DISCURSOS DE ÉPOCA

El autor no deja títere con cabeza. Analizando ideológicamente la última película de Santiago Mitre, se mete con las anteriores del director, pero también con muchas otras obras argentinas de los últimos años, hachando sin compasión elevados troncos del bosque sagrado de nuestro cine.

 

 

Sobrevolando

En una entrevista en diciembre de 2016 en la revista Rolling Stone decía el Indio Solari: “Estaban distraídos con el mundo árabe y de pronto alguien miró a Latinoamérica y dijeron: ‘Obama, mirá que acá hay todos gobiernos de izquierda’. En seis meses el Mercosur desapareció. ¿Eso es obra de magia? No, es obra del poder del imperio”. Santiago Mitre y Mariano Llinás vieron otra cosa. En 2017 las salas del país cuentan con La cordillera donde Estados Unidos se muestra muy tranquilo porque puede mover todos los hilos del continente. Hasta jugar con la idea de crear una oposición manipulada, subordinada a una propuesta económica con el consiguiente hecho de corrupción.

Desde el túnel del tiempo una Mirtha Legrand lo podría acusar a Santiago Mitre de “muy politizado” pero jamás le podría decir “muy de izquierda” como retó a Cecilia Rosetto en un lejano almuerzo de los ’90. La politización de Mitre pasa por la derecha, y no es un prejuicio por su apellido, es lo que hasta ahora mostró en pantalla.

En El estudiante (2011) el nihilismo era total, la historia de un muchacho trepador, que venía del interior de la provincia y una vez integrado a la universidad pública en CABA no paraba de usar a parejas, profesores, otros alumnos. Apuntaba a un público cercano al mundo universitario que podía salir con la afirmación de “está bien, todos conocemos gente así”. La misma sensación de muchos espectadores al ver el final de Bombita, el personaje de Ricardo Darín en Relatos salvajes (2014) de Damián Szifrón. En esa película dirigida a un público amplio de clase media el comentario era “este personaje nos representa, ¿quién no soñó con poner una bomba cuando nos lleva el auto la grúa?”. Estos maniqueísmos los advirtió en otro contexto Abelardo Castillo, quien no dejaba dudas dónde se paraba a la hora de escribir, sin por eso caer en el panfleto o en el realismo socialista: “Toda obra de ficción es un microcosmos. Simone de Beavoir decía que si un novelista pone un judío o un negro en su libro, en realidad está diciendo ‘los judíos’ o ‘los negros’. Si ese único personaje es avaro, es cobarde o es vil, el autor me está diciendo que todos los judíos y los negros lo son, aunque después me explique: ‘No, se trata de uno solo y yo lo conozco, se llama Simón, vive en la esquina de mi casa y es exactamente así’. Sí, será exactamente así, pero ese Simón real no vive dentro de una novela: vive en un cruce de la realidad donde hay otros judíos o negros que no son así. En una novela debería haber por lo menos otro, o por lo menos algo, que pusiera en cuestión al arquetipo”.

¿Qué decir de su otra película? La patota (2015) se mete en temas urticantes y los resuelve de la peor manera. El personaje principal, Dolores Fonzi, es una abogada que va a dar clases a un barrio pobre de Misiones. Va a ser violada y va a perdonar a sus violadores. Su padre, un juez que quiere justicia, queda como un energúmeno. Ella le va a enrostrar sus contradicciones con lo que pensaba en los ’70. No va a abortar y dejará que todo quede impune. Y desde el vamos nos mostrará a esos pobres que la miran desde las alturas, como los indios de las películas del Far West. Lo que oculta la película con su falso barniz de comprensión es que esos chicos marginados quedan habilitados para violar o matar a chicas de su misma condición social. El protagonista de El Estudiante, Esteban Lamothe, hace de su novio y su personaje solo sirve para tener un apasionado round sexual en un auto con Fonzi. Una Dolores Fonzi que fue excelente cuando se cruzó con directores notables como Luis Ortega en Caja negra (2001) o Fabián Bielinsky en El aura (2005).

En el cine, cuando terminó La cordillera se notaba en el público cierta perplejidad. ¿Así termina? ¿Otra vez? Que el sistema de algunos cines adelante unos segundos los finales al prender las luces no ayuda, pero ¿hay necesidad de volver a repetir un recurso que ya estaba en El estudiante?

En El aura el protagonista era Darín. Otro que podría volver del túnel del tiempo televisivo es Fabio Alberti y en vez de preguntar “¿qué nos pasa a los argentinos?” decir “¿qué le pasa a Ricardo Darín?”. Ya no es el protagonista de El aura, el que liberaba al personaje de Fonzi. A sus papeles en Relatos salvajes y La cordillera se le puede sumar el más peligroso de todos: el Kóblic (2016) de Sebastián Borensztein. Allí compone a un marino que se asquea de un vuelo de la muerte de la ESMA (cabe señalar que no lo asquea todo lo que pasaba específicamente en ese campo de concentración) y termina reduciendo a un grupo de tareas para que ellos se conviertan en víctimas de un vuelo de la muerte. Todo en el marco donde desde el poder central se habla de ‘guerra sucia’ o se niega la cifra de 30.000 desaparecidos. ¿Existe la posibilidad de que todo es producto de una casualidad? ¿Qué en El ciudadano ilustre (2016) de Cohn y Duprat todos en un pueblo del interior sean corruptos, patéticos o miserables? ¿O que en El otro hermano (2017) de Adrián Caetano los dardos principales son sobre la repetida abulia de un personaje interpretado por Daniel Hendler por haber sido empleado público?

La coyuntura política está ahí, son las propuestas de los films más exitosos de los últimos tiempos del cine argentino quienes se meten con esas temáticas. Son discursos parecidos a los que circulan en los noticieros de televisión y en La cordillera tampoco falta el ¿detalle? de contar con el apoyo de Telefé a través de Axel Kuschevatzky, importante también en El secreto de sus ojos (2010) aquella película de Campanella que planteaba la venganza de los familiares de víctimas de la última dictadura como método efectivo mientras se estaban desarrollando en el país los juicios por delitos de lesa humanidad y no había existido ese tipo de revanchismo.

Toda esta introducción puede tener la refutación de que es hilar demasiado fino y de no tener en cuenta los conceptos de Alejandro Rozitchner, un filósofo de estos tiempos: “la crítica es una parte secundaria del pensamiento, jamás su perspectiva básica ni su momento de mayor riqueza. Me parece evidente”. Si hasta en una película con intenciones pasatistas como Mamá se fue de viaje (2017) de Ariel Winograd tiene al personaje de Diego Peretti quien al sentirse abrumado por sus hijos le reclama a la directora de una escuela privada por la cantidad de paros docentes.

El aterrizaje

La cordillera es una super producción. No abundan en el cine argentino películas con esa utilización de paisajes o con puestas en escena como la de la cumbre de los presidentes. Tampoco con la presencia de un actor de nivel internacional como Christian Slater. Pero la experiencia de ver cine demuestra que eso no es garantía de nada. Lo más importante de El aura no era el paisaje patagónico, aunque jugaba un rol fundamental en una película donde todo funcionaba con un mecanismo de relojería. Caetano con pocos recursos a través de Bolivia (2001) mostró de qué se habla cuando se dice racismo. Las locaciones eran una parrilla, una pensión y la calle. Y el comienzo era magistral con solo mostrar las imágenes de un partido televisado entre Argentina y Bolivia por las Eliminatorias.

En el cine, cuando terminó La cordillera se notaba en el público cierta perplejidad. ¿Así termina? ¿Otra vez? Que el sistema de algunos cines adelante unos segundos los finales al prender las luces no ayuda, pero ¿hay necesidad de volver a repetir un recurso que ya estaba en El estudiante? ¿Es repetir un chiste, falta de ideas, algún infantilismo?

El Presidente se confiesa frente a una periodista española (ah, ¡Europa!, cómo seduce a Llinás, a Mitre, a Cohn, a Duprat…) y admite que el mal existe, que él lo vio de pequeño. A su hija, Fonzi, los recuerdos le llegarán vía hipnosis, hay un asesinato dando vueltas. Todos los presidentes, aunque tengan la imagen de ser hombres comunes, esconden algún muerto y corrupción.

Una de las series más interesantes de los últimos años es House of cards. Su protagonista, Frank Underwood es un ser despreciable: femicida, corrupto, hace de la manipulación un arte junto a Claire, su esposa. Los creadores de la serie saben dónde apuntar: a la complejidad. Permite también ver quiénes son sus rivales, cómo se manejan. Es desesperanzador el mundo que plantea, pero no es maniqueo. Da la impresión que quienes están detrás de la serie saben más de política o la sienten más cercana que Mitre y Llinás, quienes sin embargo no dudan en elegir temas urticantes, pero como diría un presidente de no ficción, en esta película a la complejidad “te la debo”.

Fuentes:

-“El oficio de mentir. Conversaciones con María Fasce”. Abelardo Castillo, Emecé, 1998.

-“El relato macrista”. Marcos Mayer, Ediciones B, 2017.

-Revista “Rolling Stone” Nº 225, diciembre de 2016.

 

Compartir

Compartir
Juan Manuel Bellini
Nació en Tolosa, La Plata, el 12 de junio de 1978. Periodista. Ayudante de la cátedra Análisis y Crítica de Medios de la UNLP. Trabaja en el Programa de Justicia por Delitos de Lesa Humanidad de la Comisión Provincial por la Memoria. Colabora en los programas de radio Panorama del Cine (AM Universidad) y Cacodelphia (FM Futura).

1 Comentario

Dejar respuesta

uno × 3 =