: una sociedad post-apocalíptica que sobrevive luego del “Gran Apagón”, evento que alude a un pulso electromagnético que detuvo los circuitos electrónicos del planeta como consecuencia, se nos da a entender, de algún tipo de conflicto nuclear.

El hormiguero humano es mostrado con crudeza: una Los Angeles superpoblada, gris, sombría, uniforme, con algunas avenidas repugnantes en donde estallan los colores flúo de propagandas aun reconocibles (Sony, Coca Cola), un cielo oscuro y cargado en donde es imposible discernir si es de día o de noche, con el aire enrarecido y lluvias de agua sucia. La Humanidad subsiste en edificios de departamentos minúsculos a los que se accede por escaleras o ascensores repletos de gente que habla en una multilingua incomprensible. Al igual que en la primera Blade Runner, 2049 muestra un sinnúmero de futuros distópicos: el cambio climático bajo la forma de tormentas constantes, el aire enrarecido por el polvo atmosférico (la polución), áreas amenazadas con radiaciones (la guerra), la superpoblación humana, el dominio de las máquinas, basureros infinitos, el contraste entre la pobreza y la riqueza, el consumo alucinado, la comida chatarra, la comunidad humana degradada a un sinnúmero de ghettos.

Hay castas en el mundo de Blade Runner 2049: trillonarios como Niander Wallace, quien salvara al planeta, luego del “Apagón”, gracias a su corporación alimentaria basada en la cría de gusanos proteínicos. En segundo lugar, la marea humana compuesta por personajes mayormente bárbaros, sucios, mal vestidos, mal vividos; sobrevivientes sin causa en un mundo absurdo donde lo que cuenta es, precisamente, sobrevivir. En tercer lugar hay esclavos: niños que vemos desagregando metales en vertederos de basura. Luego vienen los “robots” en variadas manifestaciones, como replicantes y hologramas. La mayor parte de todos ellos se integra en esa pesadilla distópica y automatizada que es Los Angeles. Algunos, sin embargo (humanos, replicantes e híbridos de ambos), se rebelan contra el sistema. Aquí reside la trama de la película, trama que, digámoslo desde ya, es mayormente irrelevante a los efectos del dilema que plantea.

 

En un ensayo previo sugeríamos que la Blade Runner original se preguntaba una cosa solamente: ¿qué nos hace seres humanos? Señalábamos también que la película no daba respuesta alguna. Blade Runner 2049 vuelve a repetir la misma pregunta, y esta vez contesta: nada en particular.

 

El estado es fascista, policial. Agentes de seguridad sobrevuelan la ciudad en vehículos aéreos integrados electrónicamente a la sede del Departamento de Policía de Los Angeles. El agente K recorre el cielo urbano mientras gotas de lluvia cruzan el parabrisas y es difícil distinguir gran cosa, en un exterior que ya ni siquiera da ganas de mirar. La melancolía de K nos impregna desde la primer escena, en la cual lo vemos volando por las granjas de gusanos momentos antes de “retirar” (asesinar) a un replicante de la generación Nexus 8. El agente K es otro replicante, aclaremos; un humanoide (“portapieles” en la jerga) con instrucciones precisas y fidelidad al deber. Es un blade runner, esto es, su misión es retirar a otros replicantes díscolos, ajenos al nuevo orden societario. Su superior es la teniente Joshi, una mujer turbia y lavada que se mantiene a base de whisky y de no pensar demasiado. Joshi desea a K; K prefiere mantener la distancia. En sus ratos de ocio, K se entretiene con Joi, un holograma femenino que hace las veces de mujercita de su casa y lo ama incondicionalmente. Es un programa, claro, pero K le dispensa cierta ternura.

Film noir, Ciberpunk, son términos recurrentes entre los que han opinado sobre esta película bella, triste, determinista y visualmente deslumbrante. La banda sonora acompaña con dignidad aunque por momentos se extraña al Vangelis de la primera Blade Runner. La película (que, repitámoslo, dura dos horas cuarenta y tres minutos) está dividida en dos partes: en la primera se repiten las escenas de Los Angeles y sus suburbios (granjas, basureros); dominan los tonos fríos, los azules, los grises, las sombras, los neones de claridad fantasmagórica. Las escenas que transcurren en la Corporación Wallace no desentonan, si bien allí la atmósfera descarga tonalidades pardas y cobrizas con luces que simulan el movimiento de un oleaje. La segunda parte transcurre inicialmente en una ciudad abandonada en medio del desierto: Las Vegas. La luz varía del dorado al rojizo, de una manera que nos provoca extrañamiento y nostalgia por los tiempos pasados, donde alguna vez hubo alegría en la Tierra. Allí se oculta Deckard, el blade runner original, alimentándose de miel y whisky. Una escena alucinante muestra un holograma de Elvis Presley en un salón de baile, retorciéndose y cantando entrecortadamente entre luces de discoteca, en medio de un tiroteo. La cursilería iconográfica de Las Vegas (gigantescas estatuas de odaliscas en medio de la arena) recuerda a las pirámides egipcias. Todo es abandono, polvo y silencio.

Cada fotograma de Blade Runner 2049 es una obra plástica admirable. Los cuadros van del Tonalismo a la Neofiguración, pasando por la mirada impresionista, el Simbolismo, el Expresionismo Abstracto, el Pictorialismo, el Surrealismo y el Realismo Contemporáneo. Se nos ocurre que podría incluso verse la película sin sonido, o tal vez acompañada por lentos acordes de un piano; da igual. Domina la figuración, los primeros planos de hombres, mujeres, replicantes y hologramas. Los paisajes son dantescos.

En un ensayo previo (1) sugeríamos que la Blade Runner original se preguntaba una cosa solamente: ¿qué nos hace seres humanos? Señalábamos también que la película no daba respuesta alguna. Blade Runner 2049 vuelve a repetir la misma pregunta, y esta vez contesta: nada en particular. A lo largo de la trama se suceden respuestas posibles: somos seres humanos porque somos racionales, porque tenemos recuerdos de infancia, porque tenemos afectos y emociones, porque tenemos “espíritu”, porque desobedecemos y nos rebelamos, porque tenemos un propósito, porque tenemos consciencia de nuestra unicidad y finitud. Como en un experimento hipotético-deductivo, se van sucediendo las distintas contrastaciones, todas negativas, a la premisa original: nuestra unicidad en el Cosmos. Al final de su vida, el agente K, replicante moribundo, se recuesta sobre una escalinata de piedra con una especie de sonrisa. El ha sido, pensamos que piensa, todo eso. Y tal vez más.

 

Nota:

Goin, F. J. (2016), Cine, distopía y prospectiva. Pp. 149-160 en: A. A. Fuentes Lenci (editor), “La imagen Primigenia. Un enfoque multidisciplinar del cine”. Editorial Malisia, La Plata, 233 págs.

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Francisco Goin
Es paleontólogo, investigador del CONICET y trabaja en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. En sus ratos libres mira cine distópico, al que considera una proyección de los miedos de una sociedad en proceso de cambios.

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