EL CINE COMO SUEÑO, HISTORIA Y EROTISMO

El autor escribe sobre Una eztetyka sudaka, libro que recopila ensayos sobre la obra del cineasta miramarense Jorge Acha, director de un film clave del cine argentino de los ochenta como Hábeas Corpus.

 

Durante los últimos años el nombre de Jorge Acha (Miramar, 1946-1996) fue cobrando peso en la cinefilia local. Si bien su primer largo, Hábeas Corpus (1986), es considerado desde hace mucho uno de los films clave del cine argentino de los ochenta, el universo de Acha es mucho más amplio: cortometrajes en Super 8 y 16 mm., pinturas, textos y otros dos largos (Standard y Mburucuyá: Cuadros de la naturaleza) terminan de constituir una obra experimental, vital, cargada de obsesiones y absolutamente anómala en el panorama argentino de la época. En su recuperación reciente tiene un lugar central Gustavo Bernstein, quien fundó la Asociación Civil Jorge Luis Acha (1), editó dos tomos con sus textos bajo el título Escritos póstumos (2), codirigió junto a Carlos O. García y Alfredo Slavutzky (3) el documental Thálassa, un autorretrato de Jorge Acha y en 2017 editó Jorge Acha. Una eztetyka sudaka (4), trabajo colectivo donde once críticos e investigadores analizan distintos aspectos de su obra.

La obra de Acha, económica y rigurosa, dialoga con figuras y líneas estéticas improbables para el cine argentino de los ochenta y comienzos de los noventa: Alexander von Humboldt, Jean Genet, Robert Bresson, Leonardo Da Vinci y Pier Paolo Pasolini se asoman por las páginas de Una eztetyka sudaka, y permiten configurar un universo de intereses relativamente definido. Ya en el prólogo de Bernstein, “Taxonomía de un sudaca”, encontramos el nombre de Glauber Rocha; presencia que permite entender no solo el uso de la palabra “eztetyka” en el título del libro sino también la centralidad de lo onírico en la obra de Acha y su interés por construir una mitología de lo latinoamericano que se interesa por los aborígenes, sus preocupaciones, creaciones e ideas. En Mburucuyá (1992), sin ir más lejos, Acha imagina viñetas del viaje de Humboldt y Aimée Bonpland por la cuenca del Orinoco, centrándose en sus vínculos con los aborígenes americanos. Mburucuyá es, también, el film donde Acha presenta la expresión “Cine Sudaka”, la otra palabra que le da título al libro de Bernstein.

La variedad temática del libro logra abarcar gran parte del universo estético e intelectual de Acha, centrándose principalmente en sus largometrajes. El lugar de sus films en el marco del cine argentino del período, por ejemplo, es abordado por Pablo Piedras en “A contracorriente”, felizmente ubicado —por su análisis de contexto, menos específico que el de otros artículos— luego del prólogo de Bernstein. Allí Piedras refiere a la rareza de un film como Hábeas Corpus, con su abordaje radical del encierro en dictadura, y su distanciamiento de otras películas temáticamente afines como La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) o La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986). Piedras también propone un diálogo —más fluido en algunos casos, más tenso en otros— entre el cine de Acha y otros realizadores argentinos como Pino Solanas, Jorge Polaco o Armando Bo, y destaca el carácter insólito de su preocupación por los pueblos originarios latinoamericanos, tema prácticamente ausente en el cine mainstream argentino del período. Una eztetyka sudaka se completa con ensayos sobre el erotismo en Hábeas Corpus, lo onírico en el cine de Acha, la idea de patria en Standard (1991) y tres textos que analizan desde diferentes ángulos a Mburucuyá, film poco visto en su momento y que es, en cierto modo, el gran (re)descubrimiento de esta nueva oleada de —merecida— apreciación de la obra del cineasta miramarense.

El cine de Acha es particularmente sensual; el trabajo sobre los cuerpos y la piel es constante. Los planos cerrados a veces pueden ser liberadores.

Uno de los triunfos del libro es que genera una sensación de unidad, trascendiendo cada texto específico para hilar una serie de referencias, influencias, preocupaciones e imágenes que aparecen con regularidad. Así, el trabajo sobre los cuerpos masculinos, la reflexión sobre la historia cultural argentina (del siglo XX) y latinoamericana (precolombina) y el impacto del arte y el pensamiento europeo en América —por citar tres ejemplos entre varios— son temas que dan vueltas por las páginas del libro, en diversos textos y en relación a distintas películas. Esto habla de las numerosas puertas que abre el universo de Acha; intereses concretos y definidos que, gracias al abordaje original de los distintos colaboradores, deseamos conocer en mayor profundidad. Puede resultar curioso que, en un libro sobre un cineasta argentino, se pueda pasar sin demasiado problema de Jack London a Leonardo Da Vinci, y de Da Vinci a Borges, Humboldt, Rodolfo Walsh, Gelman, Wagner, Simmel, Bataille o Brecht. Lo curioso, en todo caso, es que no resulte forzado ni gratuito; el cine de Acha logra jugar con estos referentes y varios más, siempre desde una óptica personal, sensible e imaginativa.

En “Standard: la patria revisitada”, Magalí Mariano refiere a un libro, muy apreciado por Acha, del dramaturgo y ensayista Maurice Maeterlinck: La vida de las hormigas, publicado por primera vez en 1930. En el libro, dice Mariano, Maeterlinck parte de nociones generales sobre las hormigas para “terminar ahondando en los detalles más increíbles de los himenópteros cavadores que viven en civilizada sociedad”. Acha también, en su obra, parte de temas que podrían considerarse grandes y generales, pero no para elaborar reflexiones pedagógicas, morales o teóricas, sino para convertirlos en momentos, situaciones. El cine de Acha es particularmente sensual; el trabajo sobre los cuerpos y la piel es constante. Los planos cerrados a veces pueden ser liberadores. En Mburucuyá —cuyo notable trabajo de puesta en escena es analizado extensamente en los últimos tres artículos del libro— la ausencia de recursos económicos no le impidió al cineasta imaginar la relación entre Humboldt, Bonpland y los indígenas sudamericanos. Es una película filmada en estudios, con telas de fondo que representan entornos selváticos sin ocultar su carácter ficticio. El artificio reina y, así y todo, no hay una distancia cínica. El trabajo artesanal tampoco es una excusa para la falta de rigurosidad.

Acha, siempre interesado en el detalle, creaba poesía (nunca la ponía frente a la cámara, como haría un paisajista, sino que la construía desde la puesta en escena); una poesía que también era “capaz de interpelar una vasta gama de significaciones históricas y estéticas” (Lucas Sebastián Martinelli, “El erotismo acuático de Hábeas Corpus”). El libro compilado por Bernstein da cuenta de esta riqueza, y para ello parte de una evidente pasión por su objeto de estudio; pasión que —a diferencia de lo que piensa cierto sector de la crítica de cine local— no implica necesariamente dejar de lado herramientas teóricas y académicas.

(1) Puede encontrarse mucho material recuperado por la asociación en el blog https://jorgeluisacha.wordpress.com/
(2) El primer volumen fue editado por Alción Editora en 2012 y el segundo por Ítaca Ediciones en 2014. Un tercer volumen se encuentra en preparación.
(3) Responsables, junto al fallecido Rodrigo Tarruella, del documental Cinéfilos a la intemperie (2005), con entrevistas a cinéfilos y críticos argentinos de comienzos de los noventa, entre ellos Jorge Acha.
(4) Ítaca Ediciones, 2017

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Alvaro Bretal
Nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires. Es estudiante avanzado de las carreras de Licenciatura en Sociología y Profesorado de Sociología (FaHCE-UNLP). Escribe en las revistas digitales La Cueva de Chauvet, Détour, Tierra en trance y Caligari, y en el portal web indieHearts.

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