EL FINAL DE TODO

El autor vuelve a su género de cabecera: la distopía. Aggiornado a los tiempos que corren, aborda una película de la plataforma de cine y series más famosa de la actualidad.

 

El final de todo (2018) es una película de casi dos horas de duración producida por Netflix, dirigida por David M. Rosenthal y actuada por Theo James (el joven abogado Will), Kat Graham (su novia Sam), Forest Whitaker (Tom, el padre de la novia) y Grace Dove (Ricky, agregada al grupo) entre otros. Es de mediano a bajo presupuesto (20 millones de dólares) y fue filmada entre Estados Unidos y Canadá. Netflix la incluye en su lista de pelis catalogadas como “inquietantes”. Si hubiera salido del Festival Sundance, por ejemplo, ya la estaríamos apreciando en Cannes. Pero como surgió de Netflix, miles de abonados la defenestraron en el acto. En la reseña que sigue se cuentan detalles de la historia, así que están avisados. Le damos siete puntos sobre diez.

El título original es: How it ends, que podríamos traducir como “Así es como termina”. Por supuesto, teniendo en cuenta que los que hablamos castellano somos levemente subnormales, la rama hispana de Netflix decidió traducirla como “El final de todo”, con lo cual uno se queda pensando en el Apocalipsis según San Juan, o en invasiones extraterrestres, o cosas por el estilo. Eso les pasó a los chicos que opinaron sobre la peli en el mismo sitio de Netflix. Citas textuales del sitio: “Todo es un sinsentido!”, “qué mala, por favor”, “le faltó el final”, “no explican nada”, “qué pérdida de tiempo”, “un disparate inconexo”, “no se sabe qué está pasando”, etcétera. Sospechamos que el grueso de los anglosajones, chinos o africanos que la vieron también deben opinar cosas similares, por lo que no deberíamos apurarnos a aceptar nuestra subnormalidad así como así.

La trama es lineal: un hecho dramático interrumpe la vida normal de los estadounidenses. Un padre preocupado inicia un viaje para rescatar a su hija. Se van incorporando personajes a la misión de rescate. La historia es el viaje en sí mismo. Esto es, precisamente, lo que confundió a los pochocleros; esperaban ver una peli de zombies, o de maremotos, o de guerras intergalácticas, pero era una sobre ellos mismos. Sobre nosotros. El final es completamente irrelevante: ¿qué importa si la parejita muere al final, o si se casan y comen perdices, o si se los come una medusa gigante? Lo que importa es que ellos y el resto ya nunca más serán los mismos. Pero para explicar esto hay que detenerse un segundo en el marco general.

¿Se han puesto a pensar qué sería de nosotros si un día de estos se apaga la luz, para siempre? ¿O si abrimos la canilla y ya no hay agua? ¿O si dejan de pasar los basureros? ¿O si de golpe se corta internet? ¿O si se tapan las cloacas? ¿O si se acaba la nafta? ¿O si la policía, en lugar de protegernos (es un decir), decide un día matarnos a todos? ¿O si pasa todo eso junto, al mismo tiempo? “El final de todo” es un ensayo de cómo podrían ser las cosas si pasara todo esto. Su respuesta: se acaba la sociedad y comienzan las bandas.

Netflix te da sorpresas; sorpresas te da Netflix. Para los códigos de esta empresa, la peli es altamente subversiva: el ejército no salva a nadie, la policía te para en la ruta para matarte, la parejita protagónica no tiene la menor intención de salvar al mundo y EEUU termina destruido.

Una sociedad es un conjunto de personas sujetas a una serie de normas, de roles individuales y colectivos; cuanto más desarrollada es esa sociedad, más complejos son esas normas y esos roles. En una situación de “normalidad” suelen ocurrir interrupciones en la cadena de actos societarios; qué les digo, cada tanto se muere, enloquece o jubila el portero de un edificio, un físico nuclear, un actor de moda. Ocurre que el mismo sistema normativo tiene respuestas inmediatas para cada una de estas interrupciones. Ahora bien, en una situación de catástrofe o colapso societario,  las cosas suelen cambiar, digamos que para mal del conjunto. Se diluyen los valores morales, esto es, el conjunto de normas que se transmiten de la sociedad al individuo; este último, al final, define sus propios códigos, centrados en un único objetivo: la supervivencia. De más está decir que estos nuevos códigos suelen ser mutuamente excluyentes para la mayor parte de los que quedan vivos.

La trama de “El final de todo” comienza en Chicago cuando Will, un joven y promisorio abogado, despide a su novia Sam en el aeropuerto. Ella vuelve al hogar de ambos en Seattle. Will debe ir a cenar con los padres de Sam para pedirles su mano (Sam está embarazada). Al otro día, luego de una espantosa reunión con el padre de Sam (Tom), Will descubre que algo feo está pasando en Seattle. Se interrumpe la comunicación con Sam (se habla de un hecho que podría ser tectónico o bélico o climático, nadie sabe bien qué). Al rato se apaga la luz en Chicago, se corta internet, aparecen aviones militares y comienza el tole tole y la histeria colectiva. Will se reencuentra con Tom y decide acompañarlo para rescatar a Sam en Seattle, unos 3.300 kilómetros al oeste de Chicago. Se inicia así el viaje, tópico esencial de cualquier gran narrativa norteamericana contemporánea. Las escenas de la película se resumen en días: Primer día, Segundo día, y así hasta siete, creo recordar.

Tom y Will comienzan a experimentar la desintegración normativa societaria desde el primer día. Llegan a una estación de servicio caótica en donde se aprecia un temido cartel: “Cash Only”. Intuyen de inmediato que son Ellos contra El Mundo. Hacia el segundo día incorporan a una mecánica de una reserva indígena (Ricky), por lo que la banda se constituye con tres personas. Sigue una docena de situaciones dramáticas en las que Tom y Will pierden todo sentido previo de pertenencia colectiva, normativa moral o códigos ciudadanos. No es el caso de Ricky, quien decide abandonarlos al tercer día. Tom se muere al cuarto, por lo que la banda se torna unitaria. Will, abogado promisorio, llega a Seattle el quinto día y sí, se reencuentra con Sam, pero ya es otro. Uno para el cual la vida ya no es cenar en restaurantes pagando con Visa Dorada sino ramonear, en gasolineras devastadas, paquetes viejos de papas fritas. Y si no te gusta te vuelo los sesos. Hacia el final una gigantesca nube ardiente desciende de un valle y los persigue por una ruta vacía. Nadie sabe si mueren o no, y la película termina ahí, pecado imperdonable para multitud de espectadores. En fin.

El final de todo es una película moderadamente buena, pausada, bien actuada, sin violencias inútiles, con diálogos escasos pero significativos, con algunas fallas menores de guión y un sentido clásico de lo que es el relato cinematográfico (esto último es un elogio, avisamos). Forest Whitaker es un personaje en sí mismo, si bien se mantiene sobrio hasta el final. Theo James es una verdadera sorpresa: uno se identifica con el personaje desde el principio hasta el final. O sea, desde que surge como abogadito apegado a las leyes hasta cuando levanta el revólver para asesinar al salvador de su novia. En realidad, “asesinar” no es la palabra adecuada. En una situación de colapso normativo, Will diría que “eliminar un peligro real” es la frase justa. Will, como si nada, aprende a coimear, amenazar, abandonar moribundos en la ruta, cobrarse una venganza y finalmente matar, no una sino varias veces. Tom hace de profesor en algunas ocasiones, pero algo nos dice que Will lleva el aprendizaje adentro. Ricky se quiebra ya en el segundo día y los abandona a los dos; su código moral es societario, mientras que el de Tom y Will comienza a ser el de una banda.

Netflix te da sorpresas; sorpresas te da Netflix. Para los códigos de esta empresa, la peli es altamente subversiva: el ejército no salva a nadie, la policía te para en la ruta para matarte, la parejita protagónica no tiene la menor intención de salvar al mundo y EEUU termina destruido. Uno se pregunta si esta no será una, de unas cuantas, obras recientes que ponen el acento en situaciones de disgregación colectiva y ruptura del pacto social, en este caso en el corazón del Imperio. Preparando a las masas, que le dicen. Habrá que ver, y esperar; nunca se sabe (los abonados a Netflix, de momento, ni se dan por enterados). Hasta la próxima.

 

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Francisco Goin
Es paleontólogo, investigador del CONICET y trabaja en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. En sus ratos libres mira cine distópico, al que considera una proyección de los miedos de una sociedad en proceso de cambios.

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