EL CASINO DE LOS POBRES

El autor ve con muy buenos ojos esta esperada vuelta de Bruno Stagnaro, con una serie hecha para la televisión, que retrata el bajo mundo del delito y la marginalidad.

 

“-Jefe, alto orgullo pa’ mí estar con usted metiéndole el pecho, se los conté a los guachines. ¡Pa! Alta flasheada se pegaron.

-¿Por qué hablás así, querido?

-¿Así cómo?

-Alto esto, alto lo otro, es tan fácil hablar bien, ¿por qué la complican?”.

 

En 1993 Robert De Niro debutaba como director en un film que protagonizaba con Chazz Palmintari, el título original era A Bronx tale y como lo indicaba el nombre transcurría en el Bronx, pero en los cines argentinos se estrenó como Una luz en el infierno. Si bien la película mostraba el mundo de la mafia, y contenía escenas de violencia entre afroamericanos e italianos, no era necesariamente el infierno lo que allí se mostraba. Un adelantado el traductor, pensando en que todo lo que huela a barrio bajo en el actual contexto, pasa a ser infernal o inviable.

En su reciente best seller “Las maldiciones”, la escritora Claudia Piñeiro plantea la propuesta de la división de la provincia de Buenos Aires y ya que está, del partido de La Matanza. Todo termina en una paradisíaca imaginería de clase media con banderitas de la Juventud Radical en la Plaza Moreno de La Plata. Seguramente Luis Brandoni, disfrutará de la lectura de ese libro y se lo ve seguro en su defensa de la gobernadora María Eugenia Vidal y del gobierno nacional cuando concurre a programas como Intratables. Pero cuando uno lo ve interpretando al Chelo Esculapio se olvida de todo eso, ve a un Actor y eso se va trasladando a todo el elenco de esa gran serie que es Un gallo para Esculapio.

Desde los tiempos de Okupas se extrañaba una serie dirigida por Bruno Stagnaro. El lejano 2000 nos encontró con un país que se perfilaba para el desastre y en once capítulos nos contaba quiénes ya estaban en los márgenes y el protagonista era un joven de clase media que había dejado los estudios y se refugiaba en una casa que tenía que cuidar. Salía al ruedo y se encontraba con una de las tantas argentinas posibles. Como en el Martín Fierro los protagonistas se dispersaban por distintos puntos (pero uno había caído, el menos decidido a la violencia) y la policía, en un efecto circular, volvía a la casa ya abandonada.

Se tomó su tiempo Stagnaro y volvió con todo. La acción es en el Conurbano, hay referencias claras a Liniers y a Morón. Son lugares donde viven millones de personas, aunque el discurso instalado señala que allí no se puede vivir. Un gallo para Esculapio elige meterse en el mundo del delito. Se van rozando temáticas todo el tiempo y abarcarlas para el análisis merecerían varios tomos de libros, gran mérito de una serie que cuenta con apenas nueve capítulos.

En la mezcla está la vida y el conflicto. La banda de delincuentes al expresarse muestra prejuicios que muchas veces vemos replicados en otras partes de la sociedad. Repitamos: es una banda de delincuentes, ¿qué vamos a esperar? ¿el lenguaje público de quien dirige una ONG o una entidad religiosa? Aunque bien valdría la pena, en un futuro, comparar el lenguaje violento (más allá de los modos) de Monseñor Aguer en La Plata con los de los integrantes de la banda del Chelo Esculapio. Mientras tanto, los personajes de la banda sacan conclusiones como que los gitanos no trabajan, a un negro le dicen Péndulo (Sora Ndjayé), a un paraguayo Chilavert y se sienten mal cuando es más lúcido que ellos alguien que llega de otra provincia, a quien le empiezan a decir Pajuerano.

Pero en ese conflicto vemos también que justamente conviven todo el tiempo. El que manda a robar un gallo y tiene acento porteño vive con su esposa paraguaya, un fanático del Gallito de Morón con expresiones homofóbicas convive con una trans de acento centroamericano y aparece también el mundo africano. Y esto último Stagnaro lo puso en la ficción. Pese a que abundan negocios de ellos en las calles del Conurbano y la Capital, no aparecían en la ficción argentina.

Nos encontramos, también, con la riña de gallos. Alguien podría preguntarse, ¿qué se puede contar de novedoso después de los dos Anicetos de Leonardo Favio o de la novela “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez que llevó al cine Arturo Ripstein? Un error plantearlo así, cuando hay talento se puede.

Recojo el guante del comentario de un amigo, que le gustó la serie pero que me decía que todo ya lo había visto antes. Se podría decir que la fiesta de la comunidad boliviana de Copacabana, en Liniers, remite a la procesión de la Virgen de la comunidad siciliana en El Padrino II (1974). Stagnaro, con cultura cinéfila, lo sabe y no le importa. Porque por más que remita, si lo comparamos vemos las características diferentes de cada uno.

Los sí lugares

Los escenarios son variados: pensiones, terminales de ómnibus, estaciones de servicio, lavaderos de autos, jardines bilingües, un cementerio judío y en el último capítulo todo lo que se cruza en una road movie.

El Hospital Posadas se convierte en un lugar donde el humor se mezcla con el patetismo. El personaje de Lokillo (Ariel Staltari, el Rollinga de Okupas, y co-guionista de la serie) logra en una sala pelearse con todos, a través de un humor negrísimo, y conmoverse. Allí también hay un grupo de autoayuda. Podría remitir a la más que recomendable serie The Americans donde el espía soviético termina dudando ante algunos slogans pronorteamericanos, pero en Un gallo…, en ese grupo de mujeres que tienen a sus familiares presos, la acción llevará a que la joven esposa de Chelo (Julieta Ortega) quiera integrarse y para eso les lleve regalos caros, hasta que todo termine en la utilización más cruel. Ahí la historia es clara, es el momento incómodo, cuando se descubre que los supuestos códigos son modificables y todo puede terminar en una balacera en un cumpleaños de quince.

La cárcel es presentada como la tumba y el Chelo va de visita a regañadientes. A Stagnaro no se le ocurre la irrealidad de Relatos salvajes donde Bombita festeja su cumpleaños con su mujer y su pequeña hija, con una torta, al mejor estilo clase media. Quizás los orígenes de Szifrón y Stagnaro provengan de la misma clase, pero mientras que uno subestima, el otro comprende.

Hay prostíbulos disfrazados de pool o de bares de camioneros. Y aparece el Mercado Central con su universo de dateros. Insistamos: en la serie se elige contar el mundo del delito. Por supuesto que existe otro mundo dentro del Mercado y del Conurbano. Pero un personaje clave a quien apodan el Viejo (Ricardo Merkin) le recomienda a Nelson (Peter Lanzani) que nunca sea un “gil laburante” y vemos a varias personas cargando sus bolsos después de bajar de un colectivo. No hay trazo grueso en la mirada del director, los personajes dicen lo que tienen que decir, y no necesariamente lo que se espera (o desea).

A Stagnaro no se le ocurre la irrealidad de Relatos salvajes donde Bombita festeja su cumpleaños con su mujer y su pequeña hija, con una torta, al mejor estilo clase media. Quizás los orígenes de Szifrón y Stagnaro provengan de la misma clase, pero mientras que uno subestima, el otro comprende.

Personas

Hay un conflicto entre hermanos tan antiguo como el de Caín y Abel pero con características menos bíblicas y más cercanas a una canción de Los Olimareños. Peter Lanzani no desentona para nada como quien llega de Misiones a buscar a su hermano. Lejos de cualquier estereotipo desarrolla la decisión de vivir en la Cabeza de Goliath y de ser un soldado del Chelo.

Su hermano Roque (Diego Cremonesi) aparece promediando la serie y es una bolsa (en más de un sentido) de conflictos. Lanzani es del barrio de Belgrano, Cremonesi de La Plata, pero viendo la serie nadie dudaría que vienen de Misiones. Como nadie dudaría que los personajes son del Conurbano. Y para determinar eso no hace falta ver la serie con un diccionario de localismos al lado, en la ficción cobra un grado de importancia si es creíble o no.

Vale la pena ver lo convincente de todos los de la banda del Chelo. Aparte de los ya nombrados Lanzani, Cremonesi, Merkin, Staltari, la forman: Tony (Diego Mesaglio, que salió como Lanzani de la escuela de Cris Morena y que utiliza todos sus recursos, hasta la lesión en un ojo en un accidente doméstico, para la composición del personaje), el Gordo Película (Gabriel Almirón, alejado de su pasado en las cámaras ocultas de Tinelli o en el Pacotillo de “La Peluquería de Don Mateo”), el Tano (Pablo Cerri, el personaje que desafía todo el tiempo a Chelo y que descuida todas las acciones importantes de la banda mientras hace su juego propio), Pipino (Arturo Frutos, el especialista en tecnología), Varela (Cristian Salguero que viene de La Patota de Santiago Mitre, acá hace un personaje violento y leal, alejado de la moralina de aquel film) y Yiyo (Luis Luque, el segundo de Chelo, con ambiciones propias y que hace un muy buen personaje, pero… mérito de la serie acá es uno más).

También son parte de la banda la abogada (Carla Pandolfi) y Bermúdez, un comisario corrupto con una brillante actuación de Rubén Stella. Viendo sus gestos y su manera de interactuar con Brandoni, en un duelo actoral comparable a los que tenían Dennis Hooper y Christopher Walken en True romance (1993) de Tony Scott, debe odiar cada vez que se cruce con su imagen en el canal Volver, cuando dan algún lamentable capítulo de “Rompeportones” que salía por canal 13, apenas unos años antes de que Stagnaro revolucionara a la televisión con Okupas. Para emparejar Stella podrá recordar sus actuaciones como Discépolo o San Martín y ahora con Bermúdez.

Mención aparte para Eleonora Wexler, cantante que vive en un monoblock con su hijo y disputada por los dos hermanos. La violencia de género aparece en ese estrato social desprotegido. También la trans Edu (Manuel Victoria, Stagnaro elige que sea el personaje de más ternura genuina) sufre violencia de Ismael (Diego Echegoyen, el buscavidas que ayuda a Nelson). Nelson mismo se siente intimidado por su presencia y si bien parece congeniar mantiene las distancias, lo cual hace creíble la situación. Más tranquilizador sería que no tenga prejuicios pero es, entre tantas otras cosas, una serie realista.

El personaje de Andrea Rincón (Vanesa) va perdiendo relevancia con el correr de los capítulos, pero logra que el espectador se abstraiga y que no la vincule con su abrumadora presencia mediática. En el mundo de los galleros están los Ávalos, uno más joven con un hablar muy suelto (le dice “la fuerza del cariño” a Lokillo o le retruca que cuando anda en moto no tiene “una leve tendencia a irme hacia la izquierda” sino “una leve tendencia a los postres”) y el Viejo Ávalos (Norberto Muchinsci, quien pasó de vender lombrices cerca de la subida de la autopista La Plata – Buenos Aires a protagonizar un documental de Ulises Rosell, y de ser carne de la avidez amarillista de los noticieros por comer gatos a ser el rival en más de un sentido del personaje de Brandoni). Aguirre (José Sosa) es el que sabe de gallos, posiblemente sea un no actor, pero su personaje es creíble. Bien también Palomares (Bernardo Forteza, encargado del lavadero) y Coco (Gerardo Maleh, amigo de Lokillo, con una personalidad con luces y sombras, alejado del peligro y más cercano a un “gil laburante”).

Entre los personajes también hay una fiscal implacable por parte de Cecilia Rossetto. Está decidida a que las cosas salgan bien y por eso tiene que insistirle por una “patriada” a un policía de Ibicuy en Entre Ríos para que la ayude a atrapar a Esculapio y a Nelson. Es interesante el planteo, el policía para hacer lo correcto debe ocultarse de sus compañeros. No necesariamente las cosas le saldrán bien.

Y si las acciones atraviesan Entre Ríos y llegan a Santiago del Estero es porque todo termina en una road movie, con mucho de western, pero que sin embargo (y pensando en el Oeste, pero el de acá) haría exclamar a más de uno como lo hacía aquel cantante pelado “esta sí que es Argentina”. Por esos caminos se encontrarán, nuevamente, con otro de los grandes personajes, el Guaraní Estévez (Augusto Britez, el Peralta de Okupas, paraguayo pero que se hace pasar por mexicano “por marketing”), que vive con dos esposas y que sabe aprovechar las redes sociales.

Súper acción

Las búsquedas de las garrafas robadas es uno de los grandes momentos de la serie, al igual que todos los robos a camiones. El término de “piratas del asfalto” no nos retrotrae ni a Emilio Salgari ni a Stevenson, sino a algo más cercano, donde incluso el personal de seguridad que es secuestrado, tiene que aportar en una coima para seguir viviendo. Algo que se ve todo el tiempo, y que los únicos que nunca parecen notarlo son los inspectores de tránsito, son los camioneros manejando esos mastodontes y hablando, con naturalidad, por celular. Al ojo de Stagnaro tampoco se le escapa.

Otro mérito: temas musicales que ya se escucharon miles de veces de los Pimpinela (hermanos con distintos conflictos que Nelson y Roque, aunque si uno escucha atentamente las letras…), de Sandro o del Paz Martínez, se ajustan totalmente a la acción. La desbandada ante la presencia policial y el “por eso vete, olvida mi nombre, mi casa, mi cara”; el “qué par de pájaros los dos” cuando Chelo ve la revista de gallos con el Guaraní Estévez en tapa o el tema de Sandro, mientras el Viejo promete una provoleta de jamón y queso a la salida de la casa de apuestas y el “por ese palpitar” que empieza a sonar, antes que le pidan fuego, al volante del Chevrolet, al lado de una mujer y el “no fumo, nene”, y lo que pasa después no se puede contar…

Algunos detalles finales: con respecto al nombre de un lavadero hay una mención a la C y la K (¿guiño político?) y vale la pena recomendar una película que solía aparecer en la televisión los sábados a la tarde, Cuenta conmigo (1986) de Rob Reiner, basada en un relato del gran Stephen King, que Stagnaro declara como que lo influyó mucho en su carrera.

En un año donde las propuestas argentinas en los cines comerciales no pasan por un gran momento, una luz ya no en el infierno sino en la televisión, se abrió con Un gallo para Esculapio. Desde ese corto Guarisove, los olvidados (1995) que se permitía tomar con humor la guerra de Malvinas o la co-autoría con Caetano en Pizza, birra, faso (1997), una película bisagra en el cine argentino, esperamos ver ficción de Stagnaro en la pantalla grande o pensar en la posibilidad de encontrarse el año que viene con la continuación de Un gallo para Esculapio. Esta serie que fue una buena noticia para que el Conurbano no lo cuente el recorte permanente y la mala leche de periodistas como Martín Ciccioli o Daniel Malnatti.

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Juan Manuel Bellini
Nació en Tolosa, La Plata, el 12 de junio de 1978. Periodista. Ayudante de la cátedra Análisis y Crítica de Medios de la UNLP. Trabaja en el Programa de Justicia por Delitos de Lesa Humanidad de la Comisión Provincial por la Memoria. Colabora en los programas de radio Panorama del Cine (AM Universidad) y Cacodelphia (FM Futura).

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