EL PROBLEMA DE “DESPERTAR”

A partir de Wake Up (2020), cortometraje dirigido por Olivia Wilde a pedido de la empresa informática HP, Melina Mendoza repasa los sentidos y las implicaciones éticas contenidos en los usos de la palabra “despertar”.

Las palabras están atravesadas por la “vida intensa” de los contextos en los que son producidas. De esta manera, tienen una memoria y, a la vez, es posible la transformación de sus significados a partir de sus usos. Cuando señalamos la aparición de una palabra damos cuenta de una práctica determinada que podemos asociar a una forma de ver y de pensar el mundo. El cine, la televisión y las plataformas virtuales brindan herramientas con mucha riqueza a la hora de decir, de contar historias, de transmitir un mensaje específico. A su vez, para los espectadores, permite observar los momentos de enunciación y problematizar las múltiples formas en relación con su presente.

En enero de este año se estrenó Wake up, con la dirección de Olivia Wilde. Funcionó como una pauta publicitaria para la empresa de electrónica HP, pero llegó a festivales de cine independiente como Sundance. Actualmente está disponible de forma gratuita en YouTube. En el cortometraje, la protagonista, Jane Doe, escapa de un hospital y explora la ciudad de Nueva York para reconstruir allí la memoria de cómo fue el accidente que la llevó a estar internada. Comienza con un eco espectral que susurra “Wake up” (“Despertate”), mientras vemos una corporalidad frágil, en fragmentos, sometida a distintos procedimientos médicos, que deambula apoyándose en paredes de vidrio. Cuando logra fugar, las imágenes van volviéndose más cálidas, su cuerpo más flexible y su cara más expresiva. Sin embargo, nadie la nota. No la ven, no le prestan atención, no reaccionan ante su presencia, que se revela fantasmagórica.

Hay una concepción de la tecnología como dispositivo que debilita la experiencia con el mundo y con los otros, que se manifiesta desde lo visual y desde el sonido. La protagonista resulta invisible para las personas porque están haciendo uso de distintos aparatos electrónicos. En contraste, hay quienes la logran percibir porque pueden mirarla directamente: una niña, un músico, en la multitud del subte. Esta idea tiene su punto más alto hacia el final, cuando la protagonista se desdobla y encuentra una versión de sí misma, de su pasado caminando por la ciudad. En esta versión está vestida y peinada de una forma completamente opuesta, como de oficina, y está tipeando en un celular, mientras se escucha que susurra el mensaje que está enviando. Jane, en su versión del presente, la persigue hasta llegar a un edificio, donde la ve desde arriba, en corta distancia. Le grita y golpea el ventanal del edificio, intentando llamarle la atención y advertirle que un auto vendría al cruzar la calle. No oye y es atropellada. Una vez en el piso, en un primer plano, su versión del pasado le dice, y nos dice Wake up. Tras ver su propio accidente, pero en una corporalidad externa, se desprende del ventanal y comienza a recordar, a partir de la repetición de escenas, cómo se sintió en libertad de las tecnologías. Observa cómo, en ese espacio donde está, hay gente utilizando computadoras. Interrumpe a una chica sacándole los auriculares y poniendo su mano contra la de ella para luego sonreírle. “Despertar”, entonces, significa eso, allí: salir de la ensoñación de las máquinas y volver a generar contacto con los demás desde un acto simple como el tacto, la mirada, la sonrisa.

Después de un fundido a negro el cortometraje cierra con el siguiente texto escrito: “Our screens enable us to do amazing things. Let them enhance us, not diminish us” (“Nuestras pantallas nos permiten hacer cosas maravillosas. Permitámosles que nos mejoren, no que nos disminuyan”) y, luego, el logo de HP. Como cuando el paquete de cigarrillos advierte que su producto genera enfermedad, la empresa localiza una problemática y ubica la responsabilidad en los usuarios. Es una idea que aparece desde el título, desde ese eco, desde esas palabras. Es el problema de “despertar”. Un “despertar” en imperativo, no sólo en su modalidad verbal, sino también en cómo muestra las consecuencias de no hacerlo, que finalmente es una orden camuflada en una expresión de cuidado. Pero, ¿qué ética es posible, si se piensa al otro como una persona “dormida” en términos peyorativos? Se anula su voluntad desde un lugar moralizante. Se la subestima. Es una representación muy disputable que nos coloca en lugar de pasividad en relación con la tecnología, mientras que en la acción diaria hay muchos intermedios entre los binarismos que se reproducen. Hay un tono que va volviéndose anticuado y necesita renovarse prontamente, siendo consciente de la era en la que se enuncia. Haciendo una comparación tendenciosa, ¿nos sigue interpelando la narrativa Black Mirror de la misma manera que cuando vimos esa serie por primera vez, allá por el 2011? Desde el lugar de espectadores también transformamos los vínculos con lo que nos rodea y eso incluye todos los artificios que intervienen en la construcción de la subjetividad.

Por supuesto, esto no es una declaración de muerte contra la distopía, sino un llamado de atención a una forma de enunciar determinada. Un rechazo a la idea que sentencia al sueño alejado de la experiencia, del afecto, del conocimiento. Algo que reproducimos constantemente en nuestros propios discursos. Probablemente, un modo de pensar vinculado a la Alegoría de la caverna, que enseña que vivimos en un mundo de apariencias del que hay que salir, movimiento similar al despertarse de la ensoñación. También remite a Descartes que, en su Meditación Primera, piensa que “no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia” y utiliza esto como argumento para establecer que los sentidos pueden engañarnos. Se instala, entonces, un binarismo que entiende al sueño en relación a los “peligros de lo irreal”, mientras que estar despierta pasa a significar ser lúcida, poder ver, discernir mejor la “realidad”. Por otro lado, hay varios aforismos de Nietzsche que ofrecen otra concepción del sueño como una posibilidad para la experiencia y para el conocimiento. En 119 de Aurora, el filósofo coloca en una situación más equilibrada a la ensoñación con la vigilia en tanto que, según él, en ambas se interpreta aquello que se experimenta según el instinto del momento. La diferencia radicaría en que, en el sueño, nos permitimos más libertad para esa interpretación de los sucesos. Hay que soñar siendo conscientes de esa instancia, de sus potencias y limitaciones, como hay que entender que en la vigilia también existen. De nada sirve establecer una jerarquía entre esos dos planos de existencia. Excepto para la moral: ¿quiénes “despiertan” o quiénes pueden “despertar”? ¿Hay herramientas disponibles para todos? Si las condiciones no son las mismas, ¿cómo se demanda “despertar”? Se vuelve una exigencia meritócrata en tanto que se muestra individual y se achatan los vínculos posibles con las tecnologías asumiendo que siempre nos llevarán a la falta de afecto y percepción. Es una metáfora que borra la imaginación de cómo sería posible, en un proceso colectivo, librarnos de una alienación.

Como cuando el paquete de cigarrillos advierte que su producto genera enfermedad la empresa localiza una problemática y ubica la responsabilidad en los usuarios. Es una idea que aparece desde el título, desde ese eco, desde esas palabras. Es el problema de “despertar”. Un “despertar” en imperativo, no sólo en su modalidad verbal, sino también en cómo muestra las consecuencias de no hacerlo, que finalmente es una orden camuflada en una expresión de cuidado. Pero, ¿qué ética es posible, si se piensa al otro como una persona “dormida” en términos peyorativos?

No hay significados esenciales en las palabras. De modo tal que no se trata de anular definitivamente de nuestro vocabulario el enunciado “despertar”, sino que se trata de una pregunta por su problema, por sus potencias, por los contextos en los que aparece. Los mismos usos de la palabra demuestran que es posible emplearla en otros tonos y que, de alguna manera, es necesario. Podríamos señalar el término Woke (“despierto/a”), que fue utilizado, en principio, por la derecha, para hablar de alguien que tiene pensamientos de izquierda o, en sus palabras, que es “políticamente correcto”. Hoy, muchos jóvenes utilizan Woke para nombrar y burlarse de alguien que habla en este tono imperativo y que hace alarde de su condición de “despierto” desde un lugar de superioridad moral. Otro ejemplo cercano es lo que sucede en Chile. Para mencionar al estallido social reciente dicen “Chile despertó”. En principio, podríamos recordar los inquebrantables movimientos estudiantiles del país y afirmar que, efectivamente, nunca estuvo “dormido”. Aun así, sabiendo de la existencia de la canción patriótica Alborada, que se cantó durante el derrocamiento de Salvador Allende, que decía “Despierta, Chile, despierta”, es, de alguna manera, esperanzador una transformación del verbo, que sea posible vincularla a otro contexto, a otros enunciadores.  También es posible y necesario hablar de ensoñaciones imaginando futuros atravesados por las tecnologías, donde puedan problematizarse nuestras prácticas, nuestras relaciones y nuestra subjetividad, tal como el cortometraje de Olivia Wilde dice desear. Un caso icónico en la reinvención de sentidos es Matrix (1999): “Wake up, Neo” le dicen al protagonista mediante la computadora. Si bien la película ha sido óptimamente enlazada con la alegoría de la caverna, también puede convivir esa hipótesis con otras lecturas. La máquina también tipea “Follow the white rabbit” (“Sigue al conejo blanco”) que remite a Alicia en el país de las Maravillas. En ese relato, el conejo es quien dice “no hay tiempo”, dando cuenta de que no hay un tiempo verdadero, que se trata de algo relativo. A su vez, también allí, Alicia llega a ese mundo fantástico al quedarse dormida y, en su sueño, seguir al conejo por su curiosidad hasta lo desconocido. Hay una invitación a poder observar cómo funciona esa maquinaria, pero para ello hay que permitirse, también, la imaginación, la fantasía, la abstracción, otras experiencias para el cuerpo y los sentidos. Subestimar sus potencias implica imponer límites. A su vez, también, la película de las hermanas Wachowski termina con la canción Wake up de Rage Against The Machine, cuya letra, a diferencia del cortometraje de Wilde, ubica de forma clara y directa aquello de lo que debería “despertarse”. No se trata de objetos o conceptos puramente abstractos, señala a la policía, al nacionalismo e incluso usa nombres propios. Una ética en relación a nuestros consumos no sucederá espontáneamente, ni individualmente, ni dejando de utilizar porque sí nuestros aparatos. Podemos plantearla reinventando significados. Paul Preciado atiende a esta problemática en sus libros, cuando teoriza sobre la era farmacopornográfica. En Un Apartamento en Urano: Crónicas del cruce, un libro que comienza a partir de una valorización de las experiencias oníricas, escribe que tenemos que observar que nuestras prácticas digitales no se deslicen hacia una forma de totalitarismo de software único. En contraste con la propuesta de Wilde, donde el “despertar” es prácticamente fortuito y apela a lo emotivo para interpelar desde lo moral, en el texto de Preciado se sugiere una acción concreta, un ejercicio de pensamiento colectivo, de estrategia. Somos capaces de problematizar discursos que instauran modos de ver determinados, de la misma manera en que somos capaces de producir nuevos sentidos que amplíen las posibilidades para la imaginación y la expresión.

Melina Mendoza es poeta, periodista, estudiante de Letras. Se dedica a la difusión literaria de terror, ciencia ficción, fantástico. Sus intereses son las representaciones de las monstruosidades en las distintas artes. Hace investigaciones ñoñas de animación y cómic en el proyecto Trazo. Es gestora cultural, tallerista y editora. Está signada por una perspectiva feminista interseccional.

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