EL ATAQUE DE LA GENTE RARA DE ELCHE

Llega al FestiFreak el cineasta español Chema García Ibarra y, desde las páginas de La Cueva, el autor analiza su filmografía.

Empezó una nueva edición del FestiFreak y, con ella, una nueva oportunidad de descubrir decenas de películas de distintas partes del mundo. En pocos días va a estar aterrizando —al FestiFreak y, por lo tanto, a La Plata— Chema García Ibarra, director español con cuatro cortos y un ¿mediometraje? ¿largometraje? en su haber1. De todas esas “distintas partes del mundo” que entran en el FestiFreak, entonces, hagamos un recorte y enfoquémonos en una: Elche es una ciudad que queda en la provincia de Alicante, en el sudeste español. Ahí vive Chema García Ibarra. En una entrevistarealizada hace pocos años, dijo “mis películas son localísimas, muy de Elche”. Si uno googlea a la ciudad aparecen —propaganda turística mediante— fotos de cielos celestes y soles fulminantes, con muchísimas palmeras y edificios antiguos. En resumen, típica postal mediterránea. La Elche que nos presenta García Ibarra es bastante diferente. Aunque los cielos celestes y los soles fulminantes siguen estando, en el fondo hay algo opaco, seco y triste. Nada que ver con una postal.

García Ibarra tiene, como director, cuatro cortometrajes y una película de una hora exacta llamada Uranes, que él prefiere no considerar su primer largo y que fue filmada bajo las reglas del proyecto #LittleSecretFilm. También tiene varios videoclips y un corto debut, Miaau, con el cual no está satisfecho, que no figura en su cuenta de Vimeo y que no va a ser proyectado en el FestiFreak. Su obra, o gran parte de ella, consiste en comedias cargadas de elementos de ciencia ficción. Sin embargo, a diferencia de las comedias sci-fi a las que estamos acostumbrados, acá no hay explosiones ni tiros ni coqueteos con el cine de acción. Sí hay desolación, planos cargados de vacío y un humor extraño, donde la ironía y la oscuridad de ciertos temas van de la mano con un fuerte cariño por los personajes (solitarios, incluso cuando tienen amigos o familiares que los quieren). Pero mejor vayamos por partes.

El primer cortometraje de lo que podríamos llamar la filmografía oficial de García Ibarra es El ataque de los robots de Nebulosa-5 (2008), donde un muchacho nos cuenta la historia de unos robots espaciales que van a llegar al planeta Tierra. Él sabe que van a llegar, y no tenemos motivos para no creerle (podemos pensar que es todo una fabulación suya, pero la idea de que los robots existan y el protagonista nos diga la verdad me resulta mucho más atractiva). La tensión entre lo que vemos y lo que oímos (voz en off del personaje principal, interpretado por José Manuel Ibarra, primo del director) es uno de los elementos centrales del corto, y algo que va a repetirse en sus siguientes películas. Como en Código 7 (2002), la trilogía de Nacho Vigalondo, el día a día del muchacho es común y corriente —tal vez demasiado común y corriente; gris, como los tonos que predominan en el corto—, mientras la historia que nos cuenta nos transmite a un futuro terrible, donde unos robots malvados van a acabar con la raza humana. El protagonista trata de advertirle a su familia y sus vecinos, pero nadie le cree. Vemos dibujos, disfraces y demás estrategias con las cuales intenta convencerlos. Pero nada.

En El ataque de los robots de Nebulosa-5 hay cierto patetismo. Pero no es un patetismo misántropo. Lo triste no va acompañado ni de una celebración ni de un juicio moral. Una de las cosas que vuelve especiales a las películas de García Ibarra es la simpatía que despierta ese patetismo, y la posibilidad que nos ofrece de identificarnos con él. ¿Qué vida no tiene, en definitiva, algunos tonos grisáceos? ¿Qué acción, por más dramática que sea para nosotros, no puede resultar cómica con la suficiente distancia (temporal o espacial)?

Su obra, o gran parte de ella, consiste en comedias cargadas de elementos de ciencia ficción. Sin embargo, a diferencia de las comedias sci-fi a las que estamos acostumbrados, acá no hay explosiones ni tiros ni coqueteos con el cine de acción. Sí hay desolación, planos cargados de vacío y un humor extraño, donde la ironía y la oscuridad de ciertos temas van de la mano con un fuerte cariño por los personajes.

Protopartículas (2009) sigue la senda de El ataque…: un hombre del futuro queda atrapado en el presente, con su cuerpo desintegrado (“fue como convertirse en humo”), contenido solamente por su traje de astronauta. Planos largos (el primero, donde el protagonista tira la basura en un contenedor, dura más de un minuto) y una fotografía en blanco y negro mucho más contrastada son los marcos formales de un corto tal vez menos hilarante que su predecesor, pero igual de imaginativo. En el universo de Protopartículas caben viajes en el tiempo y trabajadores que se someten a experimentos científicos peligrosísimos. Pero el foco no está puesto en esos momentos excitantes, sino en los días muertos, mientras el protagonista espera en España que pase el tiempo, llegue el futuro y vengan a rescatarlo. García Ibarra muestra actividades cotidianas. La cuestión es que algunas de ellas, en estos contextos fantásticos, pueden ser más peligrosas de lo normal. Por ejemplo, cuando el hombre del futuro se rasga el traje mientras pela una manzana, crea un agujero que acelera su proceso de desintegración y, en consecuencia, su muerte. En esta situación aparentemente sencilla conviven dos extremos que el director resalta en otra entrevista: comedia-drama y ciencia ficción-vida doméstica.

En Uranes (2013), esa película de exactamente 60 minutos, aparece una familia marcada por el abuso y la enfermedad. La tragedia es mayor y, en consecuencia, también las dosis de humor negro. José Luis (José Manuel Ibarra) sufre de leucinosis, y vive en una casa en el campo con su abuelo, quien durante años abusó de su hermano Francisco. Francisco, apenas pudo, se escapó del grupo familiar. Los padres de ambos están desaparecidos (al final de la película vamos a enterarnos de la verdad, pero tampoco hace falta contar todo). La abuela, ya separada de su marido pederasta, pasa sus últimos días sola y senil en un departamento. Un hecho —nuevamente— extraterrestre reúne a Francisco con su hermano y su abuelo Ángel: la presencia de unos ovoides que se encuentran desparramados por todo el planeta y que Francisco, como miembro menos respetado (“más mediocre”, dice el narrador) de un grupo de científicos, tiene la tarea de clasificar y fotografiar.

A diferencia de los dos cortos anteriores, en Uranes la música tiene un lugar central. En realidad se trata solamente de dos canciones, que ocupan lugares muy diferentes en la estructura de la película. Una es “A todo querer”, canción compuesta por José Luis donde los trenes son una metáfora del amor, y que interpreta durante el film, no sólo cantándola, sino también bailando la coreografía del estribillo. La otra, “Uranes” del dúo Siesta!, ocupa un lugar particularmente emotivo: después de atacar a Ángel, Francisco invita a su hermano a dar un paseo; un fragmento instrumental de la canción acompaña el reencuentro. Allí se produce uno de los mayores quiebres formales de la película: tras un plano fijo largo de la puerta de la casa de Ángel y José Luis pasamos a numerosos planos breves, cargados de vértigo y movimiento, con los cuales García Ibarra narra el viaje de los hermanos. La ruptura funciona como una liberación de las tensiones acumuladas durante las escenas anteriores. En realidad la tensión no se resuelve —nada mejora sustancialmente— pero por lo menos podemos sonreír durante algunos segundos: el sol se esconde, Francisco y José Luis viajan en auto por las montañas y tiran fuegos artificiales (José Luis ama los fuegos artificiales), y por un rato todo parece estar bien. Las limitaciones con las que tuvo que lidiar el director durante la filmación de Uranes no resultan evidentes en la película. Una de sus grandes capacidades es la de economizar: sacarle el máximo provecho a los recursos limitados (sea tiempo, dinero o cualquier otra cosa). Uranes continúa el universo de los cortos previos, ampliándolo relacional y emocionalmente. No sólo es una película más larga: es, también, más compleja.

El mismo año, García Ibarra presentó Misterio, un corto de 12 minutos que cuenta el impacto que tiene la aparición de la Virgen María en un grupo de mujeres de Elche. Particularmente en Trini, que trabaja en una fábrica de reparación de calzado, tiene un hijo nazi y está casada con un hombre enfermo. Su hijo y su marido hablan poco y no saben leer. Un día Trini se entera de que aquello que les habla a las mujeres del pueblo no es la Virgen sino un ser extraterrestre, y abandona a su familia con la certeza de que va a poder cumplir su sueño de viajar al espacio. En Misterio el retrato se distancia del individuo o el grupo familiar para abordar a varias mujeres, que tal vez canalicen sus creencias, esperanzas y deseos en la figura de la Virgen. O tal vez la Virgen realmente exista y se les esté apareciendo. O tal vez Trini tenga razón y se trate de un ser de otro planeta. Misterio. En todo caso, lo importante es la presencia —real o inventada— de lo sobrenatural en la vida cotidiana y los relatos transmitidos de boca en boca. En Misterio hay un cariño por cierto clima de pueblo que escapa, muy felizmente, del costumbrismo. La tristeza de los personajes no genera rechazo. Hay, en cambio, una búsqueda fructífera de belleza (muy personal; otra vez: lejos de las postales) y un interés muy específico por el habla y la expresión de los personajes. Si en las películas anteriores el diálogo era inexistente o mínimo, acá ocupa un lugar importante, aunque los personajes hablan poco. Brillan, eso sí, el ritmo, el lenguaje y la entonación. Como en todo su cine la forma está dada, entre otras cosas, por la escasez y el vacío.

La disco resplandece (2016) es un quiebre en la filmografía de García Ibarra. Con una fotografía granulada —que lo distancia de la pulcritud de Misterio— y formato 4:3, el corto cuenta el viaje de un grupo de amigos a las afueras de la ciudad, a una discoteca abandonada y, al día siguiente, a una ceremonia en homenaje al padre de una de ellas. Realizado para el film colectivo U istom vrtu (En el mismo jardín), sobre las relaciones entre turcos y armenios, acá los elementos de su cine reaparecen, pero configurados de una forma nueva. En la Elche de La disco resplandece conviven la tradición (la ceremonia), una nostalgia moderna (fotografía que remite a los 70s/80s, el arcade que juega José Manuel Ibarra) y referencias culturales fuertemente contemporáneas (por ejemplo, la música trap que escuchan y bailan los personajes). García Ibarra logra respetar la propuesta del film colectivo sin renunciar a sus propios intereses: al anochecer, uno de los muchachos cuenta una historia sobre una luz muy extraña que cayó del cielo y cómo hombres del ejército trataron de ocultar todo. Con una línea narrativa menos potente que los films anteriores, el atractivo principal de La disco resplandece está en la fotografía (a cargo de otro cineasta valioso: Ion de Sosa), los alrededores de Elche, la suavidad lumínica y esa exploración de los modismos y los gestos que parece tener cada vez más fuerza en su cine.

Cinco películas en menos de cien minutos. Una obra donde el cortometraje vale por sí mismo, y no porque constituya el grueso de su filmografía, sino porque el propio García Ibarra no considera que un corto sea una preparación para algo “mayor”: cada film requiere de cierta duración para desarrollarse, y está bien que así sea. No hace falta más. Y tampoco hacen falta más que ciertos elementos, organizados con cariño, imaginación y espíritu lúdico, para poner a un pueblo en el universo cinematográfico. La gente rara de Elche ataca y los curiosos del resto del planeta miramos asombrados.

 

1 Dos de ellos se pueden ver en la cuenta de Vimeo del director (/chemagarcia).

Nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires. Es estudiante avanzado de las carreras de Licenciatura en Sociología y Profesorado de Sociología (FaHCE-UNLP). Escribe en las revistas digitales La Cueva de Chauvet, Détour, Tierra en trance y Caligari, y en el portal web indieHearts.

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