CINE PARA LEER

De Leonardo Favio a Orson Welles, un recorrido por cinco libros —recientes y no tanto— que recorren temas y figuras del séptimo arte.

 

Con la llegada de diciembre muchos comienzan a hacer un recorrido por librerías buscando qué regalar en Navidad. Otros arman listados para aprovechar en el descanso de las vacaciones. Como el cine también se lee hay espacio para recomendaciones. Además de La imagen primigenia de La Cueva de Chauvet abundan las posibilidades de encontrar otras lecturas interesantes.

Se puede recurrir a las grandes cadenas de librerías, a la compra on line o la siempre saludable visita a las librerías de usados o “de viejos”, un escritor con una cultura cinéfila amplia (si se chequea en sus tres libros donde se compilan sus diarios personales se verá cuánto tiempo dedicaba a ir al cine y las conclusiones felices que sacaba) como Ricardo Piglia sostenía que en ese tipo de librerías: “uno va ahí, mira y no sabe lo que va a encontrar. Y lo que va a encontrar son las ruinas, lo que sobra. Los libros que quedaron fuera de circulación y conforman un espacio que deberíamos rescatar y valorar en contra de una lectura que tiende a trabajar a toda velocidad”.

Sean nuevos o usados las propuestas son variadas y recomendables, acá va una lista arbitraria de cinco recomendaciones:

 

PASEN Y VEAN. LA VIDA DE FAVIO (Adriana Schettini, Editorial Sudamericana, Año 1995, Buenos Aires, 255 páginas):

Un Favio en estado puro, cuando aún estaba fresco el recuerdo de su obra Gatica, el Mono repasa toda su cinematografía y su vida. Encara el exilio, la masacre de Ezeiza, su relación con las mujeres, con Leopoldo Torre Nilsson, la infancia en Mendoza, sus canciones, su encuentro con Perón o con Pablo Escobar Gaviria, su proyecto inconcluso de filmar la vida del anarquista Severino Di Giovanni.

Para notar en sus propias palabras cómo la obsesión y la pasión lo llevaban a generar films capitales como El dependiente, Juan Moreira o la subestimada en su momento Soñar, soñar. Cómo era trabajar con Alfredo Alcón o “actores” como Carlos Monzón. Su experiencia en institutos de menores y su traslado a la pantalla con Crónica de un niño solo.

Hay perlitas como que se basó en la serie El Zorro protagonizada por Guy Williams para las escenas con caballos en Juan Moreira o de la construcción de la toma final de El dependiente, también el por qué de que el personaje de Marina Magalí en Nazareno Cruz y el lobo tuviera que ser rubia.

Un libro que merece ser buscado y reeditado. Necesario para seguir teniendo presente a uno de los más grandes directores de la historia del cine universal.

Una frase: “Yo entendía el cine nacional con acercamiento a lo popular. Quería que llenáramos las salas para tener plata, porque sin plata no podés hacer cine. Yo siempre decía que teníamos que hacer como Kurosawa: contar nuestra historia”.

 

EL PAÍS DEL CINE. PARA UNA HISTORIA POLÍTICA DEL NUEVO CINE ARGENTINO (Nicolás Prividera, Editorial Los Ríos, Villa Allende, 2014, 399 páginas):

 

Ya con el estreno de M en 2007 se veía que Prividera era un polemista. Bienvenido. Porque a diferencia de los que suelen proliferar, Prividera siempre mostró conocimiento y talento para discutir. Y algo importante: argumentos. Son muchísimos los directores analizados en este libro, los vincula como hermanos, padrastros, primos, bisabuelos, abuelos, tíos, expatriados, padres, retirados, excéntricos… Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Charly García, no son ajenos en sus análisis.

Un libro para no leer de prestado, porque existe la tentación de subrayar frases, de doblar páginas para retener conceptos. La escritura es ágil y aguda, dice que “La única verdad es la realidad” es “la más famosa frase baziniana de Perón” y se enfoca en el carácter político del cine. No es casual que este año haya tenido cruces con Mariano Llinás por La cordillera, donde Ricardo Darín hacía de presidente argentino.

No es contemplativo con congéneres como Lisandro Alonso y dice que “el cine de Lucrecia Martel nació con el síndrome de El Ciudadano: La Ciénaga era una ópera prima perfecta, de una madurez infrecuente. Y en La Mujer sin cabeza el dominio total de su arte amenaza con volverlo superfluo”. Se puede coincidir o no con sus posiciones, ¿pero uno lee solamente para estar de acuerdo con la propuesta de quien escribe?

No hay que perder detalle en la lectura, en una nota al pie narra que en un festival de cine latinoamericano cuando le preguntan por el más importante director de la historia del cine argentino contestó Leonardo Favio. Creyeron que era una broma, lo conocían solo por ser el autor de canciones como “Fuiste mía un verano” y “Simplemente una rosa”. Por eso reflexiona Prividera: “que un cantante popular pueda ser a la vez un secreto cineasta de culto es algo que pocos fuera de Argentina entienden, si es que nosotros terminamos de entenderlo…”.

Una frase: “Aries sobrevive gracias a las comedias reaccionarias de Porcel y Olmedo firmadas por Enrique Carreras, a la vez que Olivera intenta despegarse de ese delirio de lo real a través de nuevas alegorías, ya sea dirigiendo La nona (1979) o produciendo la excepcional Tiempo de revancha, de Adolfo Aristarain (una película bisagra, que no solo oxigena un cine viciado sino que recupera a la vez la tradición clásica del cine argentino)”.

 

MI ÚLTIMO SUSPIRO (Luis Buñuel, Editorial Plaza & Janés, Barcelona, 1982, 312 páginas):

 

En primera persona Luis Buñuel repasa su vida a un año de su muerte. Celebra su relación con el cine, repasa el surrealismo, la Guerra Civil Española y sus placeres: el tabaco, el sexo y el vino.

Desde su infancia donde el cine irrumpió en un ámbito que parecía la Edad Media y el aporte en su vida de artistas como Salvador Dalí, Rafael Alberti y Federico García Lorca. Se hizo amigo del poeta desde el mismo momento que lo conoció, el fusilamiento a manos del fascismo franquista nunca lo olvidó: “Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que lo conducía hacia el olivar en que iban a matarlo. Pienso con frecuencia en ese momento”.

Hace un repaso por toda su cinematografía, por las etapas surrealistas de su cine, sobre el filmar en Francia y en México.

En los almuerzos Orson es sarcástico, cruel, arbitrario, gracioso. Una salida fácil sería decir “como su cine”, pero no, su cine trasciende muchísimo al anecdotario de este libro.

Es interesante detenerse en Los olvidados donde Buñuel para conocer la realidad de los chicos de la calle de México iba disfrazado con ropas viejas para conversar, hacer preguntas y conocer mejor la marginalidad. Cuenta el equívoco de los franceses que veían en el film “una película burguesa”, hasta que todo cambió cuando Octavio Paz se dedicó a distribuir en el Festival de Cannes un artículo escrito por él reivindicando la película.

Dedica diatribas a Jorge Luis Borges: “entre los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores”. Cuenta que lo trató dos o tres veces sesenta años atrás y lo acusa de que “en todas sus declaraciones percibo un algo de doctoral (sienta cátedra) y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras, ni tampoco su desprecio a España” y que sueña con el Premio Nobel. Lo contrapone a la figura de Jean Paul Sartre que devolvió el premio.

Un libro lleno de vida y de cine de alguien que tampoco pudo olvidar un film como El acorazado Potemkin de Eisenstein.

Una frase: “Dejando aparte algunos cuadros plásticos, de París, creo que no he visto en toda mi vida más que una sola película pornográfica, deliciosamente titulada “Soeur Vaseline”. Salía una monjita en el jardín del convento que se tiraba al jardinero, el cual, a su vez, era sodomizado por un fraile y acababan los tres formando una figura de conjunto. Aún me parece estar viendo las medias negras de algodón de la monja, unas medias que terminaban por encima de la rodilla”.

 

EL TERCER RELATO. JÓVENES, ARTE Y MEMORIA (Carlos Vallina, Editorial Edulp, La Plata, 2016, 371 páginas):

 

Se trata de la tesis doctoral de Carlos Vallina. En los ’70 junto a otros directores filmó Los taxis e Informes y testimonios sobre la tortura política en Argentina. 1966-1972. En este libro de 2016, repasa su pasado y se interesa por las obras de las nuevas generaciones.

Son analizados los films de Albertina Carri, de Nicolás Prividera, la literatura de Leopoldo Brizuela, de Laura Alcoba, el teatro de Lola Arias. No debe sorprender su interés por las obras del pasado pero también por el presente. Una demostración es que los que transitan por los cines de La Plata, suelen cruzárselo a Vallina. Todas las semanas concurre a las salas, está al día, amplía sus lecturas, lo comprueban los alumnos que concurren a sus clases en la facultad de Periodismo de la UNLP o los que escuchan los viernes a las 21 su programa en AM Universidad.

El libro es dinámico, se lee con fluidez, está alejado del prejuicio de los que piensen que una tesis tiene que ser farragosa o un compendio de citas de otros autores. Atraviesa la masacre de Trelew en 1972, el golpe genocida del ’76 hasta llegar al gobierno kirchnerista. En todo momento está presente el cine. Como en la vida personal de Valllina, que frente al final de la vida de su padre, recuerda Las alas del deseo de Wim Wenders.

Hay espacio para documentos proporcionados por la Comisión Provincial por la Memoria donde se ve cómo la inteligencia de la policía de la provincia de Buenos Aires realizaba durante los ’60 y los ’70 un seguimiento sobre Vallina.

En esos años conoció al investigador audiovisual alemán Peter B. Schuman. Y hay lugar para una polémica. Porque en el libro hay cruces de mails fechados en 2014. Donde Schuman decide que lo que pasó cuarenta años atrás “para mí es un período cerrado, me preocupan muchas otras cosas hoy en día. Lo lamento sinceramente”.

Vallina acota que “percibo en la respuesta de Schuman el agotamiento de una época en Alemania, justamente donde mi amigo Fernando Martín Peña me afirma que guardan todo. Quizás lo que no conservan, ni lo hicieron antes, es la memoria por la cual el fascismo nunca ha sido juzgado profundamente en el país natal del periodista germano. Tampoco sé cuáles son las otras preocupaciones que lo atraen actualmente, solo tengo presente sus compromisos anteriores con Latinoamérica y su cinematografía. Yo también lo lamento”.

Hay un relato dentro del relato en el cual participa su hija Cecilia Vallina, sobre un trato con su padre de cuando era niña en 1972, que por supuesto incluye al cine. Es que en el libro aparece una constante que es la mezcla entre las generaciones, sin subestimaciones. Si Vallina suele comentar en sus clases sobre la importancia del palimpsesto y su característica de ser capas y capas y capas, eso también está presente en El tercer relato.

Una frase: “¿No es acaso el viaje emprendido por Nicolás Prividera una visita sostenida por aquello que quedó, por los restos, como diría Albertina Carri sobre las películas perdidas, para recuperar y componer la única manera posible de proyectar un futuro, sino a través de la fijación definitiva de su madre convertida en imagen?”.

 

MIS ALMUERZOS CON ORSON WELLES. CONVERSACIONES ENTRE HENRY JAGLOM Y ORSON WELLES (Henry Jaglom, Edición de Peter Biskind, Traducción de Amado Diéguez Rodríguez, Editorial Anagrama, Barcelona, 2015, 346 páginas):

 

Hay dos cuestiones incómodas en este libro: 1) es Orson en su decadencia, de alguna manera trata componer la ficción de que es muy requerido cuando en verdad es él el que está permanentemente esperando una propuesta como las de antes y 2) si bien sabe que en sus almuerzos el director Henry Jaglom graba las conversaciones, no necesariamente podía sentirse seguro de que iba a derivar en un libro y quizás la soltura con la cual se expresaba sobre tanta gente era más una circunstancia del momento o de la confianza de una charla entre amigos, como para pensar que terminaría quedando impreso en letra escrita para el voyeurismo de futuras generaciones. Saldadas esas incomodidades, el libro es recomendable para conocer aún más a uno de los directores más importantes de todos los tiempos.

Al igual que lo que le pasaba a Buñuel, Welles también se ocupó de Borges. En este caso por sus comentarios sobre El Ciudadano: “decía que era pedante, lo cual me resulta muy extraño, no parece que ese adjetivo case bien con la película. Y que era laberíntica. Y que lo peor de un laberinto es no encontrar la salida. Y que Kane es una película laberíntica que no tiene salida. Borges es medio ciego, no te olvides. Pero ¿sabés?, no me cuesta aceptar que Sartre y él odiaban la película. En realidad ellos vieron en ella, y criticado, otra cosa, algo suyo que no está en mi obra”.

Hay lugar para la opinión sobre otro argentino: el periodista Jacobo Timerman. Luego de sufrir el secuestro y desaparición en la Argentina de Videla, Timerman fue reconocido en el mundo. Es así que Orson recuerda que compartió una velada con Timerman en la casa de ¡Michael Douglas! para juntar fondos por El Salvador. Y elogia Welles el libro Israel: la guerra más larga. La invasión de Israel al Líbano, escrito por el periodista argentino.

En los almuerzos con Jaglom, Welles cuenta que fue novio de Marilyn Monroe, destrata a Richard Burton cuando se acerca a su mesa, acusa a Charles Chaplin de plagiarlo con el argumento de Monsieur Verdoux, dice de Emilio “Indio” Fernández que es “el único director mexicano que merece la pena” y se ensaña especialmente con Alfred Hitchock. De La ventana indiscreta dice que “es una tontería de principio a fin” y de Vértigo que “ésa es peor”. Una curiosidad: en 2012 en una votación de la prestigiosa Filmoteca de Londres Vértigo superó a El Ciudadano como la mejor película de todos los tiempos, luego de cinco décadas de hegemonía de la película de Welles. En estos casos no hacerle caso ni a la Filmoteca ni a Welles y seguir disfrutando de esas joyas del cine universal.

Aprovecha la admiración de Jaglom por Humphrey Bogart para desacreditarlo, es ambivalente en sus opiniones sobre Peter Bogdanovich pero se ensaña con John Huston y Elia Kazan. En los almuerzos Orson es sarcástico, cruel, arbitrario, gracioso. Una salida fácil sería decir “como su cine”, pero no, su cine trasciende muchísimo al anecdotario de este libro.

La frase: “No hablamos del particular genio de Chaplin, no hablamos de su arte, ni de si Lloyd es mejor que él o no. Hablamos de gags, de humor. Tienes que separar el humor de la belleza y todo eso. Chaplin era demasiado bello. Sus películas están encharcadas en belleza. Por eso Buster Keaton ha acabado por darle un baño, e, históricamente, se lo va a dar siempre. Oh, sí, Keaton es mucho más grande”.

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Juan Manuel Bellini
Nació en Tolosa, La Plata, el 12 de junio de 1978. Periodista. Ayudante de la cátedra Análisis y Crítica de Medios de la UNLP. Trabaja en el Programa de Justicia por Delitos de Lesa Humanidad de la Comisión Provincial por la Memoria. Colabora en los programas de radio Panorama del Cine (AM Universidad) y Cacodelphia (FM Futura).

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