EL ROSTRO DE CRISTO EN EL CINE

Un nuevo libro lleva al autor a recorrer las distintas representaciones del Evangelio en el cine a lo largo de la historia.

 

El rostro de Cristo en el cine. Una lectura cinematográfica del Evangelio es el último libro del poeta, cineasta y arquitecto Gustavo Bernstein. Como buena publicación sobre un tema transversal a la historia del cine, su lectura provee de una historización del audiovisual a partir de una perspectiva temática particular.

La obra se encuentra dividida en tres secciones principales. En primer lugar, una introducción, “La redención del pecado”, donde se atiende a la conjunción originaria entre el nacimiento del arte cinematográfico y la representación cinemática de Jesús. De este modo, el autor considera que la narración del Evangelio contribuyó al aprendizaje de la sintaxis cinematográfica tanto de parte de los realizadores como de los espectadores: “los acontecimientos de la vida de Jesús, al yuxtaponer una sucesión universalmente conocida para cualquiera que hubiera crecido en territorio cristiano, permitían a los espectadores, sin nociones de sintaxis cinematográfica, sortear el paso de un cuadro a otro. La lectura del film ya no se agotaba en una toma sino que permitía una ilación con la siguiente, dando sentido al encadenamiento ininterrumpido de imágenes.”

En La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Román Gubern señala la continuidad entre la pintura religiosa barroca de los siglos XVI y XVII y las estampas y cromolitografías más recientes de la iconografía religiosa popular, hasta llegar a construcciones cinematográficas masivas del siglo XX como las de DeMille. Bernstein, por su parte, considera que así como hay un incremento de realismo en el pasaje del modo de representación bizantino al renacentista, el realismo fotográfico del cine viene a acentuar ese movimiento doble hacia el realismo y lo barroco: “Por un lado, el perfeccionamiento de un sistema fotográfico cinético que en su gusto por el detalle permite entronar el realismo como modelo representacional privilegiado. Por el otro, ese mismo detallismo torna la representación cinematográfica un modelo de imagen propicio al desborde barroco.”

A continuación, en la segunda sección, “En el principio no fue el verbo”, cada capítulo aborda una película distinta de la era silente. Igualmente, la tercera sección, “Y el verbo se hizo carne”, hará lo propio con una mayor cantidad de ejemplos provenientes del cine sonoro posterior a 1930. Un primer detalle que puede desprenderse es la ausencia de representaciones latinoamericanas. Es decir, uno espera que el cine japonés, por ejemplo, no le haya dedicado metros de cinta a un relato tan poco cercano a su cultura (menos del tres por ciento de los japoneses son cristianos). Pero no deja de llamar la atención que en América Latina, región donde el peso de la Iglesia Católica es considerable, no se haya filmado nunca el Evangelio (como sí, a nivel musical, se compuso una “Misa Criolla”).

Dos puntos unen a muchas de las representaciones primitivas de Cristo: la construcción de “prestidigitador” que se hace de él, y la interpretación judeofóbica de las Escrituras. Ni el gran Carl Theodor Dreyer con Páginas del libro de Satán (Blade af Satans bog, 1920) escapa a esta última característica (Dreyer volverá sobre la figura de Cristo en Ordet (1955) de una forma mucho más subversiva y genial).

También es de destacar la capacidad condensatoria epitética de Bernstein. Así, el Cristo de Mel Gibson será un “mártir cutáneo”; el de Zeffirelli, una “estampita extática”; el de Jewinson, un “hippie anodino”; el de Stevens, un “mastodonte impertérrito”. Pero sería injusto reducir el análisis a las ocurrencias más o menos humorísticas del autor (aunque hay todo un arte de la invectiva aquí).

Bernstein es sumamente crítico en sus consideraciones de las películas en cuestión: la mayoría parece no escapar a una figuración de Cristo que va del éxtasis zombie, al estereotipo caucásico hegemónico, al mago ridículo, entre otras. Ni su innegable talento habría salvado a Nicholas Ray en Rey de Reyes (King of Kings, 1961) del abuso del relato en off sobreexplicativo.

Pero hay dos films que el autor encuentra particularmente interesantes en un sentido positivo: El Evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, Pier Paolo Pasolini, 1964) y La última tentación de Cristo (The last temptation of Christ, Martin Scorsese, 1988). En particular, la obra de Scorsese introduce a Cristo como sujeto deseante: “Ese es el pecado que le imputa a Scorsese el beaterío: el hecho de presentar a un Cristo deseante. Y sumado a eso, un Cristo cuyo orden de prelación no jerarquiza a la humanidad. Un Cristo que desea amar en singular. Un Cristo cuyo amor no se expande sobre una entelequia abstracta sino que concurre hacia una persona concreta. No ama a todos por igual. Por sobre todo, ama a una mujer. Será un Cristo romántico, si se quiere. Pero no hay en el film más pecado que ese amor. Toda su herejía consiste en especular con un hombre que antes de expirar soñó con lo vedado, con lo que no pudo vivir.”

También es de destacar la capacidad condensatoria epitética de Bernstein. Así, el Cristo de Mel Gibson será un “mártir cutáneo”; el de Zeffirelli, una “estampita extática”; el de Jewinson, un “hippie anodino”; el de Stevens, un “mastodonte impertérrito”. Pero sería injusto reducir el análisis a las ocurrencias más o menos humorísticas del autor (aunque hay todo un arte de la invectiva aquí).

El libro cierra con un autodenominado “Bonus Track” titulado “Crepúsculo en el Gólgota”. El cine es aquí dejado a un costado a favor de la reflexión teológica sobre un gesto particular de Cristo en la cruz. Uno de los ladrones crucificados junto a él, invadido por el terror, “le pidió a su compañero de muerte el paraíso. Y Jesús, con una nobleza excelsa, con una sensibilidad conmovedora, se lo concedió.” Bernstein considera que la grandeza de ese gesto sólo puede comprenderse si entendemos a Cristo como hombre y no como divinidad. Porque si lo vemos como un hombre en una situación de tortura y muerte y no cómo un todopoderoso “demagogo que regala parcelas de paraíso de modo arbitrario”, “entonces uno podría recuperar la fe, reconciliarse con la humanidad: en su gesto se entrevería un acto de grandeza. Porque como hombre, inmerso en la vorágine de su propio dolor, tan vencido y extenuado como su ladero, no sólo es capaz de sobreponerse a su propio suplicio sino, en un esfuerzo temperamental rayano con la proeza, adoptar una actitud conmovedora: tenderle al otro su mano, erigirse en su sostén.”

En estas disquisiciones finales, que parecen alejarse —y sólo parecen— del asunto central del libro, se encuentra implícito su auténtico motivo.

 

El rostro de Cristo en el cine. Una lectura cinematográfica del Evangelio, de Gustavo Bernstein. Buenos Aires, Ítaca, 145 páginas.

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Ezequiel Iván Duarte
Es licenciado en Comunicación Social por la UNLP. En la actualidad cursa el doctorado en Comunicación de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la misma casa de altos estudios. Investiga la obra del pintor, escritor y cineasta Jorge Acha, las formas en que figura la historia.

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