WENDERS: ELOGIO DE LA TRASHUMANCIA

El autor analiza la figura del viajero en el cine de Wim Wenders, particularmente en la película de 1976 En el curso del tiempo.

 

El tiempo en las películas de Wenders suele ser un trazo sobre una carretera que se agota en los confines. Quien siga el rastro de esas marcas no encontrará la paradójica flecha de Zenón sino, tal vez, el principio de sincronicidad oriental que suprime la predecible condición de la casuística. Los viajeros de Wenders coinciden al filo de las mutaciones en un lugar donde el tiempo y el espacio se cruzan para desviar el destino o cumplirlo azarosamente. Toda pretensión de establecer un nexo causal entre los personajes y su voluntad de andar es obliterada por los hiatos propios del relato. Preguntarnos si los mueve el deseo del cambio, la inevitable red de las mutaciones o alguna urgencia metafísica es una maniobra inútil. Wenders responde: “mis personajes no van a ninguna parte, quiero decir que no es importante para ellos llegar a ninguna parte (…) Estar en marcha es su aspiración”1. La seducción del movimiento los mantiene en el camino.

Moverse y viajar son acciones que se reconocen en un mismo raigón pero no son equivalentes. Hay quienes se han movido alrededor del mundo pero no han viajado. ¿Viaja Travis a través del desierto que lo conduce hasta su hijo en Paris, Texas? Es difícil responder esa pregunta, o tal vez la única contestación digna nos conduzca hacia el gesto final de ese hombre destinado a cumplir el trajín maquinal de un peregrino. El mismo sayo, aunque con menos vuelo, alcanza también a los personajes de otra vieja película de Wenders: En el curso del tiempo (1976). El director alemán plasma en ese film un tema muy caro a su mirada personal del cine: el deseo de andar por los caminos para borrar los lugares y al fin fantasear con la ilusión de no estar en ninguna parte. Las experiencias que viven estos viajeros crónicos los marcan pero no los cambian. Huyen de la estabilidad pero no de la permanencia, pues perseveran en la manía de los desplazamientos. El movimiento que siguen es el de los carretes de película en los proyectores. Walter Benjamin irrumpe desde alguna zona lateral de la memoria para avisarnos: “cuando alguien realiza un viaje puede contar algo”2. ¿Qué podrían contar los viajeros de Wenders? Anécdotas difusas, deshilvanadas, de amores perdidos o truncos, o quizá los signos dispersos de sus extravíos.

 

Moverse y viajar son acciones que se reconocen en un mismo raigón pero no son equivalentes. Hay quienes se han movido alrededor del mundo pero no han viajado. ¿Viaja Travis a través del desierto que lo conduce hasta su hijo en Paris, Texas?

El guión de En el curso del tiempo era literalmente un mapa. Un mapa leído por Wenders es como la palma de una mano sometida a la mirada perspicaz de un adivino. Late entre los pliegues que mueven los hilos de los personajes la insinuación de una finalidad perdida. La estructura del film parece cumplir la máxima del cine neorrealista italiano al decir de Cesare Zavattini: seguir a un personaje ardorosamente, como un policía persigue a un delincuente. Wenders jamás abandona a sus frágiles viajeros. Los acompaña por carreteras empecinadas en unir los pueblos distantes de un país dividido por un muro. Conoce —porque ese itinerario lo hizo él mismo durante la etapa de preproducción— la torsión ficcional de esos lugares. Así logró configurar un doble retrato proyectado desde el fuera de campo.

Bruno, un operario especializado en la reparación de proyectores (Rüdiger Vogler) se cruza con Robert, un pediatra devenido en un equívoco suicida (Hanns Zischler). Obligados a borronear la ficción de sus propias andanzas, compartirán un viaje provinciano por menoscabadas aldeas en las cuales el cine todavía constituye, aunque opacamente, la ventana abierta al mundo que preconizó Bazin. La amistad en la filmografía de Wenders suele ser —como dice Nicola en Nos habíamos amado tanto, la gran película de Ettore Scola— una complicidad antisocial. Es una nota marginal, a pie de página, de un mapa garabateado al pasar. Wenders exprime esa circunstancia ingeniosamente, como en la escena que juegan estos peregrinos sin rumbo en un cine marchito colmado de niños. Bruno y Robert improvisan, detrás del telón, un número cómico. Las sombras dibujan una serie de gags trillados pero no obsoletos. Wenders logra un efecto que, a la vez de sintetizar el generoso desvarío de esta insólita dupla, constituye un homenaje al cine primigenio, desprovisto de palabras; pura mímica en blanco y negro. Un cine en el que los arrebatos del cuerpo logran borrar los rostros. Las palabras, a su turno, cumplirán la misma función. Todo viajero sabe que las travesías espolean la oferente tracción de las confesiones. Bruno quiere saber quién es Robert pero, quizás temiendo el compromiso de la reciprocidad, le advierte: “no necesitás contarme tu historia”. Robert objeta: “yo soy mi historia”. Y, como Bruno, no queremos saber más. Las cicatrices esquivas de un amor ingrato, el trauma de una relación mezquina con su padre, el desarraigo en todas las escalas, son los capítulos de esa historia que se nos revela como un palimpsesto errante, interrumpido por mundanales contingencias que acaso expliquen la metáfora fácil pero efectiva del pediatra empecinado en remendar las carencias afectivas de su infancia. De Bruno, en cambio, sabemos menos; lo guía el parpadeo de una estrella fija: el cine. Su misión es reparar los proyectores para garantizar que las historias sigan rodando de carrete en carrete, como el tren que Wenders contrapone a una cinta de película en Tokyo-Ga.

En el curso del tiempo fue dedicada al padre del cine alemán, Fritz Lang, y tal vez por esa razón Bruno, el protagonista, vive para mantener vigente la memoria de su arte. Esa es una demanda épica, obedece al coraje solitario de los pequeños héroes cotidianos. La película sigue su novedoso itinerario. Dos amigos se han echado a rodar en el curso del tiempo. Los vidrios del camión en el que viajan parecen dos fotogramas destinados a cortarse fortuitamente, justo en la bifurcación forzada de toda trashumancia.

 

1 Wenders, Wim, El acto de ver, Madrid, Paidós, 2005.

2 Benjamin, Walter, El narrador, Chile, Ediciones Metales Pesados, 2010.

 

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Gustavo Provitina
Es Licenciado en Realización en Cine, Video y TV por la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Docente en el UNA y en la FBA (UNLP). En 2012 estrenó el largometraje El Sur de Homero en el Fesaalp. Desde 1999 conduce el programa Los misteriosos espejos por LR11 Radio Universidad. En 2013 ganó el primer premio en la categoría ensayo por el libro El Cine-Ensayo de El Fondo Nacional de las Artes. Colaboró en la revista Contratiempo, Todo es Historia, Pichuco, Guregandik y El extranjero. Desde 2009 publica en el blog Contraplano71.

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