DOPO MORIRE

El autor incursiona en el mundo ficcional de la mafia italiana a través de la antológica serie Los Soprano, realizando una detallada descripción de los personajes principales.

A través de “El Padrino” conocimos la mafia siciliana, en Argentina desde diciembre de 2015 conocemos a la mafia calabresa y a través de Los Soprano, podemos conocer a la napolitana, aunque la familia de Tony Soprano proviene de Avellino, una ciudad pegadita a Nápoles. El lugar donde se desarrolla es Estados Unidos, más específicamente New Jersey, donde creció David Chase, el director de la serie y que, como la mayoría de los actores, es italo-americano y su verdadero apellido es el nada anglosajón De Cesare.

Sus seis temporadas construyen un mundo que logra el mérito de ponerse en pie de igualdad con la saga de Francis Ford Coppola y con “Buenos muchachos” de Martin Scorsese. La serie juega con eso; imitan acciones y modismos de los actores de El Padrino y un actor se pone en la de un Scorsese intimidado por la admiración de los gangsters entrando a una disco. Sintiéndose burlado por un vecino, Tony planea su vendetta, esta vez sin sangre  y, como en “El Padrino II”, le pasa una caja con un contenido misterioso, el hombre junto a su mujer se preocupan y dudan, ¿qué tendrá la caja? ¿armas? La respuesta es más inocente.

En la serie hay cruces intertextuales con otras obras de ficción. Tony sonríe cuando ve por televisión “El príncipe de las mareas”. Siente que es similar a su relación con la psiquiatra que lo atiende. ¿Qué le pasa a Tony? ¿Por qué alguien tan seguro en decidir sobre la vida y la muerte de tanta gente, incluso la cercana, tiene ataques de pánicos? ¿Es tan seguro en realidad? Tony tiene problemas con la familia: con su madre, su tío, su hermana Janice. También con su esposa, su hija y su hijo (quien en plena adolescencia no sabe si ser soldado, jugador de fútbol americano, dueño de un club o piloto del helicóptero de Donald Trump). Tiene problemas con sus amantes, la psiquiatra se lo dice con todas las letras, ellas tienen “personalidad depresiva, inestable, imposibles de complacer” y allí Tony vuelve a su madre…

En el mundo de la mafia no parece estar bien visto que el Jefe tenga ataques de pánico, que se siente semanalmente con una profesional para intentar abrir su inconsciente. Bastante sangre va a correr, hasta que eso también se vaya incorporando con naturalidad.

En el mundo de la mafia no parece estar bien visto que el Jefe tenga ataques de pánico, que se siente semanalmente con una profesional para intentar abrir su inconsciente. Bastante sangre va a correr, hasta que eso también se vaya incorporando con naturalidad. El más inflexible es el tío Junior, uno de los grandes personajes de la serie. ¿Pero quién no sería un buen personaje? ¿Quién no está bien construido? Es casi un aparato de relojería, nadie desentona. La serie producida por HBO es pre-Netflix, cuando no estaba la idea de que podía convertirse en cotidiano ver más de un capítulo por día o poder ver la serie completa (que se extendió entre 1999 y 2007) en pocas semanas. Pudo haber quedado algún tema suelto, dudo que importe demasiado, el espectador firma un pacto de sangre con la serie.

Volvamos a los personajes. Tony es cruel, arbitrario, feroz, inseguro y tiene la brillante interpretación de James Gandolfini. Quien con miradas, interjecciones y con diálogos creó a un mafioso totalmente creíble y humano, y también con pequeños gestos. Por ejemplo, en un capítulo está solo en un hotel de Miami y tiene uno de sus sueños problemáticos, sale al balcón, ve la playa y despide un suspiro que condensa en segundos años de pesadumbre. De fondo empieza a sonar una música, al agobio le siguen los acordes soleados y los juegos de voces de esa joyita que es “Surfin in the USA” de los Beach Boys.

La psiquiatra, la doctora Melfi (Lorraine Bracco) se obsesiona con su paciente. Ve un macho alfa, de sangre italiana igual que ella. El gran enemigo de esa relación es su propio analista, con el que Melfi hace interconsulta, interpretado con sobriedad por el director Peter Bogdanovich (quien dirigió en 1971 “The last picture show” otra película que ponía el dedo en la llaga en el estilo de vida norteamericano).

La banda de Tony asemeja a una Armada Brancaleone de la mafia. Nadie quisiera cruzarse con ellos por el camino. Se sientan en una mesa en la vereda a ver la vida pasar o se reúnen en una sala del Bing (un local nocturno dirigido por Silvio, interpretado por Van Zandt, guitarrista de Bruce Springsteen, que acá cumple con gracia los estereotipos del mafioso hollywoodense típico), allí deciden estrategias, negocios y sentencias. Suelen ir con sus familias a los restaurantes de Artie (John Ventimiglia), amigo de la infancia que no se sumó a la mafia, elige la vida honesta y es al que peor le va. Su mujer Charmine (Kathrine Narducci) odia a Tony. 

En la serie, las mujeres de los mafiosos disfrutan y padecen la profesión de sus maridos. Edie Falco como Carmela Soprano es otro de los personajes complejos de la serie. El grupo de Tony, mientras tanto, admira a Frank Sinatra, una foto del cantante joven (probablemente la foto de su prontuario) ocupa un lugar destacado en el Bing. Haciendo de sí mismos aparecen los hijos de Frank: Nancy Sinatra cantando para Phil Leotardo (Frank Vincent, cuyo verdadero apellido era Gattuso quien tuvo papeles recordables en dos joyitas de Scorsese: “Buenos muchachos” y “Casino” y que en los Soprano es la interpretación más clara del Mal) y Frank Sinatra Jr juega a las cartas junto a los mafiosos de Tony. Riéndose un poco de la acusación más que real de las relaciones de su padre con la mafia, magistralmente retratadas en la boda de la hija de Don Corleone, donde Sinatra era Johnny Fontane (Al Martino), protegido por el personaje interpretado por Brando que le costó la cabeza de un caballo a un director orgulloso. Aparecerá un caballo, también, en los Soprano, siguiendo lo que descubre la doctora Melfi: los sociópatas quieren a los animales y a los bebés.

Otros personajes son Christopher (Michael Imperioli), el “primo de la vida” de Tony, desbordado de violencia, adicto a la heroína en recuperación con constantes recaídas y con el sueño de ser guionista de cine o director, que cumple en otra de las intertextualidades maravillosas de la serie, donde Daniel Baldwin encarna en la ficción el alter ego de Tony que lucha con zombies. Su novia Adriana (Drea de Matteo) es otro personaje clave, lo ama, sufre golpizas y mucho más no conviene contar para no spoiliarle a quien todavía no se haya acercado a Los Soprano. Lo mismo cabe para Big Pussy (Vincent Pastore), el mejor amigo de Tony que puede terminar hablando como un pescado en un sueño, uno de los tantos simbolismos de los que abunda y nunca satura la serie.

¿Y qué decir de Paulie (Tony Sirico)? Personaje cambiante, asesino sentimental, prolijo, supersticioso, nostálgico,  con problemas (también) con la madre. De escenas memorables: en un geriátrico o en la nieve junto a Christopher.

Del tío de Tony, Junior (Dominic Chianese) tampoco es conveniente decir mucho pero es para tenerlo especialmente en cuenta. Su ridiculez y su apego a supuestos viejos valores lo hacen patético y entrañable. ¿Cómo no arruinar la sorpresa si se cuenta cómo pierde a su amor o en qué derivan sus arrebatos cascarrabias? Los cruces con Tony y sus diálogos llenos de réplicas son una fiesta para el espectador. Hay que prestarle atención a su ladero, Bobby Bacalá (Steve Schirripa) quien va adquiriendo protagonismo y se vuelve uno de los personajes más queribles, en medio de un contexto con tanto crimen. 

La hermana de Tony, Janice, (Aída Turturro, prima en la vida real de John) es un huracán, otro personaje imprescindible, de alguna manera es la continuación de su madre Livia (Nancy Marchand). Creyó en el sueño californiano pero vuelve a  New Jersey a buscar su parte. Repitamos: el problema está en la familia.

Los personajes pueden morir por balaceras, por cáncer y hasta constipados en un inodoro. El Alzheimer aparece y no de la manera edulcorada en que lo cuenta Juan José Campanella.

Los conflictos raciales se suceden en el film. Hay un pastor negro que negocia con Tony. Tienen conflictos con los pueblos originarios. Tony, como todo racista, puede jactarse de tener un amigo judío: Hesh (Jerry Adler). 

Hay una escena antológica; a diferencia de la Argentina, el 12 de octubre se festeja en Estados Unidos el Día de la Italianeidad, en homenaje al genovés Colón. Esa fecha genera repudio por la masacre cometida en América. Por lo tanto, en una discusión entre los integrantes de la banda y un cubano, éste señala el carácter asesino de Colón, Hesh lo apoya hasta que el cubano al hablar de genocidio compara a Hitler con Colón, eso deriva en ser tildado de antisemita y todo casi termina a las trompadas. Los personajes son violentos, prejuiciosos, un conflicto de proporciones sucede cuando descubren que uno de los integrantes de la banda es gay.

El capítulo final no se puede contar. Pero no defrauda. Un magnífico final para una serie que generó tanta aceptación que en un capítulo anterior, se cruzan, haciendo de sí mismos, Ben Kinsley (brillante) y Lauren Bacal (víctima de la violencia).

En varios capítulos actúa el otro Tony, el primo al que le fue mal, el que estuvo en la cárcel, Steve Buscemi. A sus grandes personajes en el cine, le puede agregar el de Tony Blundetto. Quedan muchos momentos para reseñar: la aparición onírica de María Grazia Cucinotta, el viaje de Tony a Avellino, las discusiones del matrimonio Soprano con su hija Meadow (Jamie Lynn Sigler), el padre de Tony siendo esposado ante los ojos de su hijo… Como toda obra de excelencia más que intentar sintetizarla queda el consejo de sentarse a verla y disfrutar de tantas facetas de la humanidad en estado puro (e impuro).

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Juan Manuel Bellini
Nació en Tolosa, La Plata, el 12 de junio de 1978. Periodista. Ayudante de la cátedra Análisis y Crítica de Medios de la UNLP. Trabaja en el Programa de Justicia por Delitos de Lesa Humanidad de la Comisión Provincial por la Memoria. Colabora en los programas de radio Panorama del Cine (AM Universidad) y Cacodelphia (FM Futura).

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