DIME QUÉ PORNO MIRAS Y TE DIRÉ CÓMO…

El autor recorre documentales y libros recientes para reflexionar sobre la pornografía contemporánea, tanto la mainstream como aquella que —como es el caso de Erika Lust— renueva la narrativa audiovisual del porno.

“Descubrir la propia sexualidad es también descubrir hasta qué punto eso que llamamos «nuestro sexo» no nos pertenece en absoluto. Pertenece a la heteronorma, a la sociedad de consumo, a la Iglesia y al patriarcado, a la pornografía mainstream, a la medicina, a las farmacéuticas, a la moda, a (larga enumeración en la que tu nombre no está incluido)”.
Diana Torres (2014), Pornoterrorismo

El porno es pedagógico, sí. Una joven cuenta entre copas las intimidades con su novio, cómo tienen sexo y otras menudencias del “estar” con su pareja. De vez en cuando –dice– a él se le da por proponer nuevas posiciones, de aventurarse a otras coreografías en la celebración del coito. Y en esa puesta en escena de la sexualidad, emergen los lugares comunes de la pornografía: en el nuevo acting, las performances del varón siguen las coreografías de una película XXX. Cuando la penetra por detrás, comenta, él se lleva las manos a la nuca cuál actor porno frente a una cámara. Tras contar esta anécdota, las amigas de la joven, desinhibidas también por el alcohol, confirman entre risas la repetición de la misma escena: sus novios también hacen lo mismo, también se llevan las manos a la nuca. Al parecer, concluyen, ésta es la postura de moda.

Y es así como el porno se mete en la intimidad, en los “espacio del amor”, en las habitaciones de nuestras casas y en los telos. El porno es pedagógico y no sólo lo confirman las coreografías del porno heterosexual que se repiten persistentemente en cada coito sino también las posturas, las actitudes, los movimientos, los gestos: el coito cotidiano emula el set de filmación, con sus acciones y coreografías. Esto es lo que el porno hace con nosotros.

Una serie de documentales y películas pornos, que circularon recientemente por salas y plataformas on demand, nos permiten revisar, una vez más, esa pedagogía del porno en la que se produce la construcción audiovisual de nuestras imaginaciones sexuales para encontrar interrogantes a esta pregunta: ¿qué tipo de porno miramos? Veamos algunas.

I.

Estrenado en el Festival Internacional de Cine de Venecia en 2015 y disponible en Netflix, Rocco (2016) es un documental sobre el último año de filmación pornográfica del actor Rocco Siffredi, cuya filmografía es tan extensa como el tamaño de su miembro. La biografía documental –dirigida por Thierry Demaiziere y Alban Teurlai– cuenta los inicios de Rocco en el mundo del porno en 1987, el trabajo junto a su primo y productor Gabriele Galetta durante estos treinta años, las relaciones familiares con sus dos hijos y su esposa Rosza Tassi –ex actriz porno–, las consecuencias de ser uno de los actores más reconocidos del mundo y su objetivo de retirarse filmando una última película que sea el corolario de toda su trayectoria. “Tengo el demonio entre las piernas” comenta Rocco, casi renegando de la cosificación de su cuerpo en la madurez de su edad.

El atractivo de Rocco no es tanto el tinte edípico de la relación con su madre –quien lo encontró masturbándose por primera vez sellando en ese momento su destino con las mujeres– ni el “calvario” de su trayectoria de tantos años en la industria pornográfica –coronada en su última película a través de una crucifixión orgiástica–, ambas pretensiones de darle densidad a una biografía que bien supo disfrutar del éxito comercial y que sólo acentúan lo que sabemos: es una persona que se está jubilando de un trabajo y quiere retirarse por la puerta grande antes de caer en el letargo, oculto detrás de los nuevos actores y actrices del porno.

No, lo interesante del documental no es todo esto sino aquello otro que no está en primer plano y que deja entrever el documental: cómo es la organización del mundo del porno mainstream. Son varias las escenas en las que pueden registrarse la violencia detrás de cámara del set porno, en las que Siffredi es protagonista: por ejemplo, una joven actriz ucraniana, que apenas sabe hablar inglés, y que nunca ha experimentado el sexo anal, no entiende bien que el guión incluye la penetración descomunal de Rocco. En la grabación de esa escena su dolor no será actuado, mas la filmación de su desgarro formará parte de una narrativa de la heterosexualidad. La precariedad de la producción también se muestra en otra escena en la que, en una pileta, Rocco tiene sexo con otras dos jóvenes mujeres (Siffredi siempre como depredador de la juventud femenina). En el set de filmación sólo hay cuatro personas: los tres actores y el primo multifunción que hace de camarógrafo, guionista y productor. Tras filmar la escena, según vemos en Rocco, el primo multifunción advierte que durante la primera parte de la filmación se había olvidado de encender la cámara (?) y por tanto era necesario repetir escena; a lo que una de las actrices comenta que su vestuario había sido destruido como parte del guión y no tenía otro igual. Más precario aún, el vestuario destruido ni siquiera era proporcionado por la producción sino que había sido llevado al set por la misma actriz. Estos dos ejemplos –entre otros que pueden verse– muestran cómo la millonaria industria del porno es sostenida por trabajo precarizado –actrices de Europa del Este para abaratar costos– y con bajos recursos –la actriz que debe proveerse de su propio vestuario–. Son escenas anecdóticas, sí, pero ambas ponen de relieve cómo se produce esa narrativa audiovisual del porno hétero-comercial.

En “Porno para mujeres” Lust propone una pornografía feminista como una forma de combatir la pedagogía heterosexual mainstream pero también como una forma de proponer otras narrativas del deseo desde las experiencias de las mujeres.

II.

También disponible en Netflix, Pornocracy: The New Sex Multinations (2017) es un documental en torno a la industrial del porno en el mundo. Dirigido por la guionista y actriz porno francesa Ovidie, recorre a lo largo de sus diferentes capítulos las formas en la que internet transformó el consumo pornográfico global. Antes de la masividad de la red, la pornografía era una industria próspera, con actores y actrices reconocidos, ferias y festivales anuales e ingresos millonarios por la compra de los productos audiovisuales. Sin embargo, con la extensión de internet esta industria comenzó a decaer, tanto por la disponibilidad gratuita de las escenas pornos como por la producción casera o “artesanal” de pornografía. Respecto de la primera, tal cual acontece con cualquier otra película industrial, una vez lanzados los film pornográficos son replicados gratuitamente en plataformas alternativas. Esto hace que las rentas de acceso a los contenidos disminuya drásticamente y las ganancias sean mucho menores. Respecto de la segunda, la posibilidad de transmisión vía streaming hace que cualquier persona en un domicilio particular pueda transmitir sus propios contenidos pornográficos. Plataformas como Cam4 o Chaturbate, sólo por consignar algunos ejemplos, proveen de la infraestructura de transmisión para que cualquier usuario o usuaria pueda tener su propio canal XXX y ganar algunos cobres por la transmisión.

Pornocracy describe esa transformación en la que sitios como XVideos, PornHub, RedTube, entre otros, se convirtieron en los Googles de la pornografía permitiendo acceder a una infinidad de contenidos catalogados (indexados) para todos los gustos. Es en estas plataformas por donde circula contenido gratuito por el que antes recibían ganancias las productoras audiovisuales de la industria del porno. Acoplándose a estas nuevas formas de consumo, las productoras utilizan estas mismas plataformas para atraer clientes que, a partir de un contenido gratuito y a modo de publicidad, se animen a cargar sus tarjetas de crédito online para acceder a más contenidos.

La investigación de Pornocracy también muestra desigualdades regionales de producción y consumo de pornografía (describe la prosperidad de la producción del porno en Europa del Este, donde también se lo ve a Siffredi filmando) y persigue con detenimiento la rentabilidad de las plataformas multicontenidos y su vinculación con el lavado de dinero a nivel internacional. Registra por ello un panorama global que actualizamos cada vez que accedemos a mirar porno.

III.

Si Rocco nos deja entrever el detrás de escena del porno mainstream y Pornocracy el panorama global del consumo en internet, conviene completar este breve itinerario con otro tipo de pornografía. Erika Lust es una directora que ha venido a renovar con aires frescos la narrativa audiovisual del porno que miramos. Directora y productora (junto a otras mujeres invitadas) de la serie de películas XConfessions, que ya lleva diez volúmenes editados, Lust se propone contar otro tipo de relato pornográfico. Basados en confesiones anónimas, cada uno de los volúmenes está integrado por diez historias cortas con fantasías de todo tipo y para todos los gustos. Incluye escenas cotidianas, fantasías sado, escenas entre personas del mismo sexo, tríos y más, en diferentes locaciones y actuaciones coreográficas.

Los primeros seis volúmenes de la serie formaron parte de un ciclo dedicado a Lust que expuso el BAMA (Capital Federal) el año pasado. En cada uno de ellos, pudo denotarse la distancia que toma la directora respecto del porno mainstream: no es un porno “con historia”, no es para nada una novela, pero sí hay una búsqueda de reposición de lo erótico, de la sensualidad, tan ausente en la industria masiva. Y aunque no escasean los primeros planos genitales, tampoco es el único recurso del que se vale para contar a su modo una narración pornográfico (por ejemplo, en uno de los cortos un joven lame entretenidamente una paleta de helado con forma de pene en un bosque urbano. Sentado sobre una banca, la escena es sólo eso, una paleta tras otra, en medio de lo que podría convertirse en una tetera como la del Bosque). También se diferencia en la actuación de las mujeres: éstas tienen un papel mucho más activo en la producción del eros, en la activación del deseo, en las posiciones que proponen, en la decisión de con quiénes se acuestan.

En Porno para mujeres, editado por Melucina, Lust propone una pornografía feminista como una forma de combatir la pedagogía heterosexual mainstream pero también como una forma de proponer otras narrativas del deseo desde las experiencias de las mujeres: “He debatido con muchas mujeres a lo largo de mi carrera sobre nuestros gustos en hombres, y aunque no se puede generalizar, lo cierto es que a una gran mayoría de nosotras el héroe habitual en el mundo de la pornografía —el hombre macho, machista, superfollador, con superpolla—, como Rocco Siffredi o Nacho Vidal, no nos vuelve locas. Han triunfado en el mundo del porno porque otros hombres menos musculados y menos dotados que ellos se excitan viéndolos en proezas tipo Nacho desvirga culos en Praga o Rocco y veintitrés adolescentes calientes. Además, aquellas de vosotras que hayáis visto algún gonzo de estas megaestrellas masculinas sabréis que lo habitual es que estos hombres fuercen a las mujeres hasta el límite, y esto —lo repetiré tantas veces como sea necesario—, en principio, no nos pone”. En su libro, Lust recapitula algunas discusiones que le dan más forma y contexto a sus películas: no sólo reconstruye la narrativa del porno industrial y sus múltiples géneros (si quieren conocer todas las variedades del porno, léalo) sino también problematiza las condiciones de producción y filmación: quiénes son las personas que trabajan, en qué condiciones económicas y en qué set de grabación, entre otras. De esta forma, tanto en el libro como sus películas, Lust explora las múltiples formas y expresiones sexuales que el coito puede suscitar, más abiertas a la imaginación y la fantasía, y muy alejadas del sexo vainilla que nuestros prejuicios sobre el feminismo nos harían suponer.

Tras este breve panorama, volvemos a la pregunta inicial: ¿Qué tipo de porno miramos? ¿Cómo accedemos a él y cuáles son las fantasías que nos producen? ¿Cómo se filma ese porno y en qué condiciones? Preguntarnos por el porno es preguntarnos por esa pedagogía sexual a la que accedemos a través de contenidos audiovisuales y cómo aprendemos a través de sus narrativas, y también cómo éstas se superponen sobre los espacios de exploración y deseo en tanto imaginario sexual. Tal vez los documentales y cortos aquí repasados nos ayuden a comprender que algo tan íntimo que hacemos y de lo que nos creemos autoras/es/xs en exclusividad, sin ver las mediaciones más extensas que esos mismos productos actualizan. Sírvanos esta breve nota para hablar y, por qué no, también intercambiar opiniones de aquello que nos calienta tanto.

 

Compartir

Compartir
Gonzalo Zubia
Docente e Investigador de la UNQ y la UBA. Becario CONICET

No hay comentarios

Dejar respuesta

uno × uno =